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Ding, dong. {relato}



Puede que Ray esté viejo, pero sabe que con una mano atada a la espalda podría partir la crisma a ese jodido niñato. Dentro del pabellón el cuadrilátero lo espera como un altar. Un altar extraño. Delimitado por cuerdas. Con cuatro esquinitas como una tumba. Pero con sus reglas. Sus pastores. Su enfervorecida parroquia. Su ortodoxia. Ray los escucha. No puede verlos, no quiere verlos. Pero los escucha. Los huele. Ellos. Aúllan de placer ante la expectativa de la sangre. Ellos llevan ahí milenios. Apuestan y se arruinan. Se empalman con la tragedia ajena y propia. Comulgan de su sudor y de su sangre. Ellos cacarean, ríen escandalosos. Anhelan la danza. El engaño. El crujir de huesos. La inflamación y el edema. Ellos. Pueden darles mucho por culo. Ahora solo hay un objetivo. Una visión. El puto niñato que espera al otro lado. Con su cara linda. Su tabique nasal intacto. Protegido. Escondido tras una careta acolchada. Confiado. No sabe lo que se le viene encima. 

Ray asciende. Ray saluda. Se quita la bata. Acoge el protector bucal. Alguien embadurna sus cejas con vaselina. Salta y calienta. Está viejo. Puede que treinta inviernos. Puede que cuarenta, no importa. Es un jodido abuelo. La vida es lo que pasa en un puto pestañeo. Los huesos crujen, la musculatura se tensa. El árbitro suelta su perorata. Ray mira al hombre joven que lo reta. Podría bucear en sus ojos confiados y azules, podría relajarse dentro como en un spa. Chocan sus guantes. Suena la campana. Comienza el baile.

El chico sale como un toro. Directo, sincero y explosivo. Tantea y enseguida se decide. El viejo Ray baila, el viejo se las sabe todas. Se abraza. Se escabulle, su única oportunidad está en el engaño. Así muestra a su contrincante el camino equivocado. El paseo de baldosas amarillas a ninguna parte. El niñato se pelea con el aire. Embiste contra el viento y comienza a ahogarse en su propia ansiedad. Suena la campana. El chico se pregunta por qué es tan jodido acertarle a un fantasma. Un minuto. Un año. Una puta vida. El corazón de Ray se encabrita. Bebe. Escupe. Duele cada átomo de su ser. Se siente jodidamente bien. El dolor como medio, como alimento para el alma. Suena la campana y el tiempo dentro de tiempo se reanuda. Tic. Tac. ¿Cuánto tiempo dura un asalto? ¿Cuánto pesan los segundos? Mucho. El tiempo se estira y se encoge y se transmuta en plomo. El niñato va y vuelve despistado. No sabe que lleva un gran letrero luminoso en su mirada. Uno que avisa de cada movimiento con diez segundos de antelación. Ray espera y pasito a pasito entra hasta la cocina. Lanza dos directos. Mide. Engaña y pinta un hueco en el aire. Se permite el lujo de recibir un par de golpes con tal de llegar al lugar deseado. Una vez allí pinta una x en el suelo, el sitio donde los viejos piratas esconden sus tesoros. El muchacho se traga el anzuelo y baja la guardia. Ray conecta. Suena un clic en su cabeza. Dos directos más y un gancho de izquierdas. Brota la sangre. Bien. La sangre es buena. La muchedumbre ya tiene su líquido elemento. Ray arrincona al muchacho. Es hora de reconfigurar su rostro. Lluvia de hostias para achatar el tabique, para elevar los pómulos, para desdibujar las cejas. El niñato ya no es tan guapo. Quizás se lo siga pareciendo a su madre. Sin embargo, el chico resiste. Puede que hasta ahora no lo supiera, pero es un sufridor. Bien. Ray le adelanta materia al chico, le convalida un par de cursos en la universidad de la puta vida por la vía del directo a la mandíbula. Esta cruje. Ray se sorprende de que el chico sea uno de esos tipos que mueren de pie. Sus piernas son jóvenes. Sus brazos han aprendido a olvidarse del cerebro. El muchacho no cae. Se desinfla. Su espacio subaracnoideo es una coctelera. Un lugar perfecto para preparase un bloody mary. El árbitro está a lilas. El chico se escurre y para cuando alguien hace algo incluso los espectadores de las últimas filas se dan cuenta de que el muchacho convulsiona. Ray se asusta. Pero sigue golpeando. Es así la vida. Y la muerte. Por fin alguien los separa. Era cierto, el viejo podría haber ganado al joven con una mano atada a la espada. Ray se va a su rincón y en los espectadores comienza a desatarse un silencio elocuente. Dicen que el boxeo tiene algo de pornográfico. Mentira. La pornografía es una coreografía, el boxeo una jodida tragedia griega. Ellos gritaban ¡Mátalo! Ellos ahora sienten un pequeño nudo en el estómago, uno que se cierra con cada convulsión. Ray mira desde su rincón. Alguien retira el protector facial al chico. Tiene el rostro hinchado, pero Ray sabe reconocerse en un espejo. Ray se levanta. Ray se acerca. Es su rostro el que sangra, palpita y convulsiona. Ray de repente siente el silencio. La gente se evapora. En el pabellón solo quedan miles de sillas vacías dispuestas en perfecto orden alrededor de un cadáver. Ray se arrodilla junto al muerto. Ray adivina el chico que fue antes de que las luces se apaguen. Clic. Escucha y abre los ojos en otro lugar. Está sentado, los brazos pesan con solo moverlos y las piernas están derrumbadas sobre una silla de ruedas. Cuesta respirar. Cuesta levantarse. Ray viste pijama. Ray no viste calzones de boxeo sino un pañal cargado de mierda y una sonda que atraviesa su polla. Ray se mira al espejo y observa un anciano. Mira una vieja fotografía en blanco y negro de sí mismo. En ella el chico de ojos azules sonríe confiado. Deseoso de comerse el mundo. Ray se derrumba de nuevo sobre la silla. Escucha un ding. Escucha un dong. Suspira y se pregunta si quizás en algún universo paralelo aquel chico pudo ganar el combate.