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Matadero 5. {reseña}



Hay un párrafo en «Matadero 5» que resume a las claras la locura que esconde la condición humana; una parte del libro donde su protagonista Bill Pilgrim mira distraído un documental sobre el bombardeo de Dresde en la segunda guerra mundial. Todo normal salvo por un detalle, y es que lo ve al revés. Así pues, las imágenes primero muestran el desastre, las casas, las iglesias, las escuelas calcinadas hasta los cimientos y los cuerpos de los civiles carbonizados, amontonándose unos contra otros en pilas interminables. El horror. Pero la película avanza, y el fuego destructor se contrae, escupe desde sus llamas seres intactos que recuperan la salud por arte de magia y se condensa en unos cilindros metálicos caídos del cielo. Estos vuelan en contra de la gravedad hasta los aviones ingleses y americanos, ordenadamente se colocan en sus tripas para volver a Inglaterra, y desde allí hasta EEUU donde son cuidadosamente desmontados, tratados químicamente y enterrados para evitar que de nuevo puedan hacer daño a alguien.
El párrafo es magistral, porque muestra todo aquello que un documental de un universo decente debiera contener, al menos en un planeta cuerdo y sano, poblado por seres cuerdos y sanos en vez de una roca azul superpoblada por seres dementes.
Y ahí está la moraleja, el meollo del asunto, porque a todas luces Kurt Vonnegut nos cuenta la historia de un tarado, un pirado, un loco. Pero resulta que ese idiota ―que afirma ser capaz de vivir aleatoriamente fragmentos de su vida desde que fue abducido por los extraterrestres―, quizás tiene el secreto para comprender una realidad donde todo está del revés, donde arriba es abajo, donde izquierda es derecha y el hombre es un depredador para sí mismo.
Si el universo entero está como un cencerro ―y sólo hay que escuchar las teorías de la física moderna para asentir con vehemencia―, entonces solo los locos pueden comprenderlo. Los demás estamos ciegos, sordos y mudos.
Pero además hay otro plano, otra cruel broma en este «Matadero 5» y es la carga filosófica que Vonnegut disfraza de tragicomedia. El universo fríamente determinista que presenta, un lugar donde no existe el tiempo, donde todo lo que es, ha sido y será está grabado como la música almacenada en la cinta magnética de un radiocasete, como una cucaracha atrapada en ámbar. Según Bill, nuestro querido peregrino, que los hombres normales solo puedan dar al play y esperar a que la cinta acabe no significa que la música se pierda. Según él hay un infinito escondido en el segundero de cada reloj.
 Algo que pensado fríamente no deja de ser jodidamente escalofriante. Pío, pio, pi.