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Minué para guitarra (en veinticinco disparos) {reseña}




Estamos acostumbrados a la ley de la causa y el efecto. Una ley sencilla y ubicua, universal. Si aprietas un gatillo el percutor se libera. Si el percutor percute, la pólvora explota. Si la pólvora explota, la bala sale despedida. Si la bala te encuentra en su trayectoria probablemente te agujeree las tripas. Es sencillo, no hay que ser un genio para entenderlo, las guerras no las luchan ni ganan genios sino tipos que caminan, se tiran al suelo, disparan y vuelven a levantarse para caminar. Tipos que entienden perfectamente las leyes universales sin necesitar que alguien se las explique.
Pero resulta que la física es una diosa juguetona. Resulta que los físicos modernos son sus oráculos y a veces las cosa se pone brava. Hoy en día estos hablan de una ley nueva, algo que llaman retrocausalidad. Una ley esquiva que se cumple ―al parecer― sólo en el mundo de lo muy pequeño. En el reino del mesón, del bosón, del electrón. Allí donde las partículas viven entrelazadas en el espacio y también en el tiempo. Un lugar donde la causa está subordinada. Un lugar donde el vector del tiempo se invierte y efecto determina la causa.
En Minué para guitarra (en veinticinco disparos) Vitomil Zupan parece entender a la perfección esta física marciana. En este estupendo libro hay dos líneas temporales que se cruzan y se tocan. La vida del joven partisano luchando en las montañas contra el ejército nazi y la memoria sombría de dos viejos sodados (Vitomil y su equivalente alemán) que durante unas vacaciones en Mallorca se encuentran y comienzan una relación de amistad. Como si el efecto ―encontrarse y entenderse―, gobernara sobre la causa ―sobrevivir a la guerra―.
Y es que este minué es una lección de supervivencia. La supervivencia del cuerpo y la mente de un tipo extraño, misógino, mujeriego, bocazas y culto. Alguien cobarde unas veces, valiente hasta casi el suicidio otras. Un escritor excelente que hace al fin y al cabo lo que otros escritores excelentes. Intentar comprender un mundo incomprensible.
Una motivación que se resume en este fragmento de un diálogo.
«He mirado, he visto y he reflexionado. Me he preparado para la batalla, pero no he podido encontrar a mi enemigo. Tal vez lo lleve dentro».
Vitomil pertenece a esa clase de tipos que se enfrentaron al ejercito más eficiente del mundo con lo puesto. Echándose al monte, caminando.
Marchando y caminando. Primero sin armas, sin balas, peleando con las manos, luchando con lo que se encontraban por el camino. Y caminando. Siempre marchando. Siempre en movimiento porque si los alemanes no podían encontrarlos, entonces no podían matarlos.
Y ese largo peregrinaje circular se nota. Porque por momentos esta obra es una sucesión de pensamientos aparentemente inconexos que se llaman unos a otros a través del tiempo y el espacio. Como un paso que lleva al siguiente. Con el mismo proceso mental que bulle en la cabeza de un caminante solitario. Poco más puedo decir, solo quizás que, cuando te acostumbras a su ritmo, es un placer deambular durante unas horas a su lado.