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Cuentos desde el otro lado


El objetivo último de la ciencia es comprender el universo que nos rodea, para ello encierra su significado en ecuaciones, entre signos cuyo orden preciso garantiza la verdad. El objetivo último de la literatura es el mismo. Los escritores primero compartimentamos el mundo a través de las palabras, después intentamos desencriptar su contenido y por último, cuando por fin nos topamos con la realidad, a veces decidimos adornarla con fantasía.
La ciencia es más honrada, porque cuando se viste de fantasía deja de ser ciencia (pasa a ser charlatanería), ella nos cuenta, por ejemplo, que la luz puede descomponerse al atravesar un prisma y generar un espectro con una parte visible ―accesible a través de nuestra limitada visión orgánica―, y otra invisible ―escondida tras las leyes de la física―.
Pues bien, tras leer la antología «Cuentos desde el otro lado» seleccionados por Concepción Perea y publicados por la Editorial Nevsky uno tiene la impresión de que hay ahí fuera toda una generación de escritores que actúan como prismas oscuros, seres que, cansados de la realidad que nos envuelve, están decididos a aventurarse hacia el espectro no visible de la luz, justo el lugar donde dicen que habitan las nocturnas criaturas.
Y es que la sombra de Lovecraft es alargada, un gran árbol negro sin semillas, pero prolífico en esquejes, de infinitas raíces que surcan el subsuelo y brotan en distintos lugares, en distintos tiempos generando un escalofriante resultado.
Pero para hacer esta reseña no sólo conviene recordar a Lovecraft, porque «Cuentos desde el otro lado» pertenece ―por catalogarlo de alguna manera―, a ese género anglosajón que llaman New Weird, anglicismo que podría perfectamente traducirse por nuevo y raro o rarito, lo cual personalmente es un término que no me gusta en absoluto, primero porque lleva implícito una ligera carga despectiva, y segundo porque en estas tierras que pisamos este tipo de historias no son en absoluto raras, ni nuevas.

«Los maniquíes no son malos, lo sé, pero el ansia de venganza nubla en su corazón las aspiraciones más nobles. Aquella docena de la fábrica planeaba aprovechar la noche y la nave deshabitada para lanzarse sobre las máquinas de coser y sabotearlas».

Y es que, si hay algo que tiene la tradición oral y escrita ibérica y latinoamericana es el gusto por los seres del otro lado. Por esos entes que a los niños les hacen mojar las sábanas y mirar en el armario. Hombres del saco, sacamantecas, meigas, brujas y santas compañas han poblado el alma de los hispanohablantes desde que el hombre es hombre. Quizás estos cuentos sin quererlo son una edición actualizada, urbana y cosmopolita de aquello que hace no tanto hacía santiguarse a nuestros abuelos.
Por lo demás, decir que la antología está muy lograda, por su homogeneidad dentro del caos, porque son diecisiete autores en diferentes estados de gracia, unos consagrados y otros en proceso de consagración, pero todos ellos poseedores de un ritmo y una prosa que te incita a saltar de frase en frase, que te entretiene y estimula como lector.
Hay relatos redondos, dejadme destacar «Ellos» de Luis Manuel Ruíz porque es una esfera perfecta, un auténtico disfrute; hay otros que parecen la semilla de un best seller ―a Marc Pastor «Ефремов-Стругацкий» y Nerea Riesco «El bazar de los deseos» se les ve el oficio al kilómetro―, y hay cuentos tremendamente complejos y maduros, ricos en la metáfora que esconden, como los de Ángel Luis Sucasas, «El retratista», la propia Concepción Perea «Casandra 38» y Juan Cuadra «El reparador de almas»
Entre el resto de obras hay dos que te sacan las tripas, porque destilan el horror a partir de una materia prima cotidiana y realista, estoy hablando de las escritas por Jimina Sabadú «La piñata» y por la también candidata a los #PGB17 en novela corta Cristina Jurado «La segunda muerte del padre»

«La criatura se paseó por el techo, que ahora era un pastizal embarrado, las orejas crispadas de manera intermitente, los belfos entornados en una mueca que ella no supo descifrar. El barro se dejaba caer por toda la habitación, dejando manchas de petróleo en la cama y el mobiliario. A ella no le gustaba que la mirase de aquella forma, pastoreándola desde el techo».

La antología la completan «Antes que el cine» de María Zaragoza, «La ballena varada de Kabelvåg» de Tamara Romero, «El fabricante de unicornios» de Aranzazu Serrano, «Manual para deshacerse de extrañas criaturas» de David B. Gil, «Los mansos» de Susana Vallejo, «Menos 1890» de Juan Ramón Biedma, «Nada que objetar» de Guillem López, «Susurros en la máquina» de Jordi Noguera y «El libro pequeñito» de Sofía Rhei.
Resumiendo, una antología con visiones distintas de un mismo asunto, estilos muy diferentes pero interconectados, cuya riqueza augura un muy buen futuro a esa literatura de género que tanto nos gusta, esa misma literatura generadora de escalofríos que te hace mirar al techo, mientras inútilmente intentas conciliar el sueño, de madrugada.

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