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The Deuce


Si hay un tipo capaz de escribir una obra literaria y disfrazarla de serie de televisión, ése es David Simon. Si hay entre vosotros, estimados lectores, alguien con la intención de ser escritor, debiera darle una oportunidad ―o dos, o las que sean necesarias―, a todo lo que éste señor cree. Al menos si vuestra aspiración es aprender a contar una historia donde los personajes sean personas. Y no seres indistinguibles de un emoticono.
Ya lo hizo con “The wire”. (El puto Moby Dick de las series de televisión). Quizás en menor medida con “Treme”, y desde luego que lo está haciendo ahora con “The deuce”. Estoy hablando no sólo del lenguaje ―que también―, sino sobre todo del uso de la estructura interna, las entrañas y el tempo de una novela para hacer televisión. Con dos cojones. Porque si lo que cuentas es una historia acerca de personas, lo que vale son los personajes. Punto. No hay que ser un genio, simplemente hay que dar espacio a esos individuos para que crezcan, algo que no es fácil, sobre todo en un guion tan coral como éste. Ellos y ellas lo son todo, han de vivir, respirar y llenar el encuadre, si no lo hacen acaban pareciendo muñecos de cera. En “The deuce” los protagonistas palpitan, tienen superficie, tienen fondo. Si te acercas a la tele y los tocas son cálidos, o fríos como el hielo. Porque son humanos.  
Y ahí es donde Simon enseña su oficio. Resulta que ellos podrían ser arquetipos perfectos. Están las putas. Están los chulos. Están los polis. La mafia y el barman del garito donde todos se cruzan. Con esos mimbres cualquier otro tipo estaría condenado al cliché. Pero resulta que no. Porque, si le das tiempo, Simon enseña las aristas. Los filos que rompen el molde. Sus personajes pueden estar desestructurados, son marginales, chulos que no son hombres, sólo caricaturas de sí mismo con botas de cocodrilo o prostitutas  reducidas a la categoría de ganado, pero en mitad del desastre, salta la chispa. Como un rasca y gana premiado. Bajo la pátina de suciedad y sexo de repente ellos nos enseñan el amor. Y el vacío que este deja. Bajo las medias de rejilla en una esquina surge de repente el empoderamiento femenino. Bajo la chupa de cuero y la camisa ajustada surgen los personajes no heteronormativos.
Seres autodestructivos, a los que cuesta entender, a los que hay que tratar con cariño y escuchar mientras los ves desenvolverse en su desastre. Algo que lleva su tiempo. Algo que exige paciencia al espectador. Algo que, me temo, no muchos están dispuestos a dar.
Lo cierto es que da igual. Para saborear algo no puedes deglutir como un pavo.
Según cuentan en el diccionario se define la expresión “The deuce” como “iguales”, como ese momento en el que en un partido de tenis en el que ambos jugadores están empatados a cuarenta. Pero también significa más cosas. “The deuce” en el slang neoyorkino hace referencia a la calle 42, los alrededores del Times Square y la cocina del infierno, calles que, si bien hoy parecen un parque temático, a finales de los setenta eran más bien agujero negro por el que el demonio asomaba sus cuernos.
Es curioso, hoy en día vivimos momentos de cambio, momentos donde muchos autores están preocupados por el futuro distópico y la deshumanización que nos aguarda a la vuelta de la esquina. “The deuce” está ambientada también en un momento de cambio, en los setenta y tantos, en el corazón podrido de la gran manzana. Es el retrato de un pasado envilecido, en un momento en el que todo iba a mutar, a saltar por los aires para quedar exactamente igual, sólo que más bonito, más resultón, con una fina capa de pintura estridente.  Y es que quizás, el auténtico misil que lanza la serie es a la línea de flotación del mundo moderno. Con su porno mainstream, con sus chulos que ya no llevan camisas con chorreras sino trajes de Armani, con sus yonkis que siguen siendo adictos a la misma mierda que hace cuarenta años, sólo que alejaditos de nuestros inmaculados ojos.  La distopía a la que tanto tememos nunca nos ha abandonado. Simplemente ha ido cambiando sus disfraces.
No quiero terminar sin destacar la palabra porno. Y es que en teoría es de lo que trata la serie, el surgimiento de una empresa multimillonaria desde unos orígenes sórdidos e ilegales. Bien. La palabra porno seguro que me trae visitas despistadas. Pero lo cierto es que mientras David Simon cuente las cosas como las cuenta, personalmente me da igual si habla del surgimiento del cine de adultos, o de la caída del imperio romano de occidente. Siempre tendrá mi atención, aunque sólo sea por intentar aprender algo sobre como se construye una historia.

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