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Cuando los hombres no sean hombres


“En las ciudades se muere del todo; en los pueblos, no; y la carne, y los huesos de uno se hacen tierra, y si los trigos y las cebadas, los cuervos y las urracas medran y se reproducen es porque uno les dio su sangre y su calor y nada más.”
                                                                                         Miguel Delibes. Viejas historias de Castilla la Vieja.


I.―

Hay hombres que conocen un poco de mucho, y hay otros, como Senén, que conocen un mucho de poco. Hay tipos, piensa el pastor, que atraviesan océanos, que visitan continentes, y por sólo pisar unos días una tierra lejana ya se piensan que saben algo del mundo por el que levitan como fantasmas.

Yo no sé mucho. Pero algo sé. Conozco las plantas del monte. Conozco cada alimaña. Las llamo por su nombre. Y ellas me conocen a mí, si me rehúyen es porqué me tienen miedo. Conozco a las ovejas, a las propias y a las ajenas. Sus manías, sus achaques.

Senén chifla y Leo, el perro pastor, asiente medio humano, deja de lamerse las pelotas y atiende los deseos de su jefe.

―Ea, pulgoso que como se pierda la flaca otra vez te corto los huevos esos, que te gustan tanto.

El perro sale como escaldado ante la amenaza, corre en círculos y salta por encima de unos lechazos, ladra, y en un santiamén reúne al rebaño de ovejas y al animal díscolo, a las sombras de unas encinas, junto al riachuelo. La flaca bala, el perro sonríe, el humano se tira un cuesco sonoro y siente las tripas rugir. Es momento de una pausa.

Rediós, piensa con la boca seca, ajustándose la boina a la frente, estoy viejo, mi espinazo rechina como la tartana del cura cada vez que lo doblo. Siente el sol en todo lo alto cocinando su sesera. Suda un líquido espeso y lubricante. Busca un poco de picadura que echar al papel de liar y pega un trago de vino.

Después mira la vega desde lo alto analizando sin prisa y sin pausa la gran industria que asoma los hocicos al final del rio, como un gran engendro de chimeneas que escupen mierda y humo. Prende el cigarro con el chisquero y decide echar su propio humo. Mientras sigue pensativo.

Gente lista que hacen cosas estúpidas. Millones ganan. Convirtiendo las cosas en plástico. Ellos saben un poco de mucho. Y vive Dios que le sacan rédito. Son los grandes transformadores. Rompen el ciclo. Es sencillo. Vives. Mueres. Y los gusanos se dan un festín. Y tu ser pasa a la tierra, y de la tierra al cereal y del cereal al hombre. Pero si te convierten en plástico ni los gusanos te quieren. Es como morir dos veces.

Escupe. Y al hacerlo siente que algo va mal. No hay saliva en su garganta así que pega otro trago y se arrima a una encina para hacer de vientre. Su ojete da un ultimátum y suelta lastre mientras mira al cielo.

Me pregunto cómo sería todo. Piensa. Si los hombres no fuéramos hombres.

Termina. Se sube los pantalones y anuda la cuerda que los sostiene, y al hacerlo se da cuenta de que su cuerpo no emite sombra.

―¡Hostia!

Hay luz, hay mucha luz, mira al Leo, mira al rebaño, y los encuentra quietos, como congelados. Mira a la mierda que acaba de soltar y ve las moscas, verdes y gordas suspendidas sobre el zurullo. Inmóviles.

―¡Copón!

El pastor siente el corazón saliéndose del pecho. Pero los nervios no duran mucho. Hay un artefacto sobre su cabeza, triangular, grande como una catedral. De color verde. Emite un rayo blanco que le ilumina. Le eleva.

―¡Carajo!

Dice el pastor. Hijo de pastores y nieto de pastores. Mientras escucha un zumbido como de neón, de foco de puticlub. Mientras escucha un chasquido. Como de hueso roto tras el que la noche llega, antes de tiempo.

II.―

Y el bueno de Senén vuelve, con un clic. Un ruido de interruptor que devuelve la corriente eléctrica a sus neuronas. Y nadie en el universo conocido podría decir dónde demonios ha estado el pastor las horas que ha pasado en suspenso.

Abre los ojos. Y al hacerlo se da cuenta de que sigue deslumbrado, las sombras y luces de su hogar primero toman forma de siluetas y después adquieren volumen, colocando cada cosa en su sitio. El chozo en el que dormita, come, y se resguarda de los elementos es un lugar en perpetua penumbra. Una casa de adobe a la que la tierra reclama, sembrando semillas en las grietas de sus paredes y erosionando sus cimientos.

La silueta habla, tras unas gafas redondas.

―Estás vivo de chiripa―dice Don Gabriel―. Si sigues bebiendo vino en vez de agua con esta solana de agosto, no tardará en darte un telele, de los que crían las malvas del cementerio.

Es el doctor el que habla. Mientras remueve un mejunje.

―Bebe Senén. Rehidrátate.

El pastor asiente, y obedece, aún sin voz. Incapaz de expresar sus sensaciones. Incapaz de decirle al doctor que sus sesos, no son sus sesos, sino una tierra abonada para las malas hierbas, donde han crecido neuronas como matojos, que antes no estaban y si estaban no funcionaban como debieran.

―Te encontró Manolito, el hijo de Manuel. El chaval de la Dolores. Que andaba sacando cangrejos en la poza. Te encontró tieso, estirado. Diciendo sandeces y revolcado en tus mierdas.

―Gracias Don Gabriel. ―dice al final el pastor, con un susurro deslizado entre los huecos que el tabaco, el pan duro y la vejez han cincelado sobre sus dientes.

―No me des las gracias, que para eso estamos. ―dice el médico, con la cáscara de medio limón en la mano―. Bebe el suero. Se hace con agua, azúcar, bicarbonato y un chorro de zumo de limón.

Senén bebe de nuevo. Y el líquido elemento ejerce un efecto balsámico en su garganta, en sus cuerdas vocales. Resopla y al final encuentra el resuello para preguntar.

―¿Mis ovejas?

―A salvo. El Leo las mantuvo en su sitio. Alrededor tuyo.

Senén ríe por dentro. Bonito funeral. Piensa. Rodeado del Leo, la flaca, la negra, la perla y las demás. Quién quiere que le velen las fuerzas vivas del pueblo, pudiendo tener una mortaja de balidos y lametones.

Senén se levanta. A trompicones busca la puerta, pero las fuerzas le abandonan bajo el quicio, donde se sienta mirando hacia el corral con ayuda del médico, que por ayudarle tira el mejunje y hace rodar medio limón a sus pies.

El pastor recoge el medio cítrico y lo coloca sobre la palma de su mano, a la altura de sus ojos. De repente piensa en la cúpula de un edificio. La catedral de Santa María de Fiori, en Florencia, lo cual es extraño dado que Senén lo más cerca que ha estado de Italia ha sido cuando se cepillaba a morro los culos de las botellas de Frangelico en el teleclub.

No importa. Piensa Senén. Que le den a Brunelleschi, sea quien sea. Nadie le ha dado derecho a meterse en mi sesera.

―Bien. Estas vivo. Lo cual me hace feliz, dado que ése es básicamente mi trabajo ―Dice el buen doctor―. Marcho. Sigo con mi labor, ya sabes que mi hija anda muy preñada y con dolores. Y tengo tarea.

―Vaya con Dios, doctor. Que es jodido venir a este mundo con una soga al cuello.

El Doctor arruga el morro, arquea una ceja, y piensa. ¿De que cojones habla éste? Pero calla asumiendo los efectos secundarios de la insolación.

―Sólo una cosa Don Gabriel. Manolito me encontró diciendo sandeces. Tengo curiosidad. ¿Que decía?

―Nada con sentido. Unas palabras sueltas.

―¿Cuales?

―Creo que decías. “El horror, el horror”

―Copón ―comenta el pastor―. Delirios citando a Conrad.

Tras un silencio incómodo, en el que el Doctor se rasca compulsivamente la calva, por fin pregunta.

― ¿Senén, cuando aprendiste a leer?

―Nunca. ―Contesta su analfabeto amigo.

III.―

Duerme el pastor en su jergón, o más que duerme dormita, se recupera de su insolación con un pie en cada mundo, el de los vivos y el de los muertos. Haciendo equilibrios mientras la tierra entera palpita bajo su culo.

Duerme, febril, gotitas de sudor buscan los surcos de sus sienes y las cuencas de sus ojos para convertirse en río. Es una sensación extraña, como si el termostato de su hipotálamo sufriera un cortocircuito. Suda, suda y delira. Y llegado el momento siente como si la mitad de su cuerpo helado se separara, como un cohete espacial perdiendo fases en su camino al vacío. Y asciende, pero lentamente. Como un globo de helio prisionero, que choca contra las paredes y el techo, hasta que rebota hacia la puerta, se escapa y se pone el cielo por montera.

El cielo de la mañana. Donde el sol sale tempranero. Asustado.

Y despierta. Y al hacerlo nota que algo ha cambiado. Puede negar lo evidente, puede asumir que no ha vivido lo vivido. Pero eso sería hacerse trampas al solitario. De idiotas. Lo cierto es que si cierra los ojos puede sentir cada átomo de cada pequeño fragmento microscópico de su chozo. Puede escuchar el latido del ratón que come migas de pan duro tras la estufa, puede sentir la sangre corriendo por sus diminutas arterias, bombeadas por su minúsculo corazón. Puede imaginar, palpar incluso, la superficie de sus glóbulos rojos, estrechos, achatados, con sus proteínas de membrana, aminoácidos colocados en orden, formando una estructura globular como un ovillo microscópico. Puede avanzar aún más hacia lo diminuto encontrando cromosomas, ADN plegado, puede ver las bases púricas y pirimidínicas, como pequeños discos flotantes engarzados en el interior de una doble hélice.

―Agua ―Dice Senén, dando un respingo―. Agua, cagondios.

Y bebe agua, llena una palangana y sumerge la cabeza. Y el líquido elemento se cuela por sus narices y amortigua el latido de las cosas, la charla del universo, aplacando los sonidos agudos, dejando los graves golpeando su rostro con un ritmo perfecto.

―Respira, cojona. Respira.

Y lo hace, y al hacerlo se da cuenta de que alguien ha cambiado el oxígeno de la habitación por un gas noble, volátil e inerte. Se levanta y sale al camino, junto al corral donde las ovejas lo miran extrañadas. Allí está, el cielo azul intenso, tan azul que casi duele mirarlo. La tierra ocre. Con los campos agostados, y las cosechadoras trabajando imperturbables en la lejanía.

Respira de nuevo. Y esta vez el aire alivia la asfixia. Pero también actúa como un catalizador para sus sentidos. Allí mismo, sobre el camino plagado de diminutas cagarrutas el pastor encuentra un papel en blanco, escrito con mierda de oveja. Letras, sílabas y párrafos, que componen una melodía, escrita en un lenguaje arcano, que comprende lo que ha sido, lo que es y lo que será. Un lenguaje olvidado por los hombres.

Senén el pastor observa, pero su mirada ya no sólo se queda en la superficie, ni en el mundo microscópico, sino que se interna en el mundo cuántico. Con los átomos más elementales abrazados entre si formando moléculas. Con las partículas subatómicas, quarks, mesones y gluones como extremos de diminutas cuerdas, girando en sentido diferentes, vibrando en dimensiones diferentes. Entrelazadas caprichosamente en el tiempo y el espacio. Colapsando y mutando con sólo ser observadas. Abriendo un infinito de posibilidades frente a ellas. Cerrando un infinito de opciones por detrás. Formando una sinfonía plástica, un camino que se extiende en el espacio, pero también en el tiempo.

Hacia adelante. Hacia atrás.

Senén cae de rodillas, deslumbrado por la belleza de universo. Con la boca abierta, formando una “o” pequeñita. Sustituyendo el sudor por lágrimas de pena, y de alegría. Pero en paz.

―Virgen santa.

Así le encuentran, don Gabriel y su mujer Sagrario cuando a la mañana siguiente vuelven, cargados de ojeras y con los puños apretados.

―Lo sabias, ¿verdad? ―dice el médico―. Solo que no te entendí en su momento. Pero ya me explicarás como cojones lo hiciste.

―Está vivo, el bebé. Y gracias a ti. ―contesta el pastor.

―De milagro. Venía con doble nudo del cordón umbilical atado a su cuello. Por eso lo dijiste, lo de que es una putada nacer con la soga al cuello.

―Lo es.

―Pues ya nos dirás como lo sabías. So cabrón. Y si lo sabías no nos avisaste.

Senén calla. El buen doctor se calma cuando Senén contesta.

―Ellas me lo dijeron. ―dice señalando a su cabeza.

― ¡Virgen Santa! ―exclama Doña Sagrario haciéndose de cruces, mientras su marido, hombre de ciencia, se rasca la calva frenéticamente, hasta dejarla roja.

― ¡Milagro!

IV.―

Es curioso. Piensa Senén, los hombres somos presos de la estadística. Por pequeña que ésta sea. Pues al final, el que un suceso ocurra, por extraño y único que parezca, depende de una variable que el ser humano, en su infinita ceguera, es normalmente incapaz de contemplar. O al menos de dimensionar en su auténtica escala. El tiempo. Uno de los pilares básicos de todo. Y sin embargo plástico, dúctil y maleable. Un mentiroso que te roba la existencia sutilmente. Con un susurro.

Porque bajo el peso de los eones, cualquier cosa puede ocurrir, sólo hay que dejar que el universo aburrido lo intente un número suficiente de veces.

Senén ha aprendido el lenguaje del tiempo. Para su desgracia. Pero su recién estrenada habilidad no es necesaria para adivinar su próxima visita. La del padre Feliciano, el sacerdote. El motor turbodiésel del coche del cura, explota a lo lejos dejando una nube tóxica a su paso. Negra como la de un calmar en plena huida. Y se oye en la quietud del monte a unos tres kilómetros de distancia.

Quizás debiera haber sido menos explícito. Piensa el pastor. Quizás no debiera haber dado explicaciones, haciéndome el loco, escondiéndome en el disfraz de hombre ignorante que una vez fui. Pero sobre todo no debiera haber señalado el cielo. No delante de la beata mayor del pueblo.

Ellas, dijo Senén. Los ángeles del cielo, entendió doña Sagrario. Realmente apuntaba más abajo, a su sesera. A sus neuronas.

Milagro, dijo ella. La vida como la entendemos es un milagro. Una organización multicelular que adquiere constancia de su propia existencia, viviendo en una pequeña piedra superpoblada en mitad de vacío, una bonita pecera llamada tierra. Desde dentro, como bellos pescaditos de colores boqueamos y miramos al exterior. Inconscientes de la fragilidad del cristal que nos separa de la nada.

Así pues, quizás la palabra milagro no esté mal utilizada, después de todo. Piensa mientras observa al cura hacer un trompo en la curva del camino, para bajarse después con el flequillo despeinado. Mala suerte. No viene solo.

―Hola Senén, te presento a Santiago, nuestro vicario general.

Senén arruga el morro, inclina su cuerpo apoyándose en la cachava, antes de que su culo ceda a la gravedad sobre un enorme tocón de roble.

Resopla. Los rasgos de ofidio del vicario le han levantado dolor de cabeza.

―Hola. ―contesta el pastor. Educado.

―Alma de cántaro. Se puede saber que diantres andas diciendo a la gente. Animal. ―espeta el páter, visiblemente enfadado.

―Nada importante.

―Coño. Nada importante, solo que unos ángeles se te han aparecido.

Senén se rasca la cabeza en un gesto copiado al del buen doctor. Quizás debiera seleccionar con más cuidado sus palabras y gestos, de ahora en adelante.

―Supongo que la comunicación entre un emisor y un receptor es difícil, cuando este último ya ha decidió que es lo que quiere oír.

El padre Feliciano escucha. Se dirige al vicario. Al hablar este último, Senén juraría haber visto asomar una lengua viperina.

―Ya puede ver, Don Santiago, que ha sido un malentendido.

―Bueno, bueno ―contesta el vicario―. Dejemos que el hombre se explique, Doña Sagrario afirma que unos ángeles se te aparecieron, y que te advirtieron de las dificultades en el parto de su nieta. ¿Es eso cierto?

Senén saca papel y filtro lía un pitillo y contesta. Tomándose su tiempo. Lo cual irrita aún más al cura.

―Depende.

―¿Depende de qué?

―De lo que usted quiera escuchar.

Feliciano salta como un resorte.

―Senén no me toques los cojones.

El pastor prende el cigarro. Un humo gris aromático precede a sus palabras.

―No quisiera yo.

―Senén, dinos la verdad. ―interrumpe el vicario, poniendo cara de santo varón.

―¿La verdad?, yo se la digo. Es cierto. Pude ver los problemas de la muchacha. Así como todo lo demás.

―¿Nos estás diciendo que se te ha otorgado el don de ver el futuro?

―Si.

―¿Y quién te ha dado ese don?

―No estoy seguro de que sea un don. No lo entendería. El universo aburrido, quizás. Puedo decirle que era grande, triangular y verde.

El vicario arquea una ceja, Don Feliciano resopla.

―La santísima trinidad se representa así a ojos de los hombres. Como un triángulo. Senén, ¿eres un hombre creyente?

―Lo soy.

El vicario sonríe, triunfal.

―¿Dónde lo viste, lo estás viendo ahora?

―No es una visión, es más un diálogo. Escucho unas palabras que nadie escucha. Lo leo en su cara. Lo leo en el cereal agostado, en el corazón de mis animales, en las mierdas que dejan sobre el camino.

―¿Y que ves?

―Veo el alma de los hombres, para mi es fácil retirar el velo y mirar dentro, veo, entiendo y palpo el sufrimiento. De alguna forma lo comparto incluso. Estoy conectado.  El de Feliciano, por ejemplo, cada vez que busca los rescoldos de su fe perdida y no los encuentra. Lo siento, estimado cura, yo no puedo rellenar ese hueco insondable. También puedo ver la oscura avaricia de su interior, Don Santiago, envuelta en palabras hechas, en fragmentos del catecismo, una careta frágil, sin embargo. Puedo ver sus planes. Las ideas que este acontecimiento mío le ha dado. Puedo ver sus proyectos, se imagina levantando una ermita nueva en los terrenos del obispado, pero también un hotel, una parada para autobuses, un museo y una tienda de regalos. Ya está pensando en hacerme beato. Veo como le hacen los ojos chiribitas.

Las palabras del pastor roban el color de la cara a los sacerdotes. Una lagrima furtiva cae sobre la mejilla de Feliciano. Mientras la voz del vicario ahoga su ira con una pátina de desprecio. Salta con un respingo, se dirige a su compañero y dice.

―Vámonos, don Feliciano, este hombre dice ver a Dios en la mierda de oveja, está claramente perturbado.

Feliciano asiente, con los ojos a puntito del derrame.

―Perturbado… Este hombre está claramente perturbado…. Claramente. ―Repite como queriéndose convencer a sí mismo, yéndose con prisa, avergonzado, con el cuerpo vestido, enfundado en su sotana negra, pero el alma desnuda.

V.―

Desde el incidente. Piensa el pastor. Mi cuerpo y mi mente ha emprendido una carrera en la misma dirección, pero en sentidos contrarios.

Por un lado, están sus brazos y piernas, sus extremidades. Rígidas, como si alguien hubiese olvidado engrasar los codos y las rótulas. Por otra parte, la mente. Recién conectada a una red de información sin fin. Nutriéndose y creciendo a una velocidad que no permite al resto de su cuerpo adaptarse.

Senén se agacha para acariciar al perro. El Leo lo huele, lo sabe a su manera perruna. Detecta la ebullición en su sesera y hasta cierto punto le molesta. Pero no ladra, simplemente le olfatea a menudo, porque cada día su olor muta. Cambia. Y eso es algo difícil de entender para un cánido.

Se agacha. Pero su espinazo no se dobla. Por un segundo el pastor recuerda las películas esas de ciencia ficción antiguas, que proyectaban en la plaza hace un millón de años, recuerda los robots cuadrados de voz nasal y pocas bisagras que allí aparecían, con movimientos ortopédicos y haciendo normalmente de malos.  Invadiendo el mundo.

―¿Quién iba a decir que al final nos invadirían? ―Se pregunta en alto, hablando sólo, al tiempo que un rostro conocido desciende de un gran todoterreno y asoma por la cuesta.

Senén busca asiento en el gran tocón del roble, que por alguna extraña razón se ha convertido en el lugar más cómodo del planeta tierra. Un sitio donde se le pasan las horas muertas, del alba a la puesta de sol, haga calor o caigan chuzos de punta.

―Hola Salustiano.

―Hola Senén.

―¿Son ya las elecciones? 

Salustiano, el alcalde, está gordo, su figura ensancha a la vez que añade líneas a su currículum, como si le pagaran las dietas en especie, con rodajas de chóped. Salustiano suda como un cerdo y sonríe mostrando una piñata blanqueada por el dentista, pero lo cierto es que tiene mala cara.

―No. ―Admite, mientras se seca el sudor un pañuelo―. Estoy aquí por otra cosa, dice señalando al coche.

―Tú dirás.

―Hay alguien importante que ha oído hablar de ti. Pero antes de que le conozcas tienes que prometerme dos cosas.

―Sí.

―La primera es discreción. La segunda es discreción. Dicen muchas cosas de ti.

―Dicen muchas cosas. Pero pocos me han preguntado.

―¿Es cierto?

―El qué.

―Lo que dice la gente. Que ves las cosas antes de que pasen.

―Ya estamos. Senén el oráculo. Di a tu amigo que baje.

―No lo has prometido.

―No.

―Que mantendrás el secreto, de todo lo que aquí se comente.

―Como un secreto de confesión. Lo siento, pero no soy cura. Puedes intentarlo con ellos.

―Ellos no tienen tus habilidades.

―No. ―contesta Senén―. Puedes estar tranquilo. Lo cierto es que me importa poco el cotilleo. Me importa muy poco vuestras mierdas, pero puede ser divertido.

Salus hace un gesto y se aparta, del todoterreno baja un hombre delgado, pequeño, bronceado, con el pelo largo engominado hacia atrás. Viste un traje caro y un reloj que vale una montaña de duros.

―Hola. ―dice, con voz nasal, nervioso.

―Usted dirá.

―Verá, querido Senén, permita que no me presente, aunque supongo que me conozca por la cara.

―Aquí no hay tele. No ponen carteles en elecciones. Por suerte.

―Mejor entonces. Verá Senén. Dicen que usted no falla con sus predicciones, cuando llueve, cuando hay sequía, cuando la gente enferma. Y yo tengo un problema. Un problema diferente, con mi tesorero.

―Y tiene miedo. Huelo su miedo. Hasta el Leo huele su miedo. Miedo a la trena.

El político suspira y por primera vez siente la boca seca en treinta años de carrera, Senén resopla y apoya la barbilla sobre su cachava. Diminutos puentes repletos de sabia parecen ascender desde la tierra hasta su barbilla, trepando por la madera muerta.

―Verá. Estimado desconocido. No soy un oráculo. Simplemente escucho, el universo a veces habla y a veces ignora. Pero me temo que de usted no dice nada.

―¿Cómo es eso posible, es que el universo no lee los periódicos?

―Es así. Últimamente de hecho no habla tanto de futuro. Sino más bien del pasado y del presente.

Un presagio funesto cruza la mente, la gomina y el rostro bronceado del extraño.

―¿Quiere decir eso que voy a…?

―Si. ―Contesta Senén al político aterrado―Pero no sé cuándo. Quizás tenga yo el problema. Quizás las neuronas extras que crecen en mis sesos van a generar en breve una intensa hemorragia. Quizás la pequeña mutación de uno de los genes de su páncreas comience su pequeña rebelión. Quizás el planeta diez perturbe las orbitas del cinturón de Kuiper mandándonos un bonito asteroide. Quizás la nada salte dentro de esta pecera. El universo últimamente habla mucho de gusanos. O del próximo infarto del Salus. Pero de usted nada.

Hay un círculo perfecto bajo su bigote. Una gota de sudor frío en su espalda. Mientras el político procesa, un lamento profundo surge de las entrañas del alcalde.

―Entonces…

―Entonces la cárcel es la última de sus preocupaciones. Vaya con su mujer. Con sus hijos. Presénteles a Jonathan, a su amante. Quizás los tres puedan llegar a apreciarse. Béselos. Quiéralos. No queda tanto para el vacío.

El tipo llora. Tiembla. Mocos caen de sus narices y lágrimas de sus ojos. Se abraza a Senén hipando y buscando una palmadita en la espalda. Después se va cabizbajo al coche.

―Me ha cambiado usted la vida. ―Dice, soltando un puñado de billetes al suelo.

Da igual. Piensa Senén. Antes de que llegues a la ciudad te habrás recompuesto. Y pensarás que estás loco. Pensarás que estoy loco. Y seguirás ahogado en tu propia mierda.

VI.―

Y pasan los días, y sus correspondientes noches, y Senén siente como si su cuerpo hubiese adquirido una densidad distinta, sentado en su tocón, como un gravitón que despertara del sueño y comenzara a ejercer como tal, atrayendo a otros cuerpos y otras masas, distorsionando el espacio tiempo a su alrededor.

Inerte, cómodamente acoplado a su trono natural, el cuerpo del pastor pronto comienza a dejar de sentir hambre y sed. Y las células de su piel adquieren un tono marrón rojizo, comienzan a endurecerse y a buscar las raíces del viejo roble muerto, recuperando sus funciones olvidadas, conectando sabia con sangre, alimentándose del aire, de la luz y de la tierra.

Vuelan las alondras junto a él, vuelan los abejarucos cargados de colores, y se posan en el cable del tendido eléctrico. Pronto se posarán sobre sus manos.

Pasa el tiempo, pero como éste es traicionero Senén podría asegurar que apenas ha pestañeado cuando vuelve a ver hombres a su alrededor. Aniano y Elicio. Acercándose respetuosos, boina en mano, como entrando en un velatorio.

―Buenas, Senén.

―Buenas. ―contesta, sintiendo dificultad al hablar, con la garganta rígida, con una voz hueca, como la que sale de un pozo.

―Hola, Senén, venimos a verte porque andamos preocupados, dice el cura que andas perturbado.

―Y es cierto. Perturbado ando. Pero sólo es un descanso, por la insolación.

Aniano y Elicio se miran, arrugan el morro como inquietos y resoplan, antes de contestar.

―El descanso va para dos semanas. ―dice al final uno de los paisanos―. Y tus ovejas ya andan enfermas. No sé si eres consciente, pero se te han muerto los lechazos.

El pastor escucha, pero tarda en reaccionar, cuando lo hace es con una mirada hacia el establo, donde sus ojos se encuentran con los de la flaca, aún más flaca mirándole con ojos vidriosos. El pastor maldice, juramenta e intenta levantarse cagándose en su puta estampa, pero las fuerzas le fallan, incapaces de despegar sus pies enraizados.

El pastor llora. Una gota en cada ojo. Silba y el Leo acude hambriento, presto a recibir la caricia, mientras sus manos encallecidas pasan entre las orejas del perro, el pastor susurra.

―Lo siento, Leo. Te he fallado. No hay perro pastor que valga, si no hay pastor.

Y mira a sus vecinos.

―Llevároslas. Os las regalo. Yo ya no puedo cuidar de ellas.

Aniano y Elicio, escuchan, pegan un respingo, se dan de codazos y niegan con la cabeza.

―Ni hablar. Si estas enfermo véndenoslas y paga un buen doctor, una buena cura. Si nos las llevamos dirán que te hemos engañado, o lo que es peor, que las hemos robado. 

―Que no esté en mis cabales no quiere decir que podáis engañarme. O robarme. ―Contesta Senén alzando con esfuerzo la cachava―. Podéis llevároslas, y decir que os lo pedí yo, o podéis esperar a que palme y ver como se mueren los bichos sin nadie que las atienda. Firmaré lo que queráis.

Son muchos duros. Piensan los hombres. Demasiados para un regalo.

―De acuerdo. Digamos que es un préstamo. Un alquiler. Nosotros explotamos el rebaño y vamos a medias con los beneficios, y haremos cuentas a final de año.

Senén sonríe, por las comisuras de sus labios ya nota la sangre queratinizada, moviéndose lenta y espesa. Para final de año yo ya daré bellotas, piensa y asiente.

―Si eso lubrica vuestras conciencias por mi perfecto.

Y calla. Y observa como sus vecinos se frotan las manos y se llevan el ganado. En silencio, rumiando y mascando las palabras inconexas que de vez en cuando se cuelan en su boca. Pronto se queda a solas con Leo, fiel hasta las últimas consecuencias. Y con Manolillo, el hijo de la Dolores, que lo mira desde el camino con miedo.

―Ven aquí. ―Dice el pastor sin rebaño―. Aún no te he dado las gracias.

El chico, al verse descubierto valora sus opciones, la primera salir corriendo, la segunda quedarse y ver si es verdad lo que dicen las habladurías. Que el Senén está loco. Que se ha vuelto brujo. Que está endemoniado.

― ¿Gracias por que?

―Por no dejarme tirado, cuando me dio el telele.

―Dejarte tirado sería de malnacidos.

―Cierto, pero aun así te debo una, así que dispara.

― ¿Disparar a qué?

―Pregunta coño. Las preguntas que te rondan.

El niño calla, se lo piensa, pero no demasiado. Coge aire y empieza a preguntar deprisa.

―¿Eres Satán?

―No.

―¿Pero si fueras Satán no tendrías problemas en mentirme?

―Supongo que no.

―Mierda. ¿Eres un ángel?

―No. Soy… era pastor.

―Ves el futuro.

―Si, el pasado y el presente.

―Mi padre dice que si viera el futuro sería millonario. Lo dice cada vez que se arruina con la sequía.

―Pues dile que vienen años peores. Que la tierra está cansada. Pero que dentro de tres lloverá con cojones. Y os resarciréis. Pero no le digas que te lo he dicho yo.

―¿Por qué?

―Porque piensa que estoy loco, o tarado. Puede que le entraran dudas, pero las olvidaría pronto, nadie en su sano juicio planifica sus inversiones según los criterios de un pirado.

Calla el niño, pensativo, y asiente. Antes de que coja carrerilla de nuevo el pastor dice:

―Ahora soy yo el que tengo que preguntarte algo.

―¿Sí?

―¿Podrás cuidar del Leo una temporada? Es un perro cojonudo.

―Sí ―Contesta el niño, sin dudarlo.

Y el perro gruñe, como entendiendo el trato, pero al rato se le pasa con una caricia. Y cuando cae la noche se marchan juntos, perro y niño, mientras Senén mira al cielo estrellado. Limpio de nubes por acción del viento frío del norte. Mira las estrellas. Fotografías del pasado. Masas de plasma incandescente fusionando átomos, construyendo las partículas elementales, los ladrillos de un universo aburrido, bajo el peso de los eones.

Y cierra los ojos, porque los árboles no necesitan ver, y respira liberando oxígeno, y saborea la tierra mojada. Y siente a los pájaros anidar en sus hombros. Y sueña que sacia su hambre con la luz de la mañana. 

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