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Mostrando entradas de octubre, 2017

La palabra bonita es mentirosa.

Decía Chirbes que la palabra bonita es mentirosa, porque puede envolver la falsedad para hacerla parecer como una verdad reluciente. Vivimos en un mundo repleto de palabras bonitas, condensadas, pulidas, enceradas para que den el pego, como pequeñas pildoritas de felicidad. Fáciles de tragar, de sabor dulce pero que envenenan. Atontan, idiotizan y desorientan. Hay expertos en el uso de palabras bonitas. Míralos en la tele, nos cuentan que arriba es abajo y que derecha es izquierda. Y nosotros les creemos, porque los hombres necesitamos las palabras, ellas retratan el mundo y nos lo presentan, encierran la realidad entre símbolos para que la comprendamos. Pero el ser humano es perezoso, y en un mundo repleto de predicados sólo aquellos que relumbran llaman nuestra atención. Así que aquí estamos, presos del eslogan, presos del verbo rubio con ojos azules, con cuerpo de atleta y dentadura nacarada. Ellos nos homogenizan, liman nuestras aristas y nos hacen mover como un banco de atunes. S…

CloroFilia

Cualquier lector que ejerza el noble arte de imaginar el futuro, fácilmente tendrá una tendencia, una querencia a representarlo, de forma instintiva quizás, como un lugar frío y plastificado. Un universo repleto de robots, naves espaciales, sables láser, inteligencias artificiales y coches voladores. Lo que es inevitable para el lector, para el escritor se convierte, por manido, en un campo de minas. En CloroFilia la autora Cristina Jurado demuestra que sabe mucho de ciencia ficción, ―desde luego mucho más que el que esto escribe―. Demasiado como para caer en esa trampa. Y es que CloroFilia sorprende por no tanto por la premisa distópica como por el desarrollo que llega después, porque a pesar de su brevedad, Cristina Jurado consigue compartimentar la novela y jugar con el lector. Desorientándolo primero, para orientarlo después ―como debe de ser―, conjugando además diferentes estilos, desde el género apocalíptico con pinceladas de terror de los primeros compases, hasta la literatura …

Blade Runner 2049

Sospecho que una de las putadas de hacerse viejo es que con el tiempo tiendes a no ilusionarte demasiado con las novedades, especialmente cuando ese evento hunde sus patitas en algún tiempo pasado que inevitablemente fue mejor. En esos casos, demasiadas veces ilusión y decepción caminan parejos y son directamente proporcionales. Esto quizás es un mecanismo escondido en nuestro cerebro, un involuntario papel tornasol que indica más nuestra edad mental que física, un chip que te arruga, te envejece y te hace comenzar tus frases conjugando el verbo recordar. Pero está ahí, e ignorarlo no arregla las cosas. Solo te hace parecer extraño, presa del postureo, como una estrella de Hollywood con la piel demasiado estirada. El caso es que con Blade Runner 2049 algo parecido me ha ocurrido. Y es que las alarmas en mi sesera estaban encendidas, pero voluntariamente no quise percibir las señales. Y el caso es que cuando la película comenzó, la historia me arrancó una sonrisa. Por la estética. Por l…

36

Supongo que hay libros que parecen ecuaciones, obras cuya estructura, lenguaje y ritmo se impregnan misteriosamente de la precisión y claridad de las matemáticas. Supongo que los autores, cuando son además hombres y mujeres de ciencia, tienen la cabeza amueblada de una manera muy especial. La obra 36, de Nieves Delgado, destila ese aroma desde el principio. Como una fina pátina adherida a su superficie, sutil pero presente desde el mismo título ―atípico, numérico y conciso―, hasta ese final indeterminado, pasando por la propia historia, un argumento donde se nos presenta el ciclo vital de una inteligencia artificial y su sufrida relación con los humanos. Todo tiene un regusto inorgánico. Una sutil cadencia hecha de unos y de ceros, de igualdades y funciones. Como un pequeño algoritmo de papel. Y funciona. Y en su virtud también está su principal defecto. Porque la autora consigue sin estridencias, de forma sencilla y clara, sin grandes giros narrativos, sin cliffhangers, ni deus ex mach…

El zoo de papel

El amor desciende, me dijo alguien sabio una vez, mientras hablábamos de las relaciones entre padres e hijos. El amor tiene un sentido y una dirección. Como la corriente de un río. Y no eres plenamente consciente de ello hasta que eres padre. Por mucho que quieras a tus propios padres. El sentimiento que das no es ni una décima parte del que recibes. Y es así como debe ser, punto. Amor descendit. Y como buen proverbio se cumple más allá del tiempo, de la condición social, de la cultura, de la raza o del sexo. Es universal. “El zoo de papel” es una joya. Limpia, pulcra, dura, cristalina. El cuento que lo ha ganado todo habla de el curso del amor y de más cosas. Habla de la identidad que recibimos, y de cómo nuestra propia esencia se construye con pequeños fragmentos del alma de los que nos precedieron. Habla de cómo el hombre moderno tiende a laminar las estridencias. A homogeneizar las variables. A recortar los flecos que no se ajustan a los moldes. El hombre moderno es estúpido. Cada v…