Dicen los
más ancianos del lugar que no hay mayor desprecio que el menor aprecio. Y
tienen razón. Sólo que cuando el objeto de menor aprecio es un buen libro, el
dolor ante la indiferencia se hace especialmente intenso, al menos para mi.
Este oficio
de escritor es un acto solitario, un sinsentido por el cual nosotros los ilusos
construimos un refugio, una estructura hecha de letras y tinta para entender el
mundo. Un hogar para nuestra cordura. Edificaciones a veces buenas, a veces
malas, a veces bellas, a veces infames, horteras o pobres.
Sin embargo,
en este mundo hay una ley tallada en piedra de la que nadie escapa. Un anillo único que nos gobierna a todos. Y es que un
libro sin lectores es una tumba. Una casa desolada.
Este es precisamente el motivo por el cual los premios Guillermo de Baskerville son tan necesarios, tan
bonitos. Porque permiten dar visibilidad. Porque dan lectores y vida a buenos libros
olvidados. A aquellas buenas obras malditas no por su contenido, o por su
continente envenenado, sino simplemente enterradas bajo una montaña de egos.
Bajo un huracán de indiferencia.
En un
mundo del revés hay más escritores que lectores. Lo cual es bastante estúpido dado
que un escritor que no lea no es nada. En un mundo del revés hay demasiados
escritores que no escriben, solo firman. Y demasiados lectores que no leen porque
no saben lo que se pierden.
Vivimos
en mundo del revés. Pero por suerte hay gente que quiere darlo la vuelta. A lo
largo de los próximos meses colaboraré valorando, leyendo y reseñando a algunos de los
candidatos a los premios literarios Guillermo de Baskerville 2017, otorgados por la web libros prohibidos, reseñas que
espero poder ir publicando aquí puntualmente. Para mí es una suerte poder
ayudar en este proyecto.