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Mostrando entradas de septiembre, 2017

Premios Guillermo de Baskerville 2017

Dicen los más ancianos del lugar que no hay mayor desprecio que el menor aprecio. Y tienen razón. Sólo que cuando el objeto de menor aprecio es un buen libro, el dolor ante la indiferencia se hace especialmente intenso, al menos para mi. Este oficio de escritor es un acto solitario, un sinsentido por el cual nosotros los ilusos construimos un refugio, una estructura hecha de letras y tinta para entender el mundo. Un hogar para nuestra cordura. Edificaciones a veces buenas, a veces malas, a veces bellas, a veces infames, horteras o pobres. Sin embargo, en este mundo hay una ley tallada en piedra de la que nadie escapa. Un anillo único que nos gobierna a  todos. Y es que un libro sin lectores es una tumba. Una casa desolada.  Este es precisamente el motivo por el cual los premios Guillermo de Baskerville son tan necesarios, tan bonitos. Porque permiten dar visibilidad. Porque dan lectores y vida a buenos libros olvidados. A aquellas buenas obras malditas no por su contenido, o por su cont…

Ideario colectivo

Stanislav ha muerto treinta y cuatro años después de salvar el mundo. Estamos acostumbrados a los superhéroes. En el ideario colectivo un superhombre es un tipo embozado, embutido en licra (puede que con capa, puede que sin ella) que básicamente usa sus habilidades extraordinarias para darse de hostias contra todo villano, extraterrestre o droide que quiera destruir o someter a la tierra. En el ideario colectivo un superhéroe otras veces tiene una estética elegante, de espía con licencia para matar, un tipo que conduce deportivos, que siempre charla un rato con su enemigo antes de aniquilarlo, que viste trajes caros y relojes caros, alguien guapo, alguien jodidamente guapo, con la dentadura perfecta, músculos en los músculos y una supermodelo colgada del brazo. Uno se pregunta porqué el ideario colectivo siempre está tan lejos de la realidad. El 23 de septiembre de 1983 uno de los radares rusos que monitorizaban el cielo americano se volvió loco. Y detectó desde un bunker en las cerca…

Silencio.

Estamos hechos de silencios. Están ahí, escondidos tras los segundos que preceden a los cruces de la vida. Hay uno antes del primer beso, antes de la primera falta de la regla y antes de la llamada al despacho del jefe, de camino hacia la calle. Hay uno antes de que un boxeador le salte las muelas a otro, antes del gesto torcido del doctor ante una analítica. El buen lector se alimenta entre silencios. Los creyentes viven en uno gigante, mucho más grande de lo que la cabeza humana puede procesar, que envuelve a esta roca superpoblada que llamamos tierra. Existe uno frío, muy jodido, que nos precede a todos en la cama, antes del sueño. Y otro eterno que llega después. Cuando no estamos. Esos silencios delimitan un hueco, como el negativo de una foto vieja, como el interior de un molde de silicona de una escultura antes de pasar por la fundición. Y es precisamente en ese vacío, en el que la palabra vacío pierde su significado. Y se llena de fonemas sin fonemas. De palabras sin palabras.…