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Mostrando entradas de mayo, 2017

El lechero

La fotografía del lechero es una de esas imágenes míticas, muy potentes. Capaz de condensar una idea, un determinado carácter de un pueblo, y darlo vida entre sombras y luces. Una imagen imperecedera, por desgracia, que salta el tiempo, el espacio, y vuelve a ser reflejo de una realidad que no muere, la de la violencia del hombre contra el hombre, que tan sólo parece reciclarse, tan sólo parece desaparecer para resurgir de nuevo, con el tiempo, engañándonos a todos, como un virus incubado, como una espora enterrada en esos lugares oscuros del alma humana donde nunca llega la luz, donde nunca llega el oxígeno. Es una imagen potente porque consigue transmitir sin eslóganes ni letras, sin discursos ni palabras altisonantes una realidad, una certeza a veces olvidada. Una certeza que es como una montaña. Difícil de ver mientras la escalas, imposible para el que no tiene perspectiva, para el que no mira en su conjunto. Pero inmensa, imperturbable y estática. La fotografía del lechero es un mo…

De edades y recuerdos

Hay una edad para cada cosa, hay una edad en la que el tiempo pasa despacio, al principio, y otra en la que pasa a toda hostia, días y semanas en un pestañeo, meses y años en un chasquido de dedos, media vida en un clic, entre el sutil espacio que separa el relámpago del trueno.
Hay una edad, en la que te empiezas a dar cuenta de la gran broma que es esto de respirar, en la que te das cuenta de que la realidad y la fantasía son como partículas cargadas con el mismo signo, se cruzan, se chocan y automáticamente se repelen.
Hay una edad para soñar, hay otra para espabilar, para madurar, quitarte las legañas de los párpados y apretar los dientes. Entre medias de esas dos edades, en mi caso, sonaba en mis oídos la voz de Chris Cornell.
Tiempo de greñas, de walkman, de granos, de zapatillas viejas y de futuros poco claros, tiempo en el que se cocían los adultos del presente no en agua, sino en Mahou cinco estrellas, tiempos en los que la voz de este tipo se te metía en las tripas y el coraz…

Mil palabras.

Uno se pasa media vida escribiendo,  juntando letras, contando historias, de forma más o menos lograda, de forma más o menos profesional, por afición, por locura, por necesidad. Uno se pasa media vida leyendo, juntando letras, admirando historias, construyendo castillos en la sesera, llegando al final de los libros, de las series, de las películas, unas veces con gozo, otras con pena, con alivio o con odio.  Pero siempre atento a la palabra, al poder de la palabra que se transmuta, que construye el hilo, la madeja tras la que llega la red que me atrapa, el polvo tras el que llegan los lodos que me cubren. Uno hace eso con paciencia, poco a poco, porque en esto de la literatura las cosas buenas se construyen lentamente, es lo que tiene crear un mundo, unos personajes, dar la vida y la muerte en siete días o siete años, o en siete milenios, convertirse en diosecillo de pacotilla lleva su tiempo. Es así. Pero luego está la realidad. Luego está la fotografía cuando es buena. Presta a arregl…

La gran novela americana tiene formato de cuento.

Periódicamente, en la vida de todo lector surge un elemento estacional e inmutable que alumbra los valles de papel y los ríos de tinta, es un elemento hecho de oro, un santo grial, que de repente recaba todas las miradas, todos los comentarios, todas las reseñas, una obra en la que cristalizan todos los anhelos, todas las envidias y todas las alabanzas de esto que llaman literatura. Ese elemento refulgente usualmente cambia de aspecto, de diseño, de autor, pero raramente de temática y tamaño, y por supuesto nunca cambia de nombre. Estoy hablando de la “Gran novela americana” Por encima del lector, más allá de las montañas, refulgiendo en el cielo de los grandes literatos, surge, brilla y repica, llamándonos a la oración, prometiendo la salvación eterna, ungiendo a sus seguidores con el estigma de la modernidad. He de reconocer que como creyente viejo que soy, cada vez que veo esas señales arrugo el morro y con desgana me preparo para la travesía por el desierto, atento a las palabras, a…

Es duro ser un pingüino

George Murray Levick fue un naturalista inglés, cirujano naval, militar aventurero, que hizo varias expediciones a Terranova, (de donde salió vivo de milagro) y luchó en las dos guerras mundiales, nada menos que en la batalla de Gallipoli durante la primera, e infiltrando espías ingleses desde Gibraltar durante la segunda; es por tanto fácilmente identificable como un tipo de mundo, un tipo honorable, pero así mismo alguien conocedor del lado oscuro que todo Homo Sapiens atesora en su interior, un tipo capaz de sobrevivir en una cueva de hielo, comiendo grasa de foca durante meses, tiritando mientras se fuma una pipa para mayor gloria de su majestad.
El caso es que durante uno de sus viajes, durante una de sus observaciones, el bueno de George anduvo un verano austral estudiando el comportamiento del pingüino Adelaida (Pygoscelis Adeliae) en el Cabo Adare, en la Antártida oriental frente al mar de Ross, por aquella época más o menos en el extremo más lejano del culo del mundo conocido,…

Fariña

Hay un aura atractiva alrededor de los malos de las novelas, de las películas, una especie de rayo tractor, de carga polarizada que nos atrae a todo lector civilizado y temeroso de la ley, que vemos quizás en el lado oscuro, en el reverso tenebroso, una imagen en negativo de nosotros mismos, un destello del pequeño monstruo que habita escondido en cada ser humano.
No hay una buena novela sin un buen malo, y quizás por eso es inevitable encumbrar al maldito, al mafioso, al buen ladrón o al traficante, y otorgarle cualidades tremendamente cinematográficas, actitudes como la valentía, el honor, la lealtad o la rebeldía, los humanizan, justifican y redimen, en última instancia, su comportamiento antisocial.
Hace algún tiempo, “Los Soprano”, para muchos una de las mejores series de todos los tiempos, dio en el clavo precisamente al hacer eso; al despojar de mitología al mafioso, al humanizar al hijo de puta, al traerle de vuelta al mundo cruel, dejó bien a las claras las miserias de los mise…