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Mostrando entradas de 2017

36

Supongo que hay libros que parecen ecuaciones, obras cuya estructura, lenguaje y ritmo se impregnan misteriosamente de la precisión y claridad de las matemáticas. Supongo que los autores, cuando son además hombres y mujeres de ciencia, tienen la cabeza amueblada de una manera muy especial. La obra 36, de Nieves Delgado, destila ese aroma desde el principio. Como una fina pátina adherida a su superficie, sutil pero presente desde el mismo título ―atípico, numérico y conciso―, hasta ese final indeterminado, pasando por la propia historia, un argumento donde se nos presenta el ciclo vital de una inteligencia artificial y su sufrida relación con los humanos. Todo tiene un regusto inorgánico. Una sutil cadencia hecha de unos y de ceros, de igualdades y funciones. Como un pequeño algoritmo de papel. Y funciona. Y en su virtud también está su principal defecto. Porque la autora consigue sin estridencias, de forma sencilla y clara, sin grandes giros narrativos, sin cliffhangers, ni deus ex mach…

El zoo de papel

El amor desciende, me dijo alguien sabio una vez, mientras hablábamos de las relaciones entre padres e hijos. El amor tiene un sentido y una dirección. Como la corriente de un río. Y no eres plenamente consciente de ello hasta que eres padre. Por mucho que quieras a tus propios padres. El sentimiento que das no es ni una décima parte del que recibes. Y es así como debe ser, punto. Amor descendit. Y como buen proverbio se cumple más allá del tiempo, de la condición social, de la cultura, de la raza o del sexo. Es universal. “El zoo de papel” es una joya. Limpia, pulcra, dura, cristalina. El cuento que lo ha ganado todo habla de el curso del amor y de más cosas. Habla de la identidad que recibimos, y de cómo nuestra propia esencia se construye con pequeños fragmentos del alma de los que nos precedieron. Habla de cómo el hombre moderno tiende a laminar las estridencias. A homogeneizar las variables. A recortar los flecos que no se ajustan a los moldes. El hombre moderno es estúpido. Cada v…

Premios Guillermo de Baskerville 2017

Dicen los más ancianos del lugar que no hay mayor desprecio que el menor aprecio. Y tienen razón. Sólo que cuando el objeto de menor aprecio es un buen libro, el dolor ante la indiferencia se hace especialmente intenso, al menos para mi. Este oficio de escritor es un acto solitario, un sinsentido por el cual nosotros los ilusos construimos un refugio, una estructura hecha de letras y tinta para entender el mundo. Un hogar para nuestra cordura. Edificaciones a veces buenas, a veces malas, a veces bellas, a veces infames, horteras o pobres. Sin embargo, en este mundo hay una ley tallada en piedra de la que nadie escapa. Un anillo único que nos gobierna a  todos. Y es que un libro sin lectores es una tumba. Una casa desolada.  Este es precisamente el motivo por el cual los premios Guillermo de Baskerville son tan necesarios, tan bonitos. Porque permiten dar visibilidad. Porque dan lectores y vida a buenos libros olvidados. A aquellas buenas obras malditas no por su contenido, o por su cont…

Ideario colectivo

Stanislav ha muerto treinta y cuatro años después de salvar el mundo. Estamos acostumbrados a los superhéroes. En el ideario colectivo un superhombre es un tipo embozado, embutido en licra (puede que con capa, puede que sin ella) que básicamente usa sus habilidades extraordinarias para darse de hostias contra todo villano, extraterrestre o droide que quiera destruir o someter a la tierra. En el ideario colectivo un superhéroe otras veces tiene una estética elegante, de espía con licencia para matar, un tipo que conduce deportivos, que siempre charla un rato con su enemigo antes de aniquilarlo, que viste trajes caros y relojes caros, alguien guapo, alguien jodidamente guapo, con la dentadura perfecta, músculos en los músculos y una supermodelo colgada del brazo. Uno se pregunta porqué el ideario colectivo siempre está tan lejos de la realidad. El 23 de septiembre de 1983 uno de los radares rusos que monitorizaban el cielo americano se volvió loco. Y detectó desde un bunker en las cerca…

Silencio.

Estamos hechos de silencios. Están ahí, escondidos tras los segundos que preceden a los cruces de la vida. Hay uno antes del primer beso, antes de la primera falta de la regla y antes de la llamada al despacho del jefe, de camino hacia la calle. Hay uno antes de que un boxeador le salte las muelas a otro, antes del gesto torcido del doctor ante una analítica. El buen lector se alimenta entre silencios. Los creyentes viven en uno gigante, mucho más grande de lo que la cabeza humana puede procesar, que envuelve a esta roca superpoblada que llamamos tierra. Existe uno frío, muy jodido, que nos precede a todos en la cama, antes del sueño. Y otro eterno que llega después. Cuando no estamos. Esos silencios delimitan un hueco, como el negativo de una foto vieja, como el interior de un molde de silicona de una escultura antes de pasar por la fundición. Y es precisamente en ese vacío, en el que la palabra vacío pierde su significado. Y se llena de fonemas sin fonemas. De palabras sin palabras.…

The leftovers

Hay dos formas de retratar el vacío, la primera es delimitándolo, dibujando su contorno para luego rellenarlo. Estableciendo una silueta para pintar el interior con vivos colores, con tinta de rotulador y acuarela, como los niños pequeños cuando se enfrentan a sus primeros dibujos.
Hay una segunda. Y es respetando ese vacío, ese gran hueco. Retratando todo lo demás, todo lo que ha quedado a la vista.  La serie de televisión “The Leftovers” de la HBO, desde mismo título establece una insana declaración de intenciones, y sigue con los ojos cerrados y una fe irreductible la segunda de las opciones. Es una obra difícil, dura, que exige gozo, dolor sufrimiento a sus seguidores, y que devuelve el esfuerzo invertido pagando con las mismas monedas, a partes iguales. Porque de eso se trata, de dibujar los huecos, de mostrar el vacío, a través de lo que queda alrededor, a través de esos hombres y mujeres reconvertidos en flecos, en sobras, en restos, que han de reconfigurar su existencia construyen…

Morir en primavera

Hay una habitación interior, empapelada con recuerdos, alejada de un mundo que sigue girando a pesar de todo, en la que se esconden los veteranos en el desastre. Para lamerse las heridas. Para poder recoger con calma los pedacitos de sus almas, e inútilmente intentar reconstruir el puzle. Pegando los trocitos de nuevo, con un adhesivo que sin embargo no parece ser del todo efectivo.  No pueden, porque la guerra no sólo hace trizas el interior de los hombres, sino que también esconde algunos de los fragmentos resultantes, los más importantes de hecho, aquellos sobre los que se sustenta todo, los pilares de la cordura. Morir en primavera es una gran novela, que nace de ese germen, desde los silencios de una vida y una vejez, desde los espacios en blanco detectados por un hijo en el carácter de su padre. Es también un excelente libro sobre la pérdida de la inocencia, más que perdida extirpación, en la generación de gente tan valiosa como Günter Grass o el mismísimo papa Ratzinger. Muchach…

El lechero

La fotografía del lechero es una de esas imágenes míticas, muy potentes. Capaz de condensar una idea, un determinado carácter de un pueblo, y darlo vida entre sombras y luces. Una imagen imperecedera, por desgracia, que salta el tiempo, el espacio, y vuelve a ser reflejo de una realidad que no muere, la de la violencia del hombre contra el hombre, que tan sólo parece reciclarse, tan sólo parece desaparecer para resurgir de nuevo, con el tiempo, engañándonos a todos, como un virus incubado, como una espora enterrada en esos lugares oscuros del alma humana donde nunca llega la luz, donde nunca llega el oxígeno. Es una imagen potente porque consigue transmitir sin eslóganes ni letras, sin discursos ni palabras altisonantes una realidad, una certeza a veces olvidada. Una certeza que es como una montaña. Difícil de ver mientras la escalas, imposible para el que no tiene perspectiva, para el que no mira en su conjunto. Pero inmensa, imperturbable y estática. La fotografía del lechero es un mo…

De edades y recuerdos

Hay una edad para cada cosa, hay una edad en la que el tiempo pasa despacio, al principio, y otra en la que pasa a toda hostia, días y semanas en un pestañeo, meses y años en un chasquido de dedos, media vida en un clic, entre el sutil espacio que separa el relámpago del trueno.
Hay una edad, en la que te empiezas a dar cuenta de la gran broma que es esto de respirar, en la que te das cuenta de que la realidad y la fantasía son como partículas cargadas con el mismo signo, se cruzan, se chocan y automáticamente se repelen.
Hay una edad para soñar, hay otra para espabilar, para madurar, quitarte las legañas de los párpados y apretar los dientes. Entre medias de esas dos edades, en mi caso, sonaba en mis oídos la voz de Chris Cornell.
Tiempo de greñas, de walkman, de granos, de zapatillas viejas y de futuros poco claros, tiempo en el que se cocían los adultos del presente no en agua, sino en Mahou cinco estrellas, tiempos en los que la voz de este tipo se te metía en las tripas y el coraz…

Mil palabras.

Uno se pasa media vida escribiendo,  juntando letras, contando historias, de forma más o menos lograda, de forma más o menos profesional, por afición, por locura, por necesidad. Uno se pasa media vida leyendo, juntando letras, admirando historias, construyendo castillos en la sesera, llegando al final de los libros, de las series, de las películas, unas veces con gozo, otras con pena, con alivio o con odio.  Pero siempre atento a la palabra, al poder de la palabra que se transmuta, que construye el hilo, la madeja tras la que llega la red que me atrapa, el polvo tras el que llegan los lodos que me cubren. Uno hace eso con paciencia, poco a poco, porque en esto de la literatura las cosas buenas se construyen lentamente, es lo que tiene crear un mundo, unos personajes, dar la vida y la muerte en siete días o siete años, o en siete milenios, convertirse en diosecillo de pacotilla lleva su tiempo. Es así. Pero luego está la realidad. Luego está la fotografía cuando es buena. Presta a arregl…

La gran novela americana tiene formato de cuento.

Periódicamente, en la vida de todo lector surge un elemento estacional e inmutable que alumbra los valles de papel y los ríos de tinta, es un elemento hecho de oro, un santo grial, que de repente recaba todas las miradas, todos los comentarios, todas las reseñas, una obra en la que cristalizan todos los anhelos, todas las envidias y todas las alabanzas de esto que llaman literatura. Ese elemento refulgente usualmente cambia de aspecto, de diseño, de autor, pero raramente de temática y tamaño, y por supuesto nunca cambia de nombre. Estoy hablando de la “Gran novela americana” Por encima del lector, más allá de las montañas, refulgiendo en el cielo de los grandes literatos, surge, brilla y repica, llamándonos a la oración, prometiendo la salvación eterna, ungiendo a sus seguidores con el estigma de la modernidad. He de reconocer que como creyente viejo que soy, cada vez que veo esas señales arrugo el morro y con desgana me preparo para la travesía por el desierto, atento a las palabras, a…

Es duro ser un pingüino

George Murray Levick fue un naturalista inglés, cirujano naval, militar aventurero, que hizo varias expediciones a Terranova, (de donde salió vivo de milagro) y luchó en las dos guerras mundiales, nada menos que en la batalla de Gallipoli durante la primera, e infiltrando espías ingleses desde Gibraltar durante la segunda; es por tanto fácilmente identificable como un tipo de mundo, un tipo honorable, pero así mismo alguien conocedor del lado oscuro que todo Homo Sapiens atesora en su interior, un tipo capaz de sobrevivir en una cueva de hielo, comiendo grasa de foca durante meses, tiritando mientras se fuma una pipa para mayor gloria de su majestad.
El caso es que durante uno de sus viajes, durante una de sus observaciones, el bueno de George anduvo un verano austral estudiando el comportamiento del pingüino Adelaida (Pygoscelis Adeliae) en el Cabo Adare, en la Antártida oriental frente al mar de Ross, por aquella época más o menos en el extremo más lejano del culo del mundo conocido,…

Fariña

Hay un aura atractiva alrededor de los malos de las novelas, de las películas, una especie de rayo tractor, de carga polarizada que nos atrae a todo lector civilizado y temeroso de la ley, que vemos quizás en el lado oscuro, en el reverso tenebroso, una imagen en negativo de nosotros mismos, un destello del pequeño monstruo que habita escondido en cada ser humano.
No hay una buena novela sin un buen malo, y quizás por eso es inevitable encumbrar al maldito, al mafioso, al buen ladrón o al traficante, y otorgarle cualidades tremendamente cinematográficas, actitudes como la valentía, el honor, la lealtad o la rebeldía, los humanizan, justifican y redimen, en última instancia, su comportamiento antisocial.
Hace algún tiempo, “Los Soprano”, para muchos una de las mejores series de todos los tiempos, dio en el clavo precisamente al hacer eso; al despojar de mitología al mafioso, al humanizar al hijo de puta, al traerle de vuelta al mundo cruel, dejó bien a las claras las miserias de los mise…

La armadura de la luz

La armadura de la luz es un excelente libro de fantasía, para leer y devorar, que narra las peripecias de dos infelices aventureros en un mundo donde, como no podía ser de otra manera, pululan oscuras sectas, semidioses, magos, crueles señores feudales, mercenarios, amazonas, inquietantes ascetas y multitud de personajes de toda clase y condición, unos llenos de codicia y otros llenos de bondad, pero todos obnubilados ante la posibilidad de hacerse con el poder que atesora la mágica y sagrada armadura.

Es un libro digno de darle una oportunidad, tanto si os gusta la fantasía como si no, que me ha sorprendido por dos cualidades; la primera es la bella construcción del mundo en el que los protagonistas desarrollan sus aventuras (eso que los anglosajones llaman world-building), pudiendo considerar a la propia ciudad portuaria de Melay, casi como un personaje más de la historia, donde se aprecia sin esfuerzo el inmenso trabajo del autor, que ha levantado todo un universo detallado y creíbl…

Y las palabras se convirtieron en río.

Hay un loco en la Rue Jacob. Camina bajo la tormenta empapado, porque el hombre mojado no le teme a la lluvia, porque el hombre desquiciado no le teme a la vida. Habla francés con acento extraño y arrastra sus pies descalzos por el adoquinado, chapoteando sobre sus tobillos mugrientos. Ríe, más que risas carcajadas, con un punto sardónico, de disfrute. Y murmura, señalando al cielo, susurrando al agua palabras inconexas en todas las lenguas de la tierra. Merodea el café de los bajos y habla con las prostitutas, con los bohemios, y otras gentes de vivir torcido. Los riega con frases que nadie escucha, que se mezclan con diluvio universal y les advierte. El final está cerca. Llegado el momento. El agua del Sena se desborda. Crece sin medida y reclama un hueco, un camino olvidado. La crecida casi se lleva al loco, le obliga a refugiar sus andares destruidos de la corriente, mientras entra el líquido elemento en la librería de volúmenes antiguos, irrumpe más bien, rompiendo las puertas…

Reseña en Libros Prohibidos.

Javier Font: Alma 2718Año: 2016
Editorial: Grieta
Género: Ciencia ficción
Valoración: Recomendable Alma 2718 es la segunda novela que leo de Javier Font, un autor prácticamente desconocido del que, a partir de hoy, me declaro fan incondicional (o al menos hasta que le dé por escribir libros radicalmente distintos a los que lleva hasta ahora, cosa que espero que no ocurra nunca). Y eso que mi expectativas no eran las más altas, ya que, después de un título que me impactase tanto como No quedan hombres justos en Sodoma, suponía que todo iba a ir inevitablemente cuesta abajo. Pues, salvando las lógicas diferencias entre una novela corta y una más larga, no ha sido así... Puedes seguir leyendo la excelente reseña de Javier Miró en la web Libros Prohibidos 

No quedan hombres justos en Sodoma.

"...los libros del cojo, amontonados, elevándose hacia el cielo formando columnas helicoidales, en todas partes como troncos de árboles secos, que murieron para hacer papel y después revivieron para sostener en su sitio la cabeza de Manuel, bosque de historias que pueblan el miserable hogar donde dormía y comía, por todos los lados, apilados, flotando en un mar de letras; Abel piensa que si hubiera un terremoto, todas las casas de adobe y ladrillo del pueblo se harían migajas, cada techo de cada casa caería sin remedio sobre las cabezas de sus habitantes, todas menos el tugurio de su hermano, que se mantendría en pie sujeto por sus columnas extras de libros, por su forjado de letras y tinta..."



Luciendo nueva portada y nuevo formato. A la venta el libro en Amazon, por lo que cuestan un par de cañas.
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Los hombres lagarto.

―Morir sobre la tierra que te vio nacer es un lujo para nosotros ―dice el viejo Carrión, con tono tranquilo, parsimonioso, mientras se ajusta el peto del coselete y protege su sesera con el morrión―simplemente llegar a viejo lo es. Los hombres miran, escuchan atentos, se santiguan, rezan y se encomiendan al cielo. Asienten. Uno no recorre medio mundo para palmar en la cama, entre sábanas limpias y atendido por una familia doliente, no, uno se apunta a estas cosas para matar infieles, para matar piratas, para espichar haciendo fortuna por Dios, por el Rey y por su puta estampa, por quien toque, pero jodiendo, apuñalando, rajando y destripando, meando cada noche en una selva nueva, descubriendo cada día un nuevo culo del mundo conocido que reclamar para mayor gloria de su majestad. Eso ya lo saben. Son perros viejos, todos ellos, hombres lagartos los llaman los Ronín, mitad pez, mitad reptil, pero qué más da el apodo del tercio, son piqueros, arcabuceros y rodeleros, no más de cuarenta, …

Hypno, la nueva droga de diseño de la ciencia ficción

(A continuación reproduzco la charla que mantuve hace algún tiempo con Ana de Beraza durante la presentación de Alma 2.718 con Grieta editorial)El novelista Javier Font explora la evolución distópica de los fármacos que palian los desequilibrios psíquicos.
Alma 2.718 es, como el mismo Javier Font afirma, una novela dentro del género de la ”distopía dura y negra, cercana a la Ci/fi clásica y al movimiento ciberpunk”. Pero no es solo eso, es un viaje errático y lúcido hacia el futuro dominado por el hypno, una droga de diseño que prolifera en la sociedad y que llega a atrapar en un mundo paralelo a sus consumidores. PREGUNTA. ¿Cómo definirías Alma 2.2718? Es un cesto hecho con muchos mimbres, por una parte reflexiona sobre la fragilidad de la realidad del ser humano y el engaño de los sentidos, y por otra mira hacia ese cruce de caminos donde el hombre y la máquina convergen. Es una novela rápida y divertida, como una matrioska que al abrirse va invitando a la lectura. Y una cosa. Cada inc…

Contad cuentos, malditos.

El hombre extraviado

El hombre sin recuerdos ahora sabe que la memoria está hecha de cenizas, inútil materia prima, frágil e inerte, con la que ha construido caducos parapetos en su cabeza, murallas cuarteadas incapaces de detener el huracán; desnudo, helado, empapado; sin esfuerzo llega a la conclusión de que el olvido es como un niño travieso, como una amante despechada, como un pintor de retratos que sólo usa el color blanco, que construye realistas lienzos monocromáticos fieles al reflejo perfecto de la nada, copia exacta de su mundo transparente, maestro obcecado que siempre enseña una única lección, biógrafo que ha escrito su vida con un lápiz de carpintero, que ha arrastrado después el extremo de sus dedos sobre las líneas de grafito, atento ante los nombres en descomposición, verbos y adverbios heridos de muerte, difuminados, rotos en cachitos pequeños, sílabas, letras y trazos sin sentido; el hombre sin recuerdos ahora sabe que todo lo que sabe no es nada y extravía su existencia mientras escucha…

Las palabras nunca dichas

En ocasiones, hay charlas que no mantienes, frases que deben ser dichas y escuchadas pero que sin embargo, no sé muy bien porqué, quedan en un baúl junto con el resto de las palabras nunca pronunciadas, de los diálogos nunca sostenidos; a veces hay personas desconocidas a las que sientes que les debes algo, gente que por puro azar se cruzan en este mundo contigo, tipos a los que, por falta de tiempo, por cansancio, vergüenza, egoísmo o simplemente por no ser el momento adecuado en el lugar adecuado, ves llegar y marchar sin abrir la boca, enmudecido, sustituyendo la conversación necesaria por un gesto triste, un labio mordido y quizás un “me cago en mi puta estampa” dicho por lo bajini hacia el cuello de tu camisa, donde nadie puede escucharlo.
Hace unos días, este universo entrópico puso frente a mí, en mi lugar de trabajo, a un muchacho muy joven, delgado, alargado como un día sin pan, y de gesto cansado, que, acompañado de un hombre mayor, probablemente era su padre, se presentó con…