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Mostrando entradas de 2015

No quedan hombres justos en Sodoma

Parte I Azul y reluciente paraíso
I. –
Abel mira hacia el cielo, o al menos hacia el lugar donde debiera estar el muy cabrón, azul y reluciente paraíso, allá arriba, tras las nubes y la niebla, lamaldita niebla mañanera, es un día de invierno tardío de ésos que hielan las pelotas y el alma, por ése orden, primero las pelotas, luego el alma, piensa Abel, mientras se frota las manos bajo la capa e imagina a su hermano rodeado de angelitos, con las alas extendidas, dándole palmaditas en la espalda y a San Pedro abriendo de par en par las puertas del lugar, todo precioso, arpas, coros y demás parafernalia, gente rubia, gente limpia, Abel sonríe, después tose, sorbe los mocos y construye poco a poco un gargajo en su garganta, denso y de colores, piensa de nuevo en el bendito y afortunado santurrón, está mejor muerto que vivo y después hace el amago de soltar el lapo, pero se contiene ante la mirada inquisidora del cura, paladeando obligado el salivazo medio minuto más, hasta que en un descuid…

Me gustan las palabras...

Robert Pirosh fue un conocido director y guionista americano, colaborador de los hermanos Marx entre otros; fue además el autor de una de las cartas de presentación más ingeniosas que he visto nunca, que data de la época en la que el hombre buscaba trabajo en Hollywood.

Dice así (tras una traducción casera bastante complicada)

"Querido señor.

Me gustan las palabras. Me gustan las palabras gordas y mantecosas, como cieno, bajeza, glutinoso o adulador. Me gustan las solemnes, angulosas y crujientes palabras como puritano, cascarrabias, pecuniario o despedida. Me gustan las palabras blanquinegras y espúreas como enterrador, liquidado o mundano. Me gustan las suaves palabras en V como Svengali, esbelto, bravura y brío. Me gustan las palabras crepitantes y frágiles como astilla, lidiar, empujón y crujiente. Me gusta hosco, malhumorado, palabras con el ceño fruncido como esculcar, costrosa o patán (...)

Me gusta más la palabra guionista que la de redactor, así que decidí abandonar mi …

La miseria del hombre blanco

A principios de siglo, un par de sinvergüenzas llamados Truman Hunt y Richard Scheindewind anduvieron compitiendo por EEUU y Europa por ver quién organizaba el mayor y más impactante espectáculo con indios de la tribu de los Igorrote, ambos tipos, veteranos de la guerra hispanoamericana, durante años encontraron un auténtico filón en el negocio de montar campamentos con familias enteras llevadas desde las zonas rurales de Filipinas hasta lugares como Cony Island bajo la promesa de un salario fijo.
Tuvieron mucho éxito, y como era de esperar, los indios no vieron un céntimo, durante años, diversos grupos fueron mostrados sin pudor y sin respeto, en condiciones miserables, ante cientos de muy dignos, muy respetuosos y muy civilizados occidentales, que religiosamente pagaron su entrada para poder reír y comentar el asunto entre codazos y de paso escandalizarse a gusto, por ver unos congéneres en taparrabos.


Vía Smitshonian

El noble arte de hacerte sentir idiota.

En 1932 el eminente psicoanalista Carl Jung escribió ésta crítica demoledora sobre el Ulysses de James Joyce.
“Leí hasta la página 135 con desesperación en mi corazón, quedándome dormido dos veces en el camino. La increíble versatilidad del estilo de Joyce tiene un efecto monótono e hipnótico. Nada sale al encuentro del lector, todo se escapa de él dejando un espacio abierto tras de sí. El libro está siembre arriba y alejado, insatisfecho consigo mismo, irónico, sardónico, virulento, desdeñoso, triste, desesperado, y amargo […] Sí, admito que siento que me han tomado el pelo. El libro no me encontraría a medio camino, nada en él intenta que estés de acuerdo y siempre ofrece al lector una irritante sensación de inferioridad.”
Crítica de la que Jung se debió arrepentir, a juicio de la carta que con posterioridad remitió al escritor:
“El Ulysses ha probado ser una tuerca terriblemente dura de mover, que ha obligado a mi mente, no sólo a hacer esfuerzos inusuales sino también a hacer extra…

De certezas y anhelos

En 1959 una jovencísima Kim Novak comenzaba a brillar en Hollywood, tanto que la revista Life decidió ofrecerle la portada de uno de sus números; Leonard Mc Combe se encargó de fotografiar a la estrella, acompañándola en sus rutinas diarias durante un par de semanas.

Durante aquellos días la mujer hizo multitud de posados, aunque sin duda, la mejor foto esperaba en el lugar más inesperado, en el vagón restaurante de un tren de vuelta a New York; una imagen desenfocada que se olvida de Novak, centrándose, indiscreta, en lo que ocurre detrás.
Las miradas de los hombres solitarios del vagón son un libro abierto, un poema triste que habla de certezas, de lascivia y de anhelos imposibles, sentimientos mágicamente condensados, capturados y expuestos al público sin la más mínima piedad.
Via LIFE