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El buen ciudadano k



Para respetar el silencio de su sepulcro, el ciudadano K permanece quieto, casi inerte, admitiendo únicamente el sonido de su propia respiración, con su cuerpo congelado por voluntad propia, su ser parece levitar suspendido en mitad de una atmósfera espesa, densa, acolchada, un lugar donde cada movimiento supone un quejido, una molesta fricción, un lamento distractor inoportuno, un siete en el manto blanco que envuelve su alma, en su maravillosa, protectora y perfecta nada.
El ciudadano K cierra los ojos y al perderse en la negrura de sus párpados, el resto de sus sentidos se agudizan, despiertan y exigen un pedacito de atención por parte de su aséptico cerebro; siente el rozamiento de la camisa almidonada sobre el final de su nuca, el olor a humedad sobre la ventana, el aroma a metal caliente y a carbón en combustión de la estufa, el regusto a plomo en el trago de agua recién deglutido; suspira, chasca la lengua y piensa nervioso, ¿y si después de todo, no hay nadie, y si su denuncia cae en saco roto, y si vienen, tiran la puerta abajo y se encuentran un tugurio repleto de ratones?
Plop.
Suena desde el cuarto de baño y con su envoltura de estricto silencio la minúscula gota de agua parece una galerna en el atlántico norte, rebota por las paredes de la estancia y llega hasta los oídos del ciudadano K, llama con la fuerza de un liliputiense a las puertas de sus tímpanos y hace que el hombre arrugue la comisura izquierda de sus labios con un gesto de hastío, abandona su pétrea postura y se levanta, caminando con pasos cortos hasta el grifo; maldita sea, piensa, irritado, mientras estudia la llave del agua detenidamente, antes de abrir el mecanismo e introducir sus manos impolutas bajo el torrente helador, antes de decidir enjabonarse por quinta vez en la tarde, limpiando con especial cuidado bajo las uñas y entre los dedos, los lugares en los que, el higiénico ciudadano K imagina ingentes cantidades de bacterias y hongos esperando ansiosos una oportunidad para invadir su cuerpo; después cierra la llave de paso con fuerza para que no gotee y la minúscula cascada se detiene, metódico seca con cuidado la palma de sus manos en primer lugar, las falanges de sus dedos en segundo y dobla la toalla con precisión, extendiéndola con primor sobre un colgador dorado.
No puede ser, piensa, ahí hay gente, se dice a sí mismo, mientras descubre su reflejo en el espejo, un rostro rechoncho, redondo, rematado con un bigote en perfecto estado de revista y unas ojeras incipientes que hoy resaltan como nunca sobre su tez blanquecina; el ciudadano K acaricia sus ojeras con sus dedos impolutos, tienes mala cara, siente una punzada de temor en el estómago, ¿quizás los primeros síntomas de un tumor?, un pensamiento fugaz que seca su boca, roba su aire y ata un nudo en su píloro, hace que corra hasta la mesilla de noche y rebusque con ansiedad entre botes de cristal topacio, repletos de píldoras de colores; el hombre redondo abre uno de ellos y coloca dos cápsulas en la palma de su mano, traga las perlas rojas sin agua esperando que no sea demasiado tarde, sintiendo como el mero contacto da las cápsulas con su lengua aplaca sus temores, afloja el nudo en sus tripas y llena la estancia de oxígeno.
-Ya está.
Dice en alto, recuperando poco a poco el ritmo normal de su propia respiración; y en el mismo instante en el que sus pulmones dan rienda suelta a un largo suspiro, en el otro extremo de su hogar surge de nuevo, furtivo como cada mañana, el misterioso ruido que lo intriga y desquicia desde hace semanas, que lo sorprende siempre en el momento menos esperado, que indica la presencia de vida donde no debiera haberla.
Corre de vuelta por el pasillo y yergue sus orejas como un perro de presa, aquí estas de nuevo, piensa y analiza el sonido con precisión matemática, hay algo pequeño que rueda sobre el suelo, es esférico, hay algo pequeño que chasca, gira hasta que resuena un golpe seco, casi inaudible y repetitivo.
El correcto ciudadano K sonríe como un niño esperando a los reyes magos, está claro, piensa, están ahí, en silencio, no pudieron huir en su día, seguro que siguen ahí y ellos les encontrarán, les darán su merecido, puede que hasta me feliciten por ello, puede que hasta me den una insignia, una mención o algo así, un bonito diploma que colgar sobre la pared desnuda.
Se levanta, se mueve, camina en círculos hasta la ventana y justo bajo la gran mancha de humedad asoma sus redondas narices a la calle, tienen que estar al caer y luego se gira sobre si mismo nervioso, mordiéndose las uñas, imaginando una gran medalla metálica sobre su pecho; cada segundo parece una larga hora de reloj, estudia la calle en calma, imaginando una docena de coches con las sirenas en marcha, acercándose a toda velocidad hasta la puerta de su reino; no es así, por la calle aparece de repente una gran furgoneta oscura, sin distintivos, circula despacio y al llegar frente a su portal pasa de largo despistada, pero se para y da marcha atrás, aparca y desde su interior emergen dos hombres vestidos de negro y otro tipo con mono de trabajo, su sombra es alargada bajo el sol del atardecer, se mueven despacio, señalan la puerta y apuntan hacia arriba, hacia las ventanas del ciudadano K, que al verlos levantar las cabezas oculta su rostro tras las cortinas avergonzado, traga saliva, siente la boca seca y suspira, aquí están, por fin, corre hasta la puerta de su casa y espera, escucha el crujido de los escalones de madera y voces en la lejanía, que aumentan de volumen hasta que aparecen ante su quicio, convertidos en minúsculos habitantes del mundo circular de la mirilla.
El ciudadano K se mira al espejo, camisa blanca limpia y pantalón impoluto, deben darse cuenta de que soy un buen ciudadano, piensa, peina su cada día más escaso flequillo y espera hasta que llaman a su puerta.
Toc, toc.
Abre diligente, se cuadra y hace un saludo militar, los hombres de negro lo miran de reojo, serios, indolentes, uno es largo como un día sin pan, el otro tiene cara de boxeador, con la nariz aplastada y pocas luces en la mirada, el tipo con mono de trabajo hurga entre sus dientes con precisión odontológica; todos ellos reprimen una sonrisa al ver a gordo cuadrarse, al presenciar la cuadratura del círculo.
-¿Es usted el ciudadano K?
-Si señor.
-De acuerdo, ¿usted hizo la denuncia?
-Si señor.
-Firme aquí
El larguirucho extiende un folio de papel, ciudadano K cree ver impreso sobre el mismo un millón de sellos.
-Por favor, retírese y cierre la puerta.
-¿Ya está?
-Si, retírese.
El correcto ciudadano K asiente, traga saliva y nota la boca seca, por un segundo siente miedo, a esta gente no se les contraría, piensa, y ligeramente aturdido se vuelve a meter en su guarida, cierra la puerta y se queda tras ella petrificado, como una estatua de sal en la plaza mayor de Sodoma.
Escucha, mientras hace acopio de valor para mirar por la mirilla, suenan golpes y ruidos metálicos, movimientos bruscos que duran apenas unos segundos, el tiempo que tarda el cerrajero en abrir la puerta, después el silencio, el ciudadano K no se aguanta más, mira a través del pequeño agujero y observa a los hombres de negro sacar sus armas reglamentarias y dos linternas, las encienden, entran en la casa contigua, tienen que estar ahí, piensa el gordo antes de que un grito rompa su perfecta atmósfera acolchada, su plácido mundo miserable.
La casa se estremece, aúlla y se parte en dos, alguien grita, alguien solloza, alguien suplica, alguien insulta y maldice, palabras soeces impropias en un servidor de la ley, piensa el gordo mientras se muerde las uñas, alguien recibe golpes y patadas, alguien es arrastrado hacia la calle, alguien rueda escaleras abajo, golpea el suelo como un saco de patatas, el ciudadano K tiembla de emoción, no pierdas detalle, desfilan rápido las primeras sombras frente a él, sale después una mujer encorvada y un niño, caminan despacio y con la mirada perdida, el pequeño intenta agacharse a por algo pero el hombre delgado no se lo permite.
Desaparecen.
El ciudadano K suspira, está hecho, y luego maldice la rapidez con la que ha ocurrido todo, corre a la ventanilla y ve a la furgoneta arrancar y perderse tras la esquina, dejando tras de si un halo de dolor; espera unos segundos, abre la puerta y sale al descansillo, donde el planeta tierra parece seguir girando sin problemas, pisa algo duro, casi resbala, mira al suelo y se encuentra con una canica y una gota de sangre, saca un pañuelo y recoge con asco la pequeña esfera cristalina, intenta no tocarla con los dedos, por si acaso está llena de gérmenes.
Así que eras tú, piensa el buen ciudadano K, el origen de mis desvelos, y acto seguido guarda el pequeño juguete en su bolsillo, estudia el goterón rojo del suelo, arruga el morro, indignado, asco de gente, lo han puesto todo perdido.


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