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La piedra que vive y muere.



El siete de junio de 1926, un hombre viejo y sabio camina distraído por las calles de Barcelona, viste de forma descuidada, con ropas desgastadas y roídas, con zapatos remendados y una chaqueta pasada de moda, carcomida por la polilla y el uso; con el pantalón sujeto con imperdibles, casi parece un mendigo, luce además el pelo completamente cano y corto, y una barba tupida blanca como la nieve, pasea lentamente, pensativo, absorto, perdido en un mundo mágico que sin que nadie lo sepa, carga sobre sus espaldas.
Un planeta entero, denso y frondoso, bello, inmenso y a pesar de todo liviano, entreverado de ideas, de cálculos matemáticos que quieren engañar a la física, a la maldita gravedad, a la triste realidad; bóvedas, columnas helicoidales y caprichos que alumbran al hombre, que acogen una poderosa fe, construcciones en apariencia inertes, ladrillo, hierro y hormigón, naturaleza en estado puro, piedra que vive, respira y late, crece, se desarrolla y muere.
Porque todo lo vivo muere, porque el genio crece desde la frágil esencia del ser humano, desde su finita condición, al cruzar por la Gran Via de las Corts un tranvía se lleva por delante al hombre viejo y sabio, rompe sus huesos y encharca sus pulmones, deja su cuerpo malherido en el suelo, libera su alma, mientras, la gente observa impasible, comentan entre ellos, por lo bajini, que alguien debiera parar un taxi, que alguien debiera pagar un vehículo para transportar al mendigo a un hospital, a un lugar decente y discreto donde pueda morir en paz.
Y así, sin más, Antoni Gaudí se despide anónimo, y todas las ideas y diseños que aún estaban por llegar desaparecen en una fracción de segundo, mueren, se marchitan, dejando éste mundo cruel, si cabe, un poquito más oscuro y huérfano.

Comentarios

Markos ha dicho que…
Muchos genios están tan absortes en su mundo que se descuidan hasta el punto de hacer desaparecer su fantasmagórica figura.
Bonito homenaje.
Salu2