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La nariz del señor Darwin


En septiembre de 1831, en el edificio del almirantazgo en Whitehall en Londres, Charles Darwin se reúne con el capitán del Beagle, Robert Fitz-Roy en el despacho del capitán Beaufort, durante el encuentro, el marino le comunica a Darwin que la persona con la que contaban para ocupar el puesto de naturalista en el inminente viaje al continente americano acaba de rechazar la plaza, y que por tanto, si lo desea, él puede ocupar la vacante; emocionado, Darwin acepta y a lo largo de dos horas acuerda con Fitz-Roy las condiciones de su travesía, él pagará su manutención con quinientas libras y el trato con el capitán será de igual a igual; acuerdan también la posibilidad de renuncia, si el científico no aguanta, si se raja, podrá volverse a medio camino; ninguno de los dos lo sabe, pero en ése apretón de manos queda sellado el futuro inmediato de buena parte de la ciencia moderna.
El joven capitán del Beagle está preocupado, sabe que lo que les queda por delante será un trayecto duro, conoce la soledad del mando y la dureza de la mar, intuye que para soportar el importante peso que cargará sobre sus espaldas durante los próximos cinco años, necesitará del apoyo y la comprensión del desconocido con el que ahora parlamenta, necesitará de su buen juicio y de su amistad, necesitará de alguien con el que compartir confidencias en igualdad de condiciones, Fitz-Roy teme cagarla, teme elegir mal y aceptar en su barco a un pusilánime, a alguien que con el roce y la rutina acabe por detestar.
Por suerte elige correctamente, aunque a punto está de no hacerlo y el motivo no es otro que la nariz de Darwin, porque resulta que Fitz Roy es un ferviente seguidor de la frenología, pseudociencia que afirma poder detectar la valía de una persona a través de sus rasgos, y el señor Darwin posee una napia gruesa y regordeta, claro indicativo para el marino de una personalidad débil y apocada, de un tipo poco de fiar cuando pinten bastos; él mismo se lo confesará a Darwin más adelante, para cuando la mar haya estrechado sus lazos, y el propio Darwin lo contará en sus memorias (extracto más abajo); nunca en la historia de la ciencia, la forma de una nariz fue tan importante.

"Afterwards on becoming very intimate with Fitz-Roy, I heard that I had run a very narrow risk of being rejected [as the Beagle's naturalist], on account of the shape of my nose! He was an ardent desciple of Lavater, and was convinced that he could judge a man's character by the outline of his features; and he doubted wheather anyone with my nose could possess sufficient energy and determination for the voyage. But I think he was afterwards well-satisfied that my nose had spoken falsely."

The Autobiography of Charles Darwin, page 72.

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