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Mostrando entradas de 2011

El hombre vestido de azul

Al respirar, el hombre vestido de azul siente su propio aliento rebotando dentro del casco, aire tan recalentado y viscoso que parece no contener oxígeno, aire entrecortado y nervioso que le asfixia, le satura y le hace sudar gotas gordas que escurren desde su sien hasta el suelo; gota a gota, pasito a pasito, camino a ninguna parte, el hombre vestido de azul se caga en sus muertos y busca el orden y el concierto entre sus compañeros, mira al frente y observa la multitud, el volumen de una masa no uniforme de caras que le señalan entre un mar de sirenas, aferra su reglamentaria espada láser de plástico duro y se pregunta por el puto día en el que eligió este trabajo y cual Darth Vader en un día de primavera corre hasta el primero de los muchachos que sentado y con las manos en alto obstaculiza la vía pública, el hombre vestido de azul piensa, se supone que debiera estar persiguiendo a los malos, a los cacos, a los golfos que pueblan estas tierras de Caín, se supone que soy policía, se…

No quedan hombres buenos en Sodoma

Abel mira hacia el cielo, o al menos hacia el lugar donde debiera estar el muy cabrón, azul y reluciente paraíso, allá arriba, tras las nubes y la niebla, la jodida niebla mañanera, es un día de primavera temprana de ésos que hielan las pelotas y el alma, por ése orden, primero las pelotas, luego el alma, el que la tenga, piensa Abel, mientras se frota las manos e imagina a su hermano rodeado de angelitos, con las alas extendidas, dándole palmaditas en la espalda y a San Pedro abriendo de par en par las puertas del lugar, todo precioso, arpas, coros y demás parafernalia, gente rubia, gente limpia, Abel sonríe, después tose, sorbe los mocos y construye poco a poco un gargajo en su garganta, denso y de colores, piensa de nuevo en el bendito y afortunado santurrón, está mejor muerto que vivo y después hace el amago de soltar el lapo, pero se contiene ante la mirada del cura, paladeando obligado el salivazo medio minuto más, hasta que en un descuido del Pater lo escupe disimulando, estrel…

La última carta de Einstein

En 1955 las posibilidades de que el planeta se fuese al carajo en una guerra nuclear eran bastante altas, el ser humano había construido una gigante espada de Damocles con forma de pepino metálico, la había colocado sobre su propia cabeza y en su infinita estupidez estaba dispuesto a usarla, ante tal panorama, un grupo de hombres de ciencia decidieron levantar su voz y advertir al mundo sobre su negro destino en el caso de que a algún iluminado se le ocurriese apretar el botón rojo, se agruparon en torno a una de las mayores expresiones de sentido común escritas en toda la Historia, el manifiesto Russell-Einstein.
Esta es la carta que Betrand Russell envió a Albert Einstein solicitando su adhesión el 5 de Abril de ése año, pocas semanas antes de la muerte del propio Einstein:
5 April, 1955.
41, Queen's Road, Richmond, Surrey.
Dear Einstein,
I have been turning over in my mind, and discussing with various people, the best steps for giving effect to the feeling against war among the gr…

El buen soldado

Cierra los ojos, siente la caricia del sol en la cara, los primeros rayos de la mañana que atraviesan tímidos, aún débiles, un cielo azul impoluto para encontrarse con su rostro maltratado, luz que choca contra las ojeras que han surgido bajo sus ojos ciegos, claridad que rebota sobre sus casco e ilumina la barba que crece en su mentón como la mala hierba, verano en el invierno de mi existencia piensa Josef, tiene guasa, y así, sin demasiado esfuerzo, se eleva y flota en un mundo perdido, sonríe y pone cara de idiota, suspira y se deleita escuchando de nuevo los sonidos de su infancia; están ahí, es un milagro, es como si los gritos emitidos hace una docena de años siguieran en el aire, como si hubieran ido rebotando por el mundo entero hasta dar la vuelta, hasta llegar de nuevo a su garganta. Respira oxígeno limpio, huele a verdes praderas, a primavera que muere, a murallas de heno y rocío entre animales, a campo, a estiércol y flores del bosque, olores de un lugar extraño, un hogar a…

La piedra que vive y muere.

El siete de junio de 1926, un hombre viejo y sabio camina distraído por las calles de Barcelona, viste de forma descuidada, con ropas desgastadas y roídas, con zapatos remendados y una chaqueta pasada de moda, carcomida por la polilla y el uso; con el pantalón sujeto con imperdibles, casi parece un mendigo, luce además el pelo completamente cano y corto, y una barba tupida blanca como la nieve, pasea lentamente, pensativo, absorto, perdido en un mundo mágico que sin que nadie lo sepa, carga sobre sus espaldas. Un planeta entero, denso y frondoso, bello, inmenso y a pesar de todo liviano, entreverado de ideas, de cálculos matemáticos que quieren engañar a la física, a la maldita gravedad, a la triste realidad; bóvedas, columnas helicoidales y caprichos que alumbran al hombre, que acogen una poderosa fe, construcciones en apariencia inertes, ladrillo, hierro y hormigón, naturaleza en estado puro, piedra que vive, respira y late, crece, se desarrolla y muere. Porque todo lo vivo muere, por…

La nariz del señor Darwin

En septiembre de 1831, en el edificio del almirantazgo en Whitehall en Londres, Charles Darwin se reúne con el capitán del Beagle, Robert Fitz-Roy en el despacho del capitán Beaufort, durante el encuentro, el marino le comunica a Darwin que la persona con la que contaban para ocupar el puesto de naturalista en el inminente viaje al continente americano acaba de rechazar la plaza, y que por tanto, si lo desea, él puede ocupar la vacante; emocionado, Darwin acepta y a lo largo de dos horas acuerda con Fitz-Roy las condiciones de su travesía, él pagará su manutención con quinientas libras y el trato con el capitán será de igual a igual; acuerdan también la posibilidad de renuncia, si el científico no aguanta, si se raja, podrá volverse a medio camino; ninguno de los dos lo sabe, pero en ése apretón de manos queda sellado el futuro inmediato de buena parte de la ciencia moderna. El joven capitán del Beagle está preocupado, sabe que lo que les queda por delante será un trayecto duro, conoce…

El papa y el esclavo

Llegado el momento, el esclavo se planta frente al maestro, se cuadra y le mira de igual a igual, de pintor a pintor, casi de amigo a amigo; deja que el genio capture su imagen, su ser, sus anhelos y esperanzas y los estampe sin pudor sobre el lienzo, usando los pigmentos que él mismo ha mezclado; estático y orgulloso, el morisco es construido de nuevo y parido por segunda vez, en ésta ocasión a través de las cerdas de un pincel que le hace surgir entre la luz, con brochazos rápidos y precisos; habla con la mirada, habla sin hablar, sin emitir un solo sonido, un solo fonema, exhibe altivo su tez oscura, su condición de hombre libre ante quien ose dudarlo mientras presta su rostro para la eternidad. Diego Velázquez necesita soltarse, sentir que sus dedos y sus ojos se mantienen ágiles, en perfecto estado, sabe que para retratar al papa Inocencio X ha de presentar sus propias credenciales en forma de lienzo, elige a Juan de Pareja, a su esclavo y sirviente, y lo retrata con una expresió…