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El hombre de la pistola de juguete.



Cuando Sam Cahone abre la puerta metálica, ésta se gira lentamente, oxidada, suena como la campana de la iglesia en un día de primavera, Sam es un guarda viejo, entrado en carnes, con más de seis décadas entre pecho y espalda, desarmado carga con una gran caja repleta de jabón para los presos, para que estén limpitos, el peso del bulto hace crujir sus huesos, que hoy duelen especialmente con la lluvia fría de este invierno tardío, antes de entrar en el recinto le hace una confidencia al oído a su amigo Jonny Walker que escucha atento, después camina por la rampa hasta el nivel inferior, donde cuarenta angelitos le miran con desdén, anda unos metros hasta que se cruza con el señor John Dillinger, éste le observa, se acerca y sonríe antes de clavar una pistola en sus costillas y susurrar en su oído haz lo que yo te diga o te mato.
Mierda, maldita sea, Sam no está para estos trotes, mira de reojo al hierro y se pregunta cómo demonios ha conseguido el enemigo público número uno un arma de fuego dentro de la trena, después asiente y colabora, llama a Blunk, escucha y obedece, su compañero Blunk aparece por la puerta y desciende malhumorado, resulta que no va armado y resulta que no es un héroe, tarda dos minutos en verse encañonado y obedeciendo, una sencilla operación que se repite, hace caer uno por uno a todos los guardas, Warden Lou Baker, Kenneth Houk, Marshall Keithley y Mack Brown.
La situación se complica, presos haciendo presos a los guardas, pero todos mirando de reojo a Dillinger y acatando sus órdenes, que para éso es el número uno, éste actúa tranquilamente, encierra los carceleros en una celda y pasa al piso superior, llevándose a Blunk y a un negro llamado Youngblood que tiene todas las papeletas para ser frito en la silla eléctrica en un par de meses, el ladrón revisa la cárcel recolectando en cada habitación un nuevo puñado de rehenes, hasta treinta tipos que con cara de susto desfilan de arriba a abajo, en orden militar, con caras lívidas, bocas secas y culos prietos; pensando en el papelón que están haciendo; así los fugitivos se dan el piro, llegan hasta las cocheras pero no encuentran las llaves de los vehículos, no queda otra que salir por la puerta a patita, pero antes de hacerlo Dillinger se para, cae en la cuenta de que esta sin un triste dólar y decide volver sobre sus pasos, entra de nuevo en el pabellón inferior y coloca a sus rehenes en fila, hace una colecta, sólo metálico por favor; alivia las carteras de los funcionarios y antes de irse definitivamente les enseña al personal la pistola con la que les ha capturado, un trozo de madera tallada y coloreada con betún y cargada con balas de aire, “¿Veis pequeños monos con los que os he encerrado?, no es mas que un juguete, en fin, hasta luego chicos, he de irme”.
Se larga, deja a los chicos buenos hacinados en el talego, recoge un par de metralletas Thompson por si las moscas y con Blunk de rehén sale hasta la calle principal de Crown Point a pie, hasta que, unos cientos metros más allá se da de bruces con un garaje en que descansa el coche de la Sheriff Lillian Holly, un precioso Ford V8 en el que monta y que se lleva prestado dejando a todos con un palmo de narices.
Dos meses antes Lillian Holly había dicho que la cárcel de Crown Point era la más segura de américa, John Dillinger probablemente piensa en ello mientras aprieta el acelerador en su camino hacia un lugar llamado leyenda.

Historia vía wiki y el libro"Dillinger, the untold story"

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