Ir al contenido principal

Una medalla para el palomo cojo.


El trece de octubre Charles y los suyos están con la mierda al cuello, desde su trinchera puede observar el vacío más absoluto en la estrecha franja de unos sesenta metros que les separa de los alemanes; sin esfuerzo, en los escasos momentos en los que ellos cogen aliento antes de continuar con la escabechina, Charles casi puede escuchar sus susurros, sus toses, sus voces apagadas, casi puede sentir el temblor de sus extremidades antes del ataque, el pavor en sus tripas antes de saltar a esa pequeña fracción del planeta tierra trazada de plomo caliente y fuego, de carnes abiertas y rojo mezclado con barro, casi puede oler el humo de su tabaco, mezclado con la peste de los muertos, propios y ajenos, amigos y enemigos que ahora se amontonan en posturas grotescas, como muñecos de cera destrozados, pálidos y putrefactos, esperando su compañía.
Charles contabiliza a los suyos, unos doscientos hombres útiles, seres capaces de cargar, apuntar y disparar, así por lo menos hasta que les maten o se acaben las balas y las granadas, después solo quedará defenderse con piedras, con escupitajos e insultos, es lo que hay, es lo que queda en un lugar, el bosque de Argonne, que sin duda en algún momento fue bello, antes de que el mundo se desquiciara, Charles bebe y mira su cantimplora vacía, gotas que saben a manjar de Dioses, se relame mientras sus tripas rugen, rugido que se pierde en el aire, fundiéndose con el inconfundible silbido de las bombas que llegan, Charles grita y todos buscan integrarse con la madre tierra, media docena de obuses caen aquí y allá diseminados por obra y gracia de la física, de la gravedad y la tecnología, bombas americanas, fuego amigo que mata igual que el enemigo, porque rodeados como están, los suyos ni siquiera saben bien donde apuntar.
Pronto la lluvia cesa y las explosiones dejan paso a los gritos de los heridos, que los muertos son silenciosos, Charles grita también, jura que desearía matar al tipo que dirige su artillería y decide jugar su última baza, las últimas tres palomas mensajeras capaces de volar sobre el cerco y volver a zona segura, transportar su posición, escribe un mensaje y lo coloca sobre una de las patas, libera al animal que vuela unos metros hasta que es avistado, disparado con saña por los alemanes, una lluvia de balas que en cuestión de segundos pulveriza al pájaro, lo convierte en una masa de plumas y carne que cae a plomo, entre risas con olor a chucrut, Charles coge al segundo bicho, repite la operación y lo manda al matadero con idéntico resultado, maldice y elige al último, un palomo bautizado con el nombre de Cher Ami, al que adosa a su cuerpo una nota que dice:
“Estamos a lo largo del camino en la posición 276.4, nuestra artillería nos está bombardeando directamente, por el amor de Dios, deténganla.”
Charles está de suerte, la paloma vuela, es recibida con una cortina de balas, una de ellas pulveriza su pata, otra atraviesa su ala, pero el animal aguanta, cae y remonta el vuelo despiezada pero viva, transmite el mensaje del batallón perdido.
Cosas del mundo cruel, Cher Amí es un puto héroe, palomo alado, cojo y con plumas, pero un puto héroe que recibe por su acción la cruz de guerra con hojas de roble, maltrecho será transportado de nuevo a los EEUU, donde espichará por sus heridas, después será disecado y mostrado al mundo en el Instituto Smithsonian, por los siglos de los siglos, como muestra inapelable de lo terriblemente idiota que es el ser humano.



Historia vía wiki y letters for note.

Comentarios