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Prohibición.



Aplausos, más aplausos, cuando Herbert lee el periódico en voz alta, hay fragmentos del discurso que casi hacen saltar las lágrimas a sus compañeros de faena, con una media sonrisa en la boca y una dicción pausada, las frases del gran hombre se encadenan y reviven en su boca, “Esta noche, un minuto después de las doce, nacerá una nueva nación. El demonio de la bebida hace testamento, se inicia una era de ideas claras y limpios modales. Los barrios bajos serán pronto cosa del pasado. Las cárceles y correccionales quedarán vacíos; todos los hombres volverán a caminar erguidos, sonreirán todas las mujeres y reirán todos los niños. Se cerrarán para siempre las puertas del infierno"…Amen, plas, plas, plas, Herbert se despelleja las manos, aúlla y al hacerlo, la manada le acompaña, ríen y dan gracias al diablo por esta bendita prohibición.
“Recordadme que vote a este tipo”, dice el final mientras dobla el diario y lo lanza al suelo, eleva sus sucio vaso de cristal y brinda por el senador Volstead , un trago largo que araña su garganta como un gato en celo, deglute, arruga el semblante y una vez pasado el licor mira serio a los suyos, acaricia el mango de su revólver  y suelta… “al tajo, nenes, que esto no se destila solo"; después camina entre alambiques, en círculos, satisfecho, orgulloso de su trabajo, ilusionado y pensativo ante las posibilidades que se abren en abanico delante de sus narices; Herb se sienta en su taburete de madera sólo por una fracción de segundo para levantarse de un respingo, algo llama su atención, se acerca a uno de los grandes barreños de fermentación y lo mira detenidamente, sus ojos continúan por la columna de destilación, hasta el matraz de recogida, donde el líquido elemento mana con un color parduzco, repleto de impurezas.
“Mierda” musita entre dientes, mientras extrae una pequeña alícuota con una cuchara y la quema; el licor combustiona con una bella llama azul y roja, “mierda”, repite, antes de que sienta la adrenalina bullendo en sus entrañas, antes de emitir una simple y oscura pregunta que se clava en los tímpanos de sus subordinados, “¿Quien trajo esta columna de destilación?”… un pobre diablo levanta la mano tembloroso, recibe al hacerlo un hostión en los dientes, besa el suelo con su boca ensangrentada, Herbert no es un tipo paciente, no es un tipo piadoso, no es un tipo decente; deja de patear a su empleado cuando este deja de retorcerse, chicos malos, dos cosas debéis aprender, la primera es quien manda, la segunda es que las columnas de destilación con plomo matan, producen veneno, rebajan la calidad del producto y por tanto el beneficio.
Herbert odia sudar, tanta actividad física ha arrancado unas gotitas pequeñas en su frente, escupe, maldice y se coloca de nuevo la camisa, hay puntitas rojas en sus puños, una ruina, tirar el producto significa perder dinero, reducir la población de presidentes en su bolsillo, jugársela por nada, Herbert no está dispuesto, “coged esta partida, rebajadla y mezcladla con otras, y que dios ayude al diablo que lo beba”.
Diez minutos después, el mundo sigue girando, Herbert se sienta en su taburete, y escucha el jaleo en la calle, grupos de trabajadores se tambalean, ríen y caminan por la calle cantando:
Four and twenty Yankees, feeling very dry,
Went across the border to get a drink of rye.
When the rye was opened, the Yanks began to sing,
"God bless America, but God save the King!"

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