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El material más escaso del mundo



Sentado sobre las ruinas de su mundo, el músico vestido de negro parece haberse quedado sin lágrimas, inmóvil, petrificado como una estatua de sal en mitad de la lluvia, siente cómo su cuerpo se disuelve poco a poco, se deshace en fragmentos pequeños que son arrastrados por el suelo hasta la alcantarilla, pedacitos de alma que se mezclan con pedacitos de seres humanos, con sangre seca, con polvo y olvido; restos de personas que ya no son personas, sólo fragmentos de maniquíes, sólo autómatas inertes; como él mismo perdieron la condición humana hace algún tiempo, cuando la locura germinó en las entrañas de su gente, cuando entre silbidos de disimulo del mundo civilizado, los hombres decidieron creer de nuevo en el miedo, en el terror como estúpido mecanismo para construir algo; el músico vestido de negro respira, aire extraño, viciado, oxígeno inútil incapaz de acabar con su sensación de ahogo, movimiento reflejo adquirido en otra vida, en la que inspirar aún servía de algo, no sólo para diferenciarle de los muertos, no sólo para mantenerle atado al planeta tierra, no sólo para dejar pasar las horas, las mañanas y las noches, esperando sin esperanza, limpiando las cenizas depositadas sobre su violonchelo.
El hombre de negro sabe que el tiempo es una magnitud plástica, cuando por fin se mueve, por un segundo cree sentir la piel resquebrajándose bajo su ropa, como si los mil años que pasaron desde su último aliento hubiesen dejado una costra invisible sobre su cuerpo, mecánicamente levanta su mano hasta la cara y mesa su señorial bigote ahora descuidado, siente sobre la punta de sus dedos como éste comienza a fundirse sobre una barba de varios días, desdibujado, pintado de blanco con polvo, canas y cal, es un adorno de otra época bajo dos ojos cansados que recorren la calle del desastre en la ciudad sitiada, detienen su mirada sobre el rojo coagulado, casi negro, sobre los adoquines mellados por la metralla en los que parece como si hubiera tropezado un gigante; revisan los rostros de sus congéneres, muertos en vida que hoy abandonan los sótanos y miran hacia el cielo buscando una respuesta distinta a la habitual, distinta a la de ayer, que no venga en forma de mortero, de artefacto de ciento veinte milímetros de diámetro y espoleta de proximidad, muerte enlatada, patentada bajo un diseño perfecto, infalible, obús maldito que a tres metros sobre el suelo explota, siembra la carne de metal y la ciudad de lágrimas, de angustia, convierte la cola del pan en un matadero.
Maldita sea su estampa, cuando el hombre de negro junta suficientes fuerzas, sus manos abandonan el tacto de su barba y acarician el mástil del violonchelo que se apoya contra su esternón, siente la cabeza del mismo tras la suya propia e instintivamente deja que sus dedos corran por las cuatro cuerdas, hasta el puente, acariciando a su viejo compañero de fatigas como a una amante perdida, pensativo, preguntándose si merece la pena seguir preguntándose, recordando los tiempos en los que se blandieron otras banderas, se prendieron otros fuegos, se vertieron otras lágrimas, parece otra vida, parece como si sus recuerdos ya no fuesen suyos, como si los custodiase otra persona de otro tiempo, como si la rutina convertida en supervivencia hubiese durado eternamente, como si el extraño que vivió antes de la guerra no fuese más que un fantasma ladrón que se aleja rápidamente, llevándose consigo sus pedazos de memoria.
Dicen que el violonchelo es el instrumento cuyo sonido más se parece a la voz humana; cuando el hombre de negro blande el arco, muchos en la calle lo miran alucinados, cuando coloca las cerdas de crin de caballo sobre las cuerdas, algunos detienen su rápido caminar, cuando su brazo derecho se cierra con un movimiento preciso y el sonido surge de repente, resulta que el asqueroso mundo cruel de detiene, se parte en dos, las cuerdas frotadas vibran, transmiten el movimiento hasta la caja de resonancia y obran el milagro, un sonido grave, intenso y libre se desplaza por la calle maldita, ondas que se cuelan en el interior de los hombres y mujeres prisioneros, en los que la música busca y rellena huecos vacíos sobre las tripas, bajo los corazones, seres que se detienen acariciados por las notas, personas que han aprendido a no malgastar sus suspiros, pero que llegado el momento, por un segundo permiten que el compás de la música les arranque un par, les insufle un jodido y minúsculo átomo del material más escaso del mundo, eso que llaman esperanza.
El violonchelista de las calles de Sarajevo dispara con notas, con los ojos cerrados, indiscriminadamente, se expone a las miradas de los francotiradores con un escudo de aire, invisible y frágil, permite que en un mundo sin palabras, afónico por tanto gritar, sean el ritmo, la cadencia y el compás los que llenen el vacío, interpreta el Adagio de Albinoni perfectamente serio, profesional y concentrado, se deja caer en la ilusión de sus recuerdos, declara a los cuatro vientos que sigue siendo un hombre, que ama la música y que el mundo, con sus políticos, sus generales, sus inútiles organismos internacionales, sus psiquiatras reconvertidos a genocidas y sus portadas de periódicos, puede irse al carajo.
Cuando termina las últimas notas remata con un suspiro, traga saliva y mira a su alrededor, a los ojos grises que observan y aplauden, que se despellejan las manos con rabia, nota como de repente, algo se ha colado hasta el interior de la ciudad sitiada, un elemento nuevo capaz de violar cualquier embargo, cualquier cerco, capaz de reponer el aire viciado con aire limpio, bálsamo invisible para heridas que no sangran ni cicatrizan, sensación de libertad perecedera, que dura una bendita fracción de segundo, no mucho más que el lapso de tiempo entre el relámpago y el trueno, pero que deja un buen sabor de boca; por fin, el músico vestido de negro respira, se siente un poco menos ahogado, hace un gesto de agradecimiento con su cabeza y guarda con mimo su instrumento, se levanta, golpea las mangas negras de su traje para conciertos, se sacude el polvo, las telarañas, su publico se disuelve y él camina, busca su sitio en una realidad un poco menos grisácea, mira de reojo al cielo y observa como un rayo de sol se cuela entre las nubes blancas en suspensión, es como un arco iris monocromático al que le han robado los colores, sonríe, la primera sonrisa en mucho tiempo, vuelve a casa, quizás mañana, quizás pasado, o la semana que viene, quizás un buen día despierte, maldiga su mal sueño y recupere su vida sobre el planeta tierra.


PD: Este relato forma parte de un grupo de escritos que por su extensión no son totalmente adecuados para la publicación en un blog, demasiado largos quizás, aun así, al igual que he hecho con éste, si me animo los iré publicando (intentaré no dar demasiado el coñazo), un  saludo y espero que os haya gustado.



Comentarios

Markos ha dicho que…
Me ha encantado. La extensión es algo más larga de la que nos tienes acostumbrados, pero el texto te engancha, te pone en situación, casi se escucha el violonchelo.
¿Has visto la película Toutes Les Matins Du Monde? Al menos la banda sonora te gustará, por el violonchelo.
Salu2
Juan Kmilo Zea ha dicho que…
No me jodas uno busca una cosa y aparece esto