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Entradas

Mostrando entradas de octubre, 2010

De autopsias, dictadores y testículos.

Al entrar en la morgue, el Doctor Faust Shkaravaski cruza su mirada con la de media docena de tipos de mirada glauca y barba irregular, que embutidos en sus sucios uniformes de la Smersh le observan en un perfecto silencio, frío y aterrador, sólo roto por el sonido de sus propios pasos y el lejano tableteo de ametralladoras; aún pelean, piensa el cirujano antes de cuadrarse, algunos diablos aún pelean, como si pudieran defender algo más que un puñado de cenizas; el grupo le devuelve el saludo, se abre en abanico y bajo la titilante luz de dos focos de campaña dejan a la vista dos cuerpos calcinados colocados en paralelo, sobre sendas mesas metálicas, y un equipo completo de cirugía en el centro, ennegrecidos, abrasados, los cadáveres adoptan una postura grotesca, en tensión, fruto del rigor mortis y la propia combustión. -¿Son ellos?. -Eso debe decirlo usted. Mal hecho, piensa Faust, a los chicos de la Smersh no les gusta la conversación, las preguntas estúpidas, prefieren respuestas, le…

Monsieur Porrón.

Es inútil, masculla Monsieur Porrón mientras camina borracho y apesadumbrado por la calle alfileritos, afligido ante la cruda realidad, en éste mundo está todo inventado, piensa, ya no hay sitio en el planeta tierra para un esforzado inventor como yo, ahora que todas las grandes ideas han sido paridas, desarrolladas y patentadas, no queda el menor resquicio para la creatividad, no queda otra que resignarse ante la evidencia del olvido, susurra con pena, contando sus cuitas al vidrio verde de la botella, aferrándolo y levantándolo cual Hamlet a su calavera. Es lo que hay, es lo que toca, se dice frente a la tapia de convento antes de detenerse, al sentir su vejiga repleta, al buscar en la oscuridad su entrepierna; así, saca su miembro afligido y comienza a hacer aguas menores contra el muro, con la botella en una mano y el pene en la otra, Monsieur Porrón observa el conjunto y escucha el sonido del chorro contra la piedra, sin parar de orinar, hasta que de repente exclama, maldita sea…

El material más escaso del mundo

Sentado sobre las ruinas de su mundo, el músico vestido de negro parece haberse quedado sin lágrimas, inmóvil, petrificado como una estatua de sal en mitad de la lluvia, siente cómo su cuerpo se disuelve poco a poco, se deshace en fragmentos pequeños que son arrastrados por el suelo hasta la alcantarilla, pedacitos de alma que se mezclan con pedacitos de seres humanos, con sangre seca, con polvo y olvido; restos de personas que ya no son personas, sólo fragmentos de maniquíes, sólo autómatas inertes; como él mismo perdieron la condición humana hace algún tiempo, cuando la locura germinó en las entrañas de su gente, cuando entre silbidos de disimulo del mundo civilizado, los hombres decidieron creer de nuevo en el miedo, en el terror como estúpido mecanismo para construir algo; el músico vestido de negro respira, aire extraño, viciado, oxígeno inútil incapaz de acabar con su sensación de ahogo, movimiento reflejo adquirido en otra vida, en la que inspirar aún servía de algo, no sólo pa…

Prohibición.

Aplausos, más aplausos, cuando Herbert lee el periódico en voz alta, hay fragmentos del discurso que casi hacen saltar las lágrimas a sus compañeros de faena, con una media sonrisa en la boca y una dicción pausada, las frases del gran hombre se encadenan y reviven en su boca, “Esta noche, un minuto después de las doce, nacerá una nueva nación. El demonio de la bebida hace testamento, se inicia una era de ideas claras y limpios modales. Los barrios bajos serán pronto cosa del pasado. Las cárceles y correccionales quedarán vacíos; todos los hombres volverán a caminar erguidos, sonreirán todas las mujeres y reirán todos los niños. Se cerrarán para siempre las puertas del infierno"…Amen, plas, plas, plas, Herbert se despelleja las manos, aúlla y al hacerlo, la manada le acompaña, ríen y dan gracias al diablo por esta bendita prohibición. “Recordadme que vote a este tipo”, dice el final mientras dobla el diario y lo lanza al suelo, eleva sus sucio vaso de cristal y brinda por el senado…

Revoluciones y chistes fáciles.

En marzo de 1913 en la avenida Lexington, entre las calles 25 y 26 de Nueva York, un tipo moreno, serio y de rostro curtido observa las repercusiones de su pequeña revolución, en el pabellón I de la gran exposición del Armory Show, cuelga un cuadro de ciento cuarenta y siete centímetros de alto por unos noventa de ancho que se titula “Nude descending a staircase, nº2” (desnudo descendiendo escalera), un óleo que a nadie deja indiferente.

Lentamente, los hombres y mujeres que han hecho cola a las puertas de la sala, desfilan frente la obra, despacito, deseosos de saciar su curiosidad, no tardan en conseguirlo, al ver el asunto algunos ríen disimuladamente, otros se dan codazos y resoplan indignados o incluso se echan las manos a la cabeza, dejando patente su desagrado; la mayoría sin embargo sigue su camino en silencio, con cara de póquer, intentando buscar la manera de entender tanta modernidad.

Frente a ellos, sobre fondo oscuro hay una figura que decididamente no es humana, líneas r…

El último aliento de Edison.

El dieciocho de octubre de mil novecientos treinta y uno, Thomas Alva Edison afronta sus últimos minutos sobre el planeta tierra, maltratado por la diabetes y la vejez, respira cada vez más dificultosamente en su lecho de muerte; es lo que hay, es condición humana, llegado a este punto, sólo queda morir; recostado, aletargado, acompañado en este último trance por su médico Hubert y su propio hijo Charles, el gran hombre lentamente se apaga entre recuerdos, ideas, inventos y cachivaches, entre miradas de respeto de aquellos que le despiden, de aquellos que deja atrás, en un mundo gracias a él, un poco menos oscuro.
Así, el hombre de las mil patentes, muere de madrugada, cinco minutos antes de las tres y media exhala su último aliento y cuando esto sucede, su hijo Charles, tras constatar el final, antes de comunicar al mundo la mala noticia se acerca a una de las mesas del dormitorio de su padre y observa entre las cosas del finado una colección de tubos de ensayo vacíos, recuerdo de los…