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Tres fantasmas con chapela



Llegado el momento, el tipo de gafas rojas mira atontado su juguete, al acercar el terrón de azúcar a la superficie de su café solo, este impregna la base blanca inmaculada del cubito, y asciende como por arte de magia por las paredes granulosas hasta debilitar y deshacer la dulce estructura, que se desmorona sobre la negra superficie y es disuelta con ayuda de una minúscula cucharilla, como de liliputiense; diversión en estado puro, a según que horas no se puede pedir más, después surge un bostezo y de seguido un marlborito aterriza sobre la comisura de sus labios y es incinerado, prende, el olor de tabaco se mezcla con el de el café; mientras la nicotina y la cafeína se confabulan para sacar su cerebro del aletargamiento cotidiano, el mundo que lo rodea muestra su rutina de colores, de sabores, de luces de tragaperras, olor a after shave del carrefour y densas nubes de faria atravesadas solo de refilón por la luz de la mañana; alguien lleva el gordo para hoy, la camarera se acerca a la cafetera y al accionar una ruletita parece que esta arranca y quiere echarse a andar por las vías del tren, no lo consigue pero a cambio calienta la leche que es servida a un paisano que se quema los morros mientras abstraído lee el Marca nuestro de todos los días; resopla durante un rato y maldice, no se sabe si por la lesión de Cristiano o por sus labios torrefactados, de refilón le miran dos abuelos, al oír el juramento, pierden dos segundos de su vida antes de volver a centrarse en sus pensamientos, uno tose y mira el reloj, tiene pinte de tener hora para el médico, el otro bebe lentamente y sólo Dios sabe lo que se le puede estar pasando por la cabeza.
De fondo la tele, la caja tonta en su lucha diaria por hacernos a todos un poco más listos, una guapa señorita habla, pía por su boca de piñón sin que nadie la escuche, después se corta la imagen y aparecen, sobre fondo azul y secundados por varias banderas, tres fantasmas con chapela, con tono oficial y portavoz femenina, hablando, dirigiéndose al populacho, en una imagen de locos, trágica y a la vez surrealista, los abuelos dejan su mundo olvidado, vuelven a la cruda realidad y atienden serios y circunspectos el asunto, que parece importante, al rato el de la izquierda, después de varios intentos fallidos se rinde ante la evidencia de su sordera le pega un codazo a su compi y comenta a voz en grito.
-¡Que dicen esos cabrones!
El otro levanta la mano pidiendo un segundo para terminar de escuchar la noticia, después con sorna contesta.
-Dicen que nos perdonan a todos la vida.
Con cara de sorpresa el anciano levanta las cejas, que dejan entrever dos ojos de color azul intenso, no tardan en volver al sitio a la vez que su rostro arrugado se arruga un poco más, se le queda un cara seria, repleta de desprecio, medita, sale un chasquido de entre sus labios y media carcajada, niega con la cabeza, al rato suelta por lo bajini una frase que es casi un murmullo, el tipo de las gafas rojas afina el oído, al final escucha.
-Hay que joderse… hay que joderse… hay que joderse.
Calla, vuelve a sus pensamientos, bebe café, solo Dios sabe lo que después se le pasa por la cabeza.

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