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Las Harleys son para el verano.



Desde la acera, a las puertas del estanco en el que consigue su veneno de todos los días, el turista despistado observa la pequeña rotonda por la que, misterios de la naturaleza, parecen haber decidido circular todos los coches de la provincia de Cádiz a la vez; ansioso, como si el humo de los tubos de escape no fuese suficiente, el tipo de las chanclas prende un cigarrito y observa el percal, la hilera de vehículos bajo la solana; elige lentamente el lugar más apropiado para cruzar la calle entre el atasco, por aquí, piensa, camina y al hacerlo, se topa con un tipo con cara de dentista que en mitad del fregao sonríe a lomos de una Harley plateada.
¡Brum, brum, bruuuuum! el hombre está exultante, como un niño con zapatitos nuevos, acciona el acelerador con la moto parada y con cada embite, el motor ruge y los cristales de los comercios cercanos vibran, su ego aumenta, sin duda se cree más joven, más guapo y con el pene más grande; su puta madre, piensa el tipo de las chanclas y la camiseta a rayas, también la multitud que en las terrazas cercanas desayunan e intentan pecar un bocado a su donut sin que les revienten los tímpanos, ¡brum, brum, brummmmm! el malestar general comienza a convertirse en odio, y el odio en la fría planificación de un asesinato colectivo, la gente mira, resopla mientras el capullo sigue a lo suyo, dándole a la palanquita, disfrutando de su juguete.
En fin, cosas que pasan, en ésas estamos cuando por la puerta de una de las cafeterías aparece un personaje curioso, renegrío, con camiseta de tirantes y tatuajes talegueros, con pinta de conocer los bajos del helicóptero de la guardia civil y el estrecho como nadie, de memoria, sale al sol como un torero, se rasca su cabeza rapada y mira al de la Harley con ojos de pícaro, se acerca a palomo, se planta frente a la moto y con mucha guasa suelta.
-¡Pisha, zi ez que los moteros zois tooos unos macarras!
El dentista devuelve la sonrisa como puede, sólo que con el ojete del culo un poco más estrecho, se le muda la color y maldice la crisis de los cincuenta, las motos plateadas y su puta estampa, sin duda añora la cómoda seguridad de su BMW y acelera pero más suavemente, buscando la manera de esquivar a su nuevo amigo; el personal ríe, el barbateño se crece y al cabo suelta.
-Pisha, ¿y que paza si le doy a este botonzito?
Alarga su dedo tostado y encurtido, conteniendo la risa hace “clic” sobre el botón de encendido de la burra, la gasolina deja de alimentar el motor, brummmm, prop, prop..., el silencio reina de nuevo, el dentista calla, busca saliva en su boca pero no la encuentra, como pidiendo permiso arranca de nuevo y despacito, muy despacito, culebrea hasta la salida, el tío de las chanclas y la multitud descansan, contienen una ovación, a punto están de sacar los pañuelos blancos, de buscar la puerta grande para el barbateño, de pedir en coro y al unísono las dos orejas y por supuesto el rabo.

Comentarios

Markos ha dicho que…
La estética de las Harley tiene mucho tirón. El problema es que cada vez que el vecino del bloque de enfrente saca la suya, no se puede escuchar la televisión ni viviendo dentro de ella.

La situación estupenda y todavía mejor contada.

Salu2
Javier Font ha dicho que…
Son cosas que pasan sólo en Cádiz, supongo, un saludo Markos y gracias por tus comentarios.