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Cartas desde Okinawa.



Llegada la noche, bajo un bello cielo estrellado Masanobu Kuno reflexiona durante sus últimas horas en este planeta, a lo lejos, tras la línea del horizonte, truenos y relámpagos repican en una noche sin tormenta, sonidos del infierno que llegan apagados, continuos, imperturbables, incansables, un mundo estremecido y oscuro, cosido por estallidos que se cuelan en sus tímpanos y golpean su pecho, como queriendo seguir el compás de sus últimos latidos, perturbando la paz de sus últimos recuerdos; el joven capitán respira, dibuja una mueca en su rostro y reprime el nudo formado en su estómago; escucha en silencio, cada explosión es un paso más, el gigante que se acerca, cada reflejo dorado en la lejanía supone un trecho ganado por el enemigo en su camino hasta su hogar, un cascote que cae en un castillo que se derrumba, Masanobu es voluntario, para él no hay salida, no hay futuro, sus días acaban donde empieza la cubierta del un buque americano.
Así pues sólo queda despedirse, sólo queda dejar un grupo de palabras impresas, un último consejo ante unos hijos que ya son huérfanos, piensa en Masanori, piensa en Kiyoko y se sienta frente al papel en blanco, duele; suspira y lentamente escoge sus palabras y las ordena en un mensaje, el epitafio del hombre muerto, el epitafio del kamikaze.
Escribe.
“Queridos Masanori y Kiyoko.
Aunque no me veáis, yo siempre os esteré observando. Cuando crezcáis convertiros en un buen hombre y una buena mujer, en buenos japoneses. No envidiéis a los padres de otros. Vuestro padre se convertirá en un Dios que os observará de cerca. Ambos dos, estudiad duro y ayudad a vuestra madre en el trabajo. No podré ser el caballo que montéis jugando, sed buenos amigos. Recordadme como una persona alegre que voló en un gran bombardero y remató a los enemigos. Por favor, sed personas invencibles como vuestro padre y vengad mi muerte.”
Termina. Firma la carta y duerme, al día siguiente, pocos meses antes del final de la guerra, durante la batalla de Okinawa, lanza su aeroplano cargado de explosivos contra un destructor aliado, la explosión en la que se volatiliza ilumina el cielo durante una fracción de segundo, después deja un fino rastro de humo apenas imperceptible en el fragor de la batalla.

Comentarios

Markos ha dicho que…
Con relatos tan buenos...como no voy a recomendarte en el Blog Day 2010. Si es que da gusto leerte!
Salu2
Javier Font ha dicho que…
Lo he dicho en tu blog y lo repito aqui, esa recomendación es para mi todo un honor, muchas gracias y un saludo.