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La luz de las pequeñas cosas



Hay un hombre que plasma el tiempo, que consigue transmutar las horas, los días y los años en pequeños fragmentos de realidad impresa, hay un hombre que hace magia, que elige pequeñas porciones de nuestro mundo tan cruel y tan humano, y las encierra entre una mezcla de pigmentos, entre óleo, trementina, bastidores y lienzo, como una placa fotográfica lenta, vieja y perseverante, incapaz de velarse del todo aunque pasen más de mil años, pero recogiendo a cada instante, a cada momento pedazos de luz, mimándolos, cuidándolos y depositándolos en su seno, en un lugar eterno, ajeno a la tiranía del tiempo perdido; hay un hombre que en un mundo asediado por la inmediatez del ahora, tarda un lustro en pintar un cuadro, que en una disciplina trillada, manoseada y pisoteada, donde sólo aquellos que rompen, escandalizan o sorprenden parecen tener cabida, encuentra un lugar común inexplorado, oculto aunque esté a la vista de todos, virgen y estremecedoramente bello, la belleza de las pequeñas cosas, la belleza de lo evidente, de lo viejo, de lo ajado o abandonado, escondida en una nevera oxidada, en el sol sobre un membrillo o en un paisaje urbano mil veces caminado, la belleza inherente al objeto, intrínsecamente asociada a su esencia, a su auténtico ser, hay un hombre que hace amar la pintura, las artes plásticas, hay un hombre cuya obra dibuja una sonrisa en el que esto escribe, se llama Antonio López.