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El infierno es de color blanco (I)



Al respirar la mezcla de vapores, Manuel aprende que, misterios de la ciencia, hay líquidos prenden fuego al aire, gases que se meten bien dentro de los pulmones para robar el equilibrio, que voltean las cabezas, enredan las piernas y hacen que uno de con sus huesos en el suelo; ahora, de rodillas, gatea, huye y busca una pizca de oxígeno juguetón entre los árboles, siente la náusea, escucha sus propias arcadas y al final vomita, su bilis se confunde con la tierra húmeda y oscura, regada con keroseno y amoniaco, mientras, los más viejos pasan de la risita a la carcajada, se dan de codazos entre bidones azules y señalan al novato.
Manuel maldice, al intentar limpiarse la boca se mancha los labios con tierra negra, escupe, respira y recompone su dignidad perdida, cierra los ojos, estos escuecen, pican como el demonio, cuando la tierra deja de moverse mira el escaso trozo de cielo azul entre las copas de los árboles, piensa en su mundo verde y blanco, muy blanco, la tierra desquiciada donde nació, lugar maldito donde crece la felicidad sintética, es lo que hay, piensa antes de buscar en su memoria el momento exacto en el que sus sueños se fueron al carajo, tose, siempre pensaste que esquivarías esta vida, siempre pensaste que serías más listo que el resto, que te las arreglarías, no es así, ahora comes mierda, te arrepientes, no queda otra.
-Ven acá Manuelito.
No es cuestión de caer, es cuestión de saber levantarse, pálido, como si un espíritu del bosque hubiese robado el color de su piel, se yergue de nuevo, camina hasta el laboratorio improvisado y armándose de valor vuelve a meter las narices donde no debe, atento, escuchando cada palabra, anotando en su cerebro cada paso.
-Vas a ver magia muchacho.
El amoniaco fluye, se mezcla con la parte del keroseno que disuelve su sustento, al caer se obra el milagro, el líquido amarillento se transmuta; si en el cielo se transforma el agua en vino, en el infierno, el diesel se vuelve coca, lentamente cristaliza, da a la mezcla el color de la leche con moléculas agrupándose, espesando el conjunto, Manuel no puede evitar hacer una o perfecta con sus labios.
-Ahora lo filtramos.
Cuestión delicada, hay que tener tiento, líquido se vierte sobre una tela que acoge en su seno el conjunto, la pasta que lentamente se va acumulando, que aún contiene impurezas, después, el maestro lo recoge con cuidado, con una paleta aprovecha cada gramo, lo traslada a un bote, una masa húmeda que todo el mundo mira atento; hay lugares donde el oro brilla, en otros es negro, aquí, resulta que es blanco.
El hombre viejo está satisfecho, da una palmada en la espalda a su nuevo alumno, le sonríe y al hacerlo enseña una ristra de dientes dorados, de tiburón, después habla.
-¿Te has quedado con todo?
-Si, señor.
-Perfecto, chico listo, ponte con ello y se cuidadoso, no hace falta que te diga que del producto… respondes con tu vida.
Manuel sonríe, traga saliva en su boca seca, se rasca la cabeza y observa al viejo cabrón darse media vuelta, suspira, el calor le ahoga, los mosquitos zumban en sus oídos, justo el lugar donde alguien se acerca por detrás y susurra.
-Bienvenido al infierno, muchacho.

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