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Asquerosamente ricos




Varado en el filo del fin del mundo, abrasado por un sol inmisericorde, Eqbal busca en el borde del camino una sombra bajo la que guarecerse, sediento, hambriento, siente una gota de sudor abriéndose paso a través del polvo de su cara, resopla primero, suspira después y bebe un bendito trago de agua, come pan ácimo y contempla el valle que se extiende a sus pies, horadado por las lluvias recientes, cubierto por una vegetación efímera que a estas alturas del año ya comienza a puntearse de flores blancas y rojizas, ordenadas y alineadas, danzando al arrullo del viento, altas y bellas, presagio de una buena cosecha, una de las mejores, si el tiempo no se estropea, si con la ayuda de Dios la plaga no llega y los extranjeros no lanzan su veneno, el trabajo hecho hasta ahora será recompensado, Eqbal reza, ruega al cielo que así sea y mientras lo hace escucha el rugido de unos motores; llegado este momento el hombre se levanta, se aleja del lateral del camino lo suficiente, siguiendo los pasos de una rutina ganada a pulso, precaución necesaria y en ocasiones insuficiente, es lo que hay, es lo que toca, se adentra en el campo y se queda de pie, estático, bien visible, con el brazo en alto, saludando amable al visitante que aparece y desaparece en cuestión de segundos, moviéndose sobre sus grandes blindados de ruedas altas y techos abiertos, pasan a su lado, varias mirillas apuntan en su dirección, hombres del otro lado del planeta acarician el gatillo esperando un movimiento en falso, una amenaza, Eqbal sabe que debe estar tranquilo, pasarán como un rayo y pronto observará la trasera de los vehículos con sus grandes carteles naranjas pintados con letras que no entiende porque es analfabeto, porque no ha hecho otra cosa en su vida que cuidar las flores del campo, traga saliva, ve alejarse la comitiva y vuelve sobre sus pasos, envuelto en una tormenta de polvo levantado por los monstruos de metal, tapa su cara, respira a través de la tela de su pañuelo y cierra los ojos, espera a que la gravedad actúe, a que la tierra vuelva a la tierra, y el aire al aire, ve el sol atravesar la nube de polvo, ve el brillo del desierto más allá de las montañas, siente las pequeñas motas de arena entre sus dientes, en sus lacrimales, ante sus ojos se despliega de nuevo la cruda realidad, su hogar de extremos, árido, vacío, ahora dicen que esa tierra está repleta de riquezas, de tesoros, ahora dicen que somos un pueblo rico, piensa Eqbal, después sonríe, tose y escupe un salivazo que choca contra la piedra, vuelve a sonreír, echa un ojo a sus adormideras, si, ricos, terriblemente ricos, asquerosamente ricos.

Comentarios

Hispa ha dicho que…
De vez en cuando hay que pasarse por aquí para repetir: "¡Coño, que buen relato!"

Lo pienso mucho, casi siempre, aunque a veces no lo diga. Sigue por ahí, que vas bien.