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Sobre balleneros, cachalotes y digestiones pesadas.



Se llamaba James Bartley, era timonel, cuentan que cuando el bote se acercó a la bestia, el cachalote, ante la inevitable certeza de la muerte, emergió de repente y embistió el casco de la embarcación, levantándolo un par de metros sobre el agua, haciendo saltar por los aires aparejos, arpones, remos y tripulantes, afirman que abrió las fauces y bramó, que el sonido pudo oírse a kilómetros de distancia, que mantuvo la boca abierta hasta que sintió al pobre diablo caer de cabeza en su interior y que lo engulló sin más, arrastrándolo hasta el fondo del abismo dentro de sus tripas, rompiendo después la línea, ya libre pero herido de muerte, huyendo durante varias horas dejando una estela de sangre tras de si.

Cuando la ballena por fin dio su último suspiro, emergió, y sobre la mar en calma encontraron su inmenso cuerpo flotando, pintando de rojo las aguas, lo trocearon, lo despiezaron y cuando llegaron a las tripas, alguien divisó una figura humana, ensangrentada y violácea, con el rostro desencajado, los marinos reconocieron a su compañero y lo limpiaron, pasaron cinco horas intentando reanimarlo; cuentan que lo consiguieron, que el hombre abrió los ojos de repente y comenzó a aullar como un poseído, agitándose, sollozando y desquiciado hasta tal punto que tuvo que ser atado a su catre, gritaba con la razón perdida hablando del fuego que lentamente le había cocido en vida, abrasándole poco a poco, afirman que nunca pudo volver a ser ballenero, que nunca más pudo estar solo y que ni siquiera se atrevió a mirar de nuevo a la mar.

Historia encontrada en “Mitos y leyendas del mar”, autor: Peter D. Jeans

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