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El día que Hollywood cogió su fusil




John mira al cielo, intenta contar lo más rápido que puede, se deja los ojos estudiando los puntos negros clavados en el horizonte y advierte que poco a poco, a medida que se acercan, estos se desdoblan, se fragmentan en otros más pequeños, uno, dos, tres, cuatro... así hasta treinta, o cuarenta chicos malos en formación, zeros, bombarderos ligeros, quien sabe, lo único que está claro es que no vienen a tirar flores; John traga saliva, mira a su alrededor, respira un aire denso, espeso y pegajoso, se siente empapado de adrenalina, capaz de oír el pedo de un mosquito a un kilómetro, espera, se aferra a su cámara y piensa, quizás estas viejo para estos trotes.


Sabían que venían, del minúsculo aeródromo del atolón de Midway los aviones yankis hace rato que han emigrado, conscientes de que en tierra no son otra cosa en patos de feria, sólo han dejado atrás un par de ellos, obsoletos y oxidados, bien a la vista para que se conviertan en cebos, para que se lleven las hostias, cubiertos por muchachos que desde sus agujeros abiertos en la tierra, sacan las puntas de sus ametralladoras esperando la orden de abrir fuego; suenan los motores, aquí llegan los pájaros de mal agüero, que Dios reparta suerte, atento, John observa al jefe de escuadrón de caza japonés que se separa del grupo y hace un picado, cae desde diez mil pies de altura y antes de estrellarse levanta el aparato haciendo una bonita pirueta, enfila la pista volando a tiro de escupitajo, se luce, casi parece que vaya a aterrizar pero no, cuando nadie lo espera, gira sobre si mismo y vuela rasante boca abajo, vacilando al personal, con la cabina mirando el suelo y las ruedas el cielo, está loco, piensa John mientras mira a sus compañeros aferrados a las ametralladoras, tan sorprendidos que nadie le dispara, el zero les deja atónitos, pasa de largo, buenos días tío Sam, venimos a hacerle una visita.

Al infierno, el muchacho de la ametralladora se caga en la madre del japo y aprieta el gatillo, escupe una lengua trazadora y falla, entonces es el infierno lo que sucede, caen las bombas, estallan, es el primer combate para los marines, el segundo para los zeros, fuegos artificiales hacia el cielo y desde el cielo, John sale de su estado de shock, estás aquí para sacar fotos, levanta la cámara, busca el encuadre y le da al disparador, sus disparos no matan a nadie, pero dan en el blanco, a las bombas de pequeño calibre le siguen otras más grandes que caen desde más alto, doscientas, trescientas, quinientas libras de química exotérmica made in Tokio, tienen mala puntería, caen dispersas y no averían demasiado la pista, los chicos aguantan, de vez en cuando hasta aciertan, hacen que algún que otro zero dibuje en el cielo líneas negras que se curvan hacia el mar; humo, sudor, nervios y llamas invadiéndolo todo, en un momento dado John saca la cabeza de su trinchera y ve a tres aviones enfilar hacia un hangar, es la toma perfecta, enfoca y graba la explosión, siente un puñetazo, demasiado cerca, piensa mientras vuela hacia atrás, mientras se levanta atontado.

John graba su documental, sale vivo de esta, John se apellida Ford y gracias a que ése día los japoneses no apuntaron bien, hoy disfrutamos de películas como Río Grande, El hombre tranquilo o El hombre que mató a Liberty Valance.


PD: El vídeo muestra parte de lo que grabó, aunque es pura propaganda, las anécdotas están sacadas de una entrevista que almacena el Centro de Historia Naval Americano.

Comentarios

Markos ha dicho que…
De las experiencias más atroces salen anécdotas impactantes.
Da gusto como lo cuentas.
Salu2
Javier Font ha dicho que…
Gracias Markos, lo que da gusto es tener lectores como tu, un saludo.

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