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A Dios le deben gustar los cuadros abstractos



En el silencio más absoluto, en mitad de la nada, suena un clic y el hombre se da cuenta de que el universo está lleno de inmensos cuadros abstractos, en marzo de 1979 la Voyager 1 maniobra y se coloca en posición, se acerca a Júpiter y comienza a fotografiar su superficie, a casi trescientos mil kilómetros de altura sobre un cielo violento, terrible y bello; el artefacto viajero retrata una atmósfera brutal, construida con Hidrógeno y Helio, un mundo compuesto de ocres, negros, azules y blancos, pigmentos que no son pigmentos sino tormentas, anticiclones y huracanes, colores mezclados en la paleta de un Dios travieso y caprichoso, el más bello reflejo del gigante fluido.

Después de esta foto y de unas cuantas miles más, el pequeño turista interespacial continúa con su trayecto hacia ninguna parte, mientras, los hombres de ciencia se frotan las manos, se maravillan ante la imagen perfecta de la tormenta perfecta, ante la gran mancha roja, un reloj de viento que cuenta las horas al revés, que se mueve a más de trescientos kilómetros por hora y en el que cabría por duplicado el tamaño de la tierra; es inmenso, es revelador, ayuda sin demasiado esfuerzo a entender la microscópica importancia de ser humano en éste universo que nos rodea.

Comentarios

Josell ha dicho que…
El dios dinero tiene sus templos (bancos), sacerdocio (banqueros y economistas), adoración (lotería, etc.), de hecho no existe (le damos el valor que le queremos dar), lo cual es totalmente irracional. Sin embargo, conozco muchos supuestos ateos que lo adoran (Woody Allen). De nuevo, no hay mucha diferencia entre el dinero y los dioses.
Javier Font ha dicho que…
Supongo que cada cual encuentra su Dios en aquello que da respuesta a su condición humana y caduca, en aquello que da sentido a este sinsentido.

Interesante reflexión, gracias por pasarte por aquí y comentar.

Un saludo Josell

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