Ir al contenido principal

Cambiando balas por aplausos.




Herbert y el teniente Reinhardt ya no recuerdan el momento en el que se convirtieron en hombres topo, en el que cambiaron una existencia normal sobre la faz de la tierra, por otra enterrada, con su nuevo hogar construído en un hoyo, en una fosa interminable; ahora los dos hombres caminan por la trinchera, ahora viven el día a día con la cabeza gacha, con el casco calado y en alerta, pateando ratas, pasando penalidades, esperando el momento en el que alguien saque su boleto en el sorteo, en el que un trozo de metal caliente, la gripe española o el gas mostaza, les facilite una entrevista personal con San Pedro.

Así es la vida, Herbert y el teniente Reinhardt sin embargo hoy se sienten felices, después de todo, porque el verano se ha llevado el agua, el barro y el frío, les ha dado un respiro, les ha regalado un manto estrellado, una noche cálida en la que casi vuelven a sentirse personas; en ésas están cuando de repente un joven soldado, aparece con cara de susto.

Mierda, piensa Reinhardt, mierda, piensa Herbert; se ponen en alerta, se preparan para lo peor, por suerte hoy se equivocan.

-Señor- Dice por fin el muchacho.

-Hay un franchute allá cantando de nuevo, y lo hace maravillosamente.

Caminan, corren como ratones en el laberinto y se acercan a un punto en el que las trincheras francesas y alemanas se acercan peligrosamente, cuando lo hacen encuentran a toda la compañía en silencio y escuchando, como hipnotizados por una voz que surge desde el otro lado, una voz potente, de tenor, que asciende y desciende por el aire envenenado y acaricia los oídos, canta un aria de Rigoletto, consigue que sobre la piel, bajo la porquería y los piojos, los hombres allí presentes sientan un escalofrío, un bendito y maravilloso escalofrío.

El cantante termina, segundos de silencio a un lado y a otro, después los hombres enfrentados aplauden a rabiar, despellejándose las manos, dan vítores, piden otra, está bien aunque sólo sea por un rato, sustituir las balas por aplausos.


Visto en Futility Closet.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sarah "La louchette"

1840, en algún tugurio perdido de la mano de de Dios, Sarah descansa tras un duro día de trabajo, sentada sobre una vieja y desvencijada silla nota como los años y la sífilis comienzan a roer sus entrañas, duele, como una autómata desarrolla un ritual casi sagrado, con el pulso tembloroso vierte agua fría sobre un terrón de azúcar, observa como se deshace lentamente, arrastrándose hasta el fondo del vaso de absenta, el líquido verde se torna lechoso, apetecible, el primer trago la calma, el dolor desaparece por un momento antes de que el segundo lingotazo traiga de nuevo las convulsiones.

Mira a su alrededor, no le gusta lo que ve pero hay que joderse, no queda otra, una vida perra que la ha envilecido, que la ha hecho arrastrar sus sufridos huesos por la mitad de los prostíbulos de Paris, violenta, primaria, desconfiada, sus ojos torcidos reparan en un espejo, su mirada encuentra bajo dos dedos de mugre el reflejo de un despojo, calva, bizca y huesuda su precio en el mercado de la car…

Las cicatrices de Capone

Al es un tipo listo, sólo que a veces piensa con la polla, cuando Frank Gallucio entra por la puerta del Harvard Inn, sus ojos de gorila se detienen en el nuevo cliente apenas un par de segundos, suficiente tiempo como para catalogarlo dentro de la gran familia de los pringados con suerte, después, su mirada continúa sin disimulo su lento caminar hasta el bello trasero de las dos acompañantes de Frank, dos morenas de piernas eternas que responden a los nombres de Lena y María, Al suspira, silva y resopla, se relame, mira a Frank y piensa que el muy capullo es demasiado afortunado, ellas son demasiado para él, una es suficiente, Al no sabe que Lena es la hermana pequeña de Frank, su ojito derecho, podría llegar a sospecharlo de mantener su raciocinio intacto, pero a cada segundo que pasa, su cerebro va perdiendo funciones en favor de su miembro viril que engrosado, ya ha decidido que esta noche no va a dormir solo. Al mira a Lena, y cuanto más la mira, más se sonroja ella, más incómoda…

Picasso, el nazi y el Guernica

Mientras el pintor intenta concentrarse, el hombre de tez blanquecina camina en círculos por el estudio, husmeando, la luz de la mañana parisina se cuela por el ventanal y dibuja sobre el suelo una sombra alargada, delgada, sutil, que hace crujir la tarima al caminar, que da pasos cortitos y no duda en emitir sonidos de aprobación o desagrado ante las obras allí expuestas, ruiditos que se mezclan con las campanas del Sagrado Corazón, que a pesar de todo siguen repicando.

Pablo fuma, mira de reojo a su visita no invitada, no deseada, mantiene el silencio y respira hondo, sin esfuerzo las alarmas de su sexto sentido pitan casi más alto que las de la basílica cercana, el tipo que tiene enfrente lleva unas palabras invisibles tatuadas en su frente, HIJO DE PUTA, dicen, va vestido de civil, pero sus ademanes lo delatan, su compañía también, dos bulldogs de metro ochenta, levitas de cuero negro y miradas oscuras, repletas de desprecio, inertes, con sendos bultos en sus sobaqueras, con sendas…