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Picasso, el nazi y el Guernica




Mientras el pintor intenta concentrarse, el hombre de tez blanquecina camina en círculos por el estudio, husmeando, la luz de la mañana parisina se cuela por el ventanal y dibuja sobre el suelo una sombra alargada, delgada, sutil, que hace crujir la tarima al caminar, que da pasos cortitos y no duda en emitir sonidos de aprobación o desagrado ante las obras allí expuestas, ruiditos que se mezclan con las campanas del Sagrado Corazón, que a pesar de todo siguen repicando.

Pablo fuma, mira de reojo a su visita no invitada, no deseada, mantiene el silencio y respira hondo, sin esfuerzo las alarmas de su sexto sentido pitan casi más alto que las de la basílica cercana, el tipo que tiene enfrente lleva unas palabras invisibles tatuadas en su frente, HIJO DE PUTA, dicen, va vestido de civil, pero sus ademanes lo delatan, su compañía también, dos bulldogs de metro ochenta, levitas de cuero negro y miradas oscuras, repletas de desprecio, inertes, con sendos bultos en sus sobaqueras, con sendas palabras transparentes escritas en sus caretos, en sus nudillos encallecidos de dar hostias, DOLOR, dicen; no fuman, no hablan, no respiran, podrían ser estatuas de no ser por la certeza que transmiten; Pablo sufre un escalofrío que le recorre la espalda, hace lo posible por que no se note, fuma, maldice, sabe que sus papeles están en regla, sabe que a los allí presentes les importa una mierda, espera a que el jerifalte nazi rompa el hielo.

Las campanas descansan, Otto Abetz, embajador del Reich en la Francia ocupada detiene sus ojos en una gran fotografía de un cuadro, uno en blanco y negro, enorme, un mural que decoró el pabellón republicano de la exposición universal de hace unos años, cuando aún quedaban rojos en España, allí están las madres con sus hijos muertos, sus lágrimas, su dolor; allí están los caballos destripados, los edificios destripados, los hombres destripados, Guernica reducida a polvo; arruga el morro, piensa que es una pena que un pintor de tanta calidad pierda el tiempo dibujando panfletos como un niño, el tal Picasso; si no tuviera tanta fama con gusto le haría un hueco en Mauthausen, todo se andará, pero no de momento, no interesa, no al menos mientras el artista esté tranquilito, pinte y no se meta en camisas de once varas, el alemán resopla, por fin rompe el hielo, señala la reproducción y dice:

-¿Es obra suya, monsieur Picasso?

Hay que joderse, el pintor muerde la punta de su lengua pero no sirve de nada, tras unos segundos de deliberado desprecio, por fin el genio habla, contesta.

-No, de hecho, fue obra suya.