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Las ventajas de ser un fantasma.




De pequeño, Hiroo temía a los espíritus, a los seres vengativos que se esconden en el bosque, nunca imaginó que pudiera convertirse en uno de ellos, nunca pensó que pudiera ver las sombras desde el otro lado, vivir en ellas, sufrir la otra perspectiva; ahora que es un fantasma, sabe que si alguna vez tuvo un hogar, queda demasiado lejos, si algún día tuvo una familia, la perdió en el momento en el que el oficial pronunció sus órdenes con tono funesto, no deben rendirse, no deben entregarse, no deben suicidarse, su honor y el de el glorioso ejército imperial del Japón está en juego; mientras piensa por enésima vez en ésas palabras el pequeño hombre llega a la conclusión de que son como un epitafio, como si a pesar de estar vivo, sus superiores ya les considerasen un grupo de cadáveres con aliento, muertos que aún no ha asumido su difícil condición.

Ahora que Hiroo y sus tres hombres están solos, un millón de dudas les asaltan tras cada recodo del camino, en fila india, con la cabeza gacha pululan por el sendero entre los grandes árboles de la selva, con hambre en sus tripas, agarrada a ellas cual gato escaldado, con las botas desgastadas, arrastrando sus viejos fusiles, escuálidos, sedientos, enfermos, hace meses que no saben nada del mundo exterior, desde que el avión del enemigo los bombardeó con aquellas miserables octavillas afirmando que la guerra ha terminado, que su patria se ha rendido; como si eso pudiera ocurrir, como si tan siquiera fuese posible, Hiroo sonríe; si esperan que caigan en éste truco tan sucio es que poco conocen su mentalidad, su determinación; en silencio, antes de llegar a la rivera del riachuelo, el pequeño teniente hace un signo a sus compañeros y se detienen, agachados, manchados de tierra, casi parecen un elemento más de la selva, tan evidente como las grandes raíces, los reptiles o los pájaros de colores, como si siempre hubiesen estado allí, como si sus cuerpos y sus mentes estuviesen eternamente fusionados con su inmensa prisión, el hombre escucha el silencio, sus oídos bien entrenados intuyen un lejano run run que se acerca a ellos, un sonido que en cuestión de segundos se convierte en un trueno, una estampida sobre sus cabezas.

Los hombres pegan sus cuerpos al suelo, aprietan los dientes y esperan el bombardeo, pero nada de eso ocurre, solamente unas octavillas que descienden como mariposas desde el cielo, que se posan con suavidad sobre sus cabezas; están escritas en japonés, firmadas por el general Yamashita, un escueto comunicado que dice que la guerra ha terminado, según sus cálculos hace un año nada menos, y ordena a los combatientes japoneses a deponer las armas, entregarse al enemigo.

Hiroo lee el comunicado, mira a sus hombres, arruga el papel entre sus manos y lo rompe en trocitos pequeños, malditos Yankis, no es honorable intentar engañar así a enemigo, malditos sean; él y sus hombres suspiran, saben de sobra que Japón nunca se rendirá, aunque la guerra dure diez años más, o cincuenta, por lo que a él respecta, hasta que su propio comandante no se lo diga en persona, Hiroo y sus hombres seguirán en guerra, después de todo, el tiempo no importa, ésa es la ventaja de ser un fantasma.

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