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El hundimiento del Olite




El siete de marzo, el día se levanta tranquilo, con la mar en calma y buena temperatura, sólo una puñetera bruma agarrada al puerto de Cartagena que durante buena parte de la mañana tiñe de blanco los ojos de los hombres, como un maldito presagio, como si en el cielo, a los Dioses no les apeteciera ver la escabechina, la sangría sobre el mediterráneo; más abajo, en la ciudad, todo el mundo sabe que a la guerra le quedan cuatro días, que la república está herida de muerte, desangrada, con una pata en la tumba, hasta el más tonto sabe algunos militares en teoría republicanos, en teoría fieles a Madrid, viendo el final cercano, han sentido un nudo apretado en su garganta, se han cambiado de bando, sublevados tardíos, pensando quizás en evitar lo que les viene de la mano de Franco, los paredones, la cárcel o el exilio; sin embargo, lo han hecho antes de tiempo, han calculado mal, se han adelantado como el almendro, porque resulta que lo que queda del ejército rojo aún puede dar cornadas, aún sabe dar cornadas, tras el alzamiento, en un golpe de mano la república mete una brigada en la ciudad, los comunistas de la 206, tipos duros con mucha guerra vivida que en un suspiro recuperan el puerto y algunas baterías de costa, hombres decididos a luchar hasta el final, a plantar cara en la derrota, abortan el plan de los nacionales de desembarcar a miles de soldados en Cartagena, de llegar a Madrid desde Levante.

Mientras, en la mar, millas adentro, los barcos cargaditos de tropas, reciben por radio la orden de darse media vuelta, stop, aborten, el plan ha fallado, reculen; vuelven a puerto, todos menos uno, todos menos el Castillo de Olite, un mercante capturado a los rusos que en otro tiempo se llamó Postishev y que ahora, con sus cinco bodegas cargadas de soldados y la radio rota, avanza decidido con paso firme hacia el precipicio, dentro, 2112 españolitos navegan confiados, conscientes de que lo peor ha pasado, de que lo que queda es coser y cantar, en un par de meses estarán de nuevo en sus casas, en sus pueblos calcinados, lamiéndose las heridas pero victoriosos; cantan, bailan, beben vino, sonríen, cuando a pocas millas de la isla de carboneras avistan un hidroavión Heinkel 60-3 le saludan a voz en grito y éste les devuelve el saludo, gira en el aire y mueve sus alas, una y otra vez, una y otra vez, es inútil, para desesperación de los pilotos nadie les entiende y el barco sin saberlo se pone a tiro de las baterías de costa.

Como en una tragedia griega, la batería de costa “la parajola” ha sido recuperada dos días antes por la brigada 206, tiempo que ha pasado cañoneándose con sus baterías hermanas, aún en poder de los sublevados, de las cuatro piezas de artillería que guardan la ciudad, sólo le queda operativa una y además con un único obús, a sus mandos el Capitán Martínez Pallarés observa atónito como el Olite, inconsciente, se pone a huevo y sólo en el último momento se da cuenta del suicidio, intenta dar media vuelta, Pallarés sabe que va a ser una masacre, con gusto dejaría pasar al barco, sabe que si ordena abrir fuego, le costará el fusilamiento cuando acabe la guerra, maldice pero no le queda otra, entre otras cosas porque a su lado, el capitán Guirao de la 206 lo tiene claro, le grita, desenfunda su arma y la coloca sobre su sien, dispare usted o le mato, le dice mientras traga saliva; no queda otra, si cumple le matarán unos y si no cumple le matan ahí mismo los otros, mierda de guerra, es lo que hay.

En el Olite, a los oficiales Monasterio y Lazaga piensan que están a punto de terminar la misión encomendada, piensan que les recibirán con los brazos abiertos, se les cambia el color de la cara cuando ven la tricolor en lo alto del puerto, cuando comienzan a silbar las balas sobre sus cabezas y se sienten en la boca del lobo, gritan, ordenan hacer una maniobra evasiva y se santiguan, pero ya es tarde, un segundo antes de saltar por los aires escuchan un zumbido de muerte; algunos se lanzan al mar, otros intentan a puñetazos salir de las bodegas, es imposible, es inútil, el obús hace un impacto directo, a bocajarro, revienta el Olite por dentro, lo convierte en una tumba repleta de metralla, en un trituradora de seres humanos que caen al mar malheridos, el buque se parte en dos con el puente de mando volatilizado, se hunde rápido, en un santiamén, llevándose consigo a 1476 soldados a menos de un mes del fin de la guerra.

Comentarios

Hispa ha dicho que…
Qué mierda de guerra, tío. Y lo peor es que, setenta y un años después, aún no hemos sido capaces de superarlo.
Javier Font ha dicho que…
Y que lo digas... un saludo.
Markos ha dicho que…
Terriblemente estremecedor