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La rata.




El viejo K es una rata y lo sabe, su forma humana no es más que un mero artificio, un engaño visual que le ha permitido crecer y medrar en una sociedad podrida, maloliente, necesitada de roedores que como él son capaces de manejarse bien entre la basura, olisqueando aquí y allá, con las patas bien hundidas en la mierda y con una sonrisa dibujada bajo los pelos del bigote, una rata educada y elegante, feliz por que el mundo se ha convertido en un estercolero.

Como cualquier roedor K siempre ha sabido estar en el momento adecuado en el sitio adecuado, es un artista, un virtuoso de la supervivencia, un especialista en hacer comulgar a otros con las ruedas de su molino, posee un sexto sentido infalible, indetectable, insertado en lo más profundo de sus neuronas, hace tiempo que pita alocadamente, hace tiempo que le indica que es hora de abandonar el barco.

Es el momento, K suspira, camina hacia el exterior de su cloaca y prende un cigarro cien por cien sabor americano, uno de los pocos privilegios que le quedan, inhala el aire viciado y lo exhala haciendo círculos perfectos, extiende las manos y las calienta sobre el viejo bidón de gasolina repleto de maderos que arde en el patio; se mira a si mismo y maldice su vestimenta, la chaqueta de lana y el pantalón de pana repleto de grasa que porta, que disfrazan a la rata de pordiosero, que le camuflan sobre un mundo en descomposición.

K saca del bolsillo una P38, su arma reglamentaria, vacía el cargador, la desmonta y la lanza a las llamas, después abre el paquete que descansa a sus pies y extrae un uniforme oscuro en perfecto estado de revista, lo despliega y lo lanza al fuego también, se consume, llamas y ceniza, ha visto suficiente como para llenar diez vidas; conserva los galones con forma de hoja de roble y la doble s, junto con una cruz metálica que ya no sirve para nada, ya no aterra a nadie, sólo a si mismo; mira su gorra de plato, la calavera con las dos tibias que ahora parece perseguirle hasta en sus sueños, es lógico que se consuman en un crematorio improvisado, es su destino evidente, una forma extraña de justicia poética.

Caen en la hoguera sin hacer ruido, dejando a la rata desnuda, con un vacío extraño en las tripas, el mismo que notó la primera vez que se sintió ungido cual Dios encarnado, jugando con la vida y la muerte en la punta de sus dedos, una sensación que no volverá, una sensación que añorará toda la vida.

Que se le va a hacer, K mira su pasaporte nuevo, su identidad nueva, piensa en la soleada España, en la inmensa Argentina, esconde su rabo alargado y su nariz puntiaguda, despliega sus patitas y corre, desaparece entre las sombras de la calle, el lugar del que nunca debiera haber salido.

Comentarios

Milhaud ha dicho que…
Gran texto.

Eso sí, no he podido evitar acordarme de estos grandes comics --> K Rat
Javier Font ha dicho que…
Gracias por la pista Milhaud, no los conocía pero tienen buena pinta, un saludo.