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Charles y la pequeña roca azul




Desde el exterior de la iglesia parroquial de Down House, la voz del pastor suena frágil y lejana, casi inaudible, como una larga letanía monótona se cuela entre los gruesos muros de piedra y llega moribunda hasta los oídos de Charles, un goteo de palabras, un conjunto de verbos, nombres y pronombres divinos suspendidos en el aire que al final de su camino se encuentran con su alma, se dan de bruces con su razón y sin pretenderlo hacen que al hombre de ciencia se le escape un suspiro.

A las puertas de la casa de Cristo, Charles espera un milagro, la cuadratura del círculo, prisionero de sus ideas, mientras sus hijos y Emma entran ordenadamente, se coloca disimuladamente en su segundo plano y en cuanto puede se da media vuelta y se larga, huye sobre el césped perfectamente cuidado y busca el sendero de salida entre las tumbas; sigue su camino al abrigo de los árboles, paseando, observando sus troncos engrosados por el tiempo, analizando los nudos de madera y las ramas desnudas, estudiando atento su lenta y perezosa ascensión hacia el cielo.

Sonríe, si Dios escribe con renglones torcidos, resulta que la vida cuenta cuentos, al oído susurra, sólo a aquellos que están suficientemente atentos, sólo a aquellos capaces de fijarse en los pequeños detalles; Charles se mesa su barba incipiente mientras el viento de otoño intenta hacer volar su sombrero, mientras despeina su cabeza poco poblada teñida de blanco, los árboles parecen hablar bajo su gobierno, cantan y bailan, moviéndose al unísono entre una lluvia de colores ocres, un manto crujiente que cubre el camino y anticipa el invierno; por fin su sombrero vuela, al recogerlo, mientras dobla su viejo espinazo nota como sus huesos crujen emitiendo un dolor punzante que le atraviesa de parte a parte.

Ya no es el muchacho que embarcó en el Beagle, resopla, el dolor arruga sus sienes, los años de están acumulando sobre su espalda, el tiempo corre en su contra, mientras se levanta Charles siente un escalofrío y una certeza, si la muerte se presenta de improviso, todo su trabajo se perderá, la luz que ahora parece iluminar tenue el camino se apagará, quien sabe durante cuanto tiempo; nota como la duda se aferra a sus tripas, el tiempo pasa deprisa, demasiado deprisa, tanto que al ser humano le cuesta mirar su mundo desde otra perspectiva que no sea la de su fugaz existencia, bajo el cielo abierto la mente funciona mejor, mientras camina el hombre de ciencia llega a la conclusión de que ha de dejarlo todo bien atado, que ha de elaborar un resumen de su trabajo y decir a Emma que si algo le pasa lo publique inmediatamente.

El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas preferidas en la lucha por la vida, un largo título para un mundo pequeño, para un conjunto de seres humanos demasiado acostumbrados a mirarse al ombligo, idiotas y necios, pueblan su pequeña roca azul pensando que lo saben todo.

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