Ir al contenido principal

Entradas

Mostrando entradas de enero, 2010

Charles y la pequeña roca azul

Desde el exterior de la iglesia parroquial de Down House, la voz del pastor suena frágil y lejana, casi inaudible, como una larga letanía monótona se cuela entre los gruesos muros de piedra y llega moribunda hasta los oídos de Charles, un goteo de palabras, un conjunto de verbos, nombres y pronombres divinos suspendidos en el aire que al final de su camino se encuentran con su alma, se dan de bruces con su razón y sin pretenderlo hacen que al hombre de ciencia se le escape un suspiro.

A las puertas de la casa de Cristo, Charles espera un milagro, la cuadratura del círculo, prisionero de sus ideas, mientras sus hijos y Emma entran ordenadamente, se coloca disimuladamente en su segundo plano y en cuanto puede se da media vuelta y se larga, huye sobre el césped perfectamente cuidado y busca el sendero de salida entre las tumbas; sigue su camino al abrigo de los árboles, paseando, observando sus troncos engrosados por el tiempo, analizando los nudos de madera y las ramas desnudas, estudian…

El grito del cimarrón

George sabe que de noche los espíritus corren libres por la selva, sabe que desde su lugar entre las sombras los muertos añoran la sangre de los vivos, su calor, su tacto, buscan su encuentro, escucha con dificultad sus voces perdidas, el llanto de los viejos cimarrones que claman venganza desde los senderos, que indican el camino de la libertad mientras sueñan con su mundo perdido, gritan desde las sombras del bosque caimán, exigen sangre por sangre, exigen muerte por muerte, dan rienda suelta a su ira, descontrolada, imparable, dicen que su sufrimiento no será calmado hasta que el último hombre blanco sea expulsado de esta tierra maldita.

George siente la noche aferrada a sus tripas, se abre paso entre una cortina de agua blandiendo un viejo sable y seguido por una multitud silenciosa, excitada ante los lamentos del bosque, caminan unidos, arropados por la madre naturaleza, bajo el agua y las penumbras, parecen una gran bestia en movimiento, un todo que respira al unísono, resoplando…

La rata.

El viejo K es una rata y lo sabe, su forma humana no es más que un mero artificio, un engaño visual que le ha permitido crecer y medrar en una sociedad podrida, maloliente, necesitada de roedores que como él son capaces de manejarse bien entre la basura, olisqueando aquí y allá, con las patas bien hundidas en la mierda y con una sonrisa dibujada bajo los pelos del bigote, una rata educada y elegante, feliz por que el mundo se ha convertido en un estercolero.

Como cualquier roedor K siempre ha sabido estar en el momento adecuado en el sitio adecuado, es un artista, un virtuoso de la supervivencia, un especialista en hacer comulgar a otros con las ruedas de su molino, posee un sexto sentido infalible, indetectable, insertado en lo más profundo de sus neuronas, hace tiempo que pita alocadamente, hace tiempo que le indica que es hora de abandonar el barco.

Es el momento, K suspira, camina hacia el exterior de su cloaca y prende un cigarro cien por cien sabor americano, uno de los pocos priv…

Andrew ha tenido un mal día

Arthur realmente se llama Usher, pero todo el mundo le conoce por Weegee, y es que en su corta vida ya le han rebautizado dos veces; la primera el oficial de inmigración que quiso americanizar su nombre, la segunda los vecinos de la ciudad desnuda, los paisanos del ombligo del mundo; no importa, el Lower East Side es un lugar donde los nombres en el fondo no valen mucho, donde todo el mundo tiene por lo menos un par, porque al final, son productos desechables, como los pañuelos de papel, usados durante un tiempo hasta que la vida los llena de mierda, hasta que conviene tirarlos a la basura con disimulo, sacándose del bolsillo uno nuevo.

Se llame como se llame, Weegee sabe que es el fotógrafo más grande del mundo, el puto amo, que la humildad es para fracasados, realidad asumida, hecho inmutable, indiscutible, quien no esté de acuerdo se puede ir al infierno, él respira por y para la fotografía, para el momento en el que su cámara roba un pedacito de vida o de muerte ajena, capturándolo…

Romance para el frío

Que por mayo era, por mayo,
cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor,
cuando canta la calandria
y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados
van a servir al amor;
sino yo, triste, cuitado,
que vivo en esta prisión;
que ni sé cuándo es de día
ni cuándo las noches son,
sino por una avecilla
que me cantaba el albor.
Matómela un ballestero;
déle Dios mal galardón. Anónimo. PD: Sirva este romance del prisionero para calentar este blog que últimamente tengo olvidado, no durante mucho tiempo, espero, sólo mientras termino un par de cuentos en los que estoy trabajando.