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Un español en Núremberg



El hombre moreno de ojos grandes y sonrisa inmensa está nervioso, nota como su corazón late a mil por hora y su mano derecha se aferra inconscientemente al estrado, al minúsculo receptáculo de madera desde el que se dispone a resumir cuatro años en el infierno; difícil tarea, prácticamente imposible; el muchacho aclara su garganta y se coloca dos enormes auriculares de metal sobre sus oídos, escucha cómo desde ellos surgen palabras entrecortadas en distintos idiomas, una torre de babel en miniatura que momentáneamente lo distrae; por dentro maldice, no puede ser, no debe perder el hilo de lo que tiene que decir, disimuladamente aparta el artefacto de sus orejas y se centra, atento a los hombres de negro que le miran con indiferencia desde las alturas.

Frente a él, a poca distancia, los chicos malos, se revuelven, a ningún asesino le gusta ver el jeto de su víctima, cercados por una hilera de esfinges con casco blanco made in USA, los dueños y señores del Tercer Reich, ponen cara de hermanitas de la caridad, musitan por lo bajini aquello de “yo no he sido, a mi que me registren” y se colocan de lado esperando que la mierda que hoy sopla en su dirección no les salpique demasiado.

-¿Cuál es su nombre?

-Francisco Boix.

-¿Es usted francés?

-No, soy un refugiado español.

-Repita el siguiente juramento…

Y ahí comienza, Boix jura, habla, cuenta su historia y la de los miles de compatriotas que se dejaron la piel subiendo 186 escalones; el preso 5185 del campo de exterminio de Mathausen dice que es fotógrafo, que como tal comenzó a trabajar revelando las fotos de sus verdugos, las mismas con las que se documentaba, se clasificaba y se protocolizaba la muerte, retratos en blanco y negro, souvenirs de los guardas SS, que Boix de extranjis duplicó y escondió, pruebas del genocidio salvadas de la quema al final de la guerra.

Fotos que muestran las visitas al campo de los que ahora agachan la cabeza, de los que en ése momento se excusan diciendo que no sabían nada, fotos de hombres orgullosos y altivos que se felicitan por su trabajo, que se dan palmaditas en la espalda delante de congéneres reducidos a esqueletos.

Llegado el momento, Boix identifica a Kaltenbrunner, enseña su foto y con sus palabras desliza una soga sobre su cuello, cuando se lo piden, se levanta y señala a Speer, el arquitecto que algunos llaman nazi bueno, le recuerda su visita al infierno, sus sonrisas y sus compadreos con los demonios de papi Adolf, consigue con su dedo acusador que a Speer se le acabe la saliva de repente, que el oxígeno que lo envuelve desaparezca como por arte de magia.

Boix habla, a veces tan rápido que es difícil entenderle, una palabra, una letra por cada amigo muerto, por cada vejación, por cada lágrima, por cada suspiro; al terminar está exhausto, desliza sus ojos hasta el banquillo de los acusados y comprueba que ninguno de ellos le mira a la cara, respira hondo, desea con cada átomo de su cuerpo que ésa valiente panda de hijos de puta se pudra en el infierno.

Comentarios

Capitán Clostridium ha dicho que…
Guau, extremecedora forma de relatar la Historia.
Me monto a bordo de cualquiertiempodormido.