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La conjura de Venecia



Arrastrando su pierna coja por la cuesta del puente de Rialto, un mendigo extraño camina entre el caos dando tumbos, con la cabeza y las orejas gachas, oculta su rostro disimuladamente, se caga en su maldita estampa y mientras cubre sus vergüenzas con una capa roída, repleta de mierda, lamparones y otras medallas ganadas en los prostíbulos, empuña disimuladamente bajo sus mangas descosidas, una fina y larga daga del mejor acero toledano, por si, llegado el momento no queda otra que despedirse de este mundo cruel ensartando como a un pincho moruno al primer veneciano que le diga que bonitos ojos tienes, cordero.

De reojo, arrastrado por el tumulto, el mendigo mira hacia el Gran Canal, a las aguas repletas de bultos, de espaldas trinchadas flotando boca abajo como boyas, monigotes con el cuello rajado de parte a parte por obra y gracia del Consejo de los Diez, la panda de hijos de perra que han organizado ésta fiesta en Venecia, una en la que todos los súbditos de Felipe III están invitados.

Mierda, se lo debiera haber olido, con el de Osuna, Miedo del Mundo le llaman, practicando el corso en secreto contra las naves Venecianas, aliviándoles el peso de las carteras con una sonrisa en la boca, estaba cantado que antes o después algo así podría ocurrir, ahora es demasiado tarde, ahora la multitud exige sangre, gritan, muerte al intrigante, muerte al Duque de Osuna, muerte al Marques de Bedmar, muerte a ése poeta bastardo que responde al nombre de Quevedo, querían secuestrar al Dux, querían acabar con la Serenísima República, someterla, ahora los esbirros de los conspiradores flotan en el canal, los extranjeros cuelgan por los pies en la piazzetta de San Marcos.

Así, el poeta y espía transmutado a mendigo escurre el bulto, se sabe la guinda para el pastel de carne picada que le están preparando al Dux, si sale de ésta tiempo habrá de componer un soneto, de cantar su aventura y afilar el verbo, de ajustar cuitas, hoy por hoy con poner a buen recaudo su pellejo es suficiente.

Camina, huye sin que se note demasiado, es esas está cuando alguien cree reconocerle, le da el alto.

¿Quien eres?, ¿Dónde vas?

Quevedo, se hace el longuis, responde con el mejor acento veneciano del mundo, huele a vino, huele a mierda, su actuación es perfecta, anula las sospechas de su interlocutor, que arruga el morro, le empuja y le manda al infierno.

Quevedo sonríe, escapa, esa noche quemarán su retrato por no encontrarle a él, mientras, el poeta, lejos ya del peligro, se palpa las entretelas y suspira, después de todo está vivo, de milagro.

Comentarios

Hispa ha dicho que…
Boccato di cardinale.

Gracias de nuevo.
Javier Font ha dicho que…
Gracias a ti, por leerlo.
Capitán Clostridium ha dicho que…
Quevedo, consiguió escapar. Simplemente, me ha encantado. Me gusta la idea de tu blog, el mezclar historia con relatos. Yo, en mi verdadero blog que es el circuloscerrados, he hecho alguna vez lo mismo. Lo encontrarás, si te interesa, bajo la etiqueta Historia de piraterías.

Saludos.
Javier Font ha dicho que…
Prometo leerlo con calma, Capitán, un saludo y gracias por tu visita.
Javier Font ha dicho que…
Prometo leerlo con calma, Capitán, un saludo y gracias por tu visita.