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Amores perros


En la terraza del café “Deux Magots” hay una mujer de pelo negro y mirada triste, sus manos son finas y alargadas, elegantes y perfectas, bellas, sostienen una pequeña navaja, diminuta, reluciente, refleja la fría luz del invierno sobre el filo, un arma que contrasta sobre el blanco impoluto de los guantes de la joven, asida por unos dedos frágiles pero fuertes, decididos, gobernados por la atenta mirada de dos ojos enormes que desarrollan hipnotizados un ritual estúpido, desquiciado.

Con la mano izquierda extendida como una estrella sobre la mesa de madera, con los dedos separados al máximo unos de otros, el reto es puntear con el extremo del acero afilado, el espacio que queda libre entre la carne, toc, toc, toc, cada vez más deprisa, haciendo saltar al cuchillo entre los dedos, uno, dos… uno, dos, tres… uno, dos, tres, cuatro… siguiendo un orden preciso, rápido, ejecutan un juego malabar pintado de sangre, es inevitable, al acelerar el ritmo, el filo, antes o después falla el objetivo, corta el guante y la piel que descansa debajo, mancha de rojo la superficie de la mesa, genera murmullos entre el grupo de clientes que miran de reojo y señalan con disimulo a la extraña.

Muchos piensan que Dora está loca, puede que tengan algo de razón, de entre todos los allí presentes sólo un hombre se levanta, se acerca impresionado a la mujer, es pequeño, de complexión fuerte, moreno, con un flequillo poco poblado que le cae sobre la frente ocultando por momentos dos ojos inquietos, abiertos como platos; se presenta, le dirige unas palabras en francés con acento español y le ruega que le regale sus guantes ensangrentados, hace que ella abandone su juego idiota, que le conteste sorprendida, al hacerlo, tras la primera mirada, tras el primer encuentro, la mujer del pelo negro y ojos tristes llega a una sencilla conclusión, siente el mundo se puede ir al carajo, está enamorada, hasta las trancas, de forma brutal, sincera e irracional.

Cosas del destino, sus manos heridas y sangrantes no son más que un presagio exacto de su futura relación con el desconocido, de los tiempos que quedan por delante, de la guerra, de la locura, del miedo y de la pérdida, de un amor extraño e intenso, condenado al desastre, a la infidelidad y a la ceniza; antes de ella dicen que Picasso acariciaba la idea de abandonar la pintura, de dedicarse a la poesía, por suerte no lo hizo, por su parte Dora, la mujer de las lágrimas más bellas, muchos años después de ése primer encuentro, después de una vida entera y ya con los recuerdos acumulados entre sus arrugas al hablar del genio, dirá:

“Yo no fui su amante, él sólo fue mi amo”.

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