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Mostrando entradas de diciembre, 2009

El viejo pastor

Manuel camina, busca su propia senda sobre un mar de barro, avanza entre olas de tierra maldiciendo su jodida estampa, pintado de verde y ocre, envuelto en un calabobos maldito, otoñal, liviano, persistente; que se cuela bajo su chubasquero azul, que empapa su piel arrugada, sus huesos viejos y sus articulaciones oxidadas.

Con cada paso, sus piernas se hunden un poco más, luchan con el sendero y suenan por dentro como un cascajo al sentir el pesado abrazo de la madre tierra, aferrada a las botas cual amante despechada; Manuel suda y bufa como un toro en celo, se cuelga de su cayado mientras da tumbos por el camino, mientras se siente extrañamente cansado, desfondado, destemplado, helado como pocas veces antes.

Manuel no tiene muchas luces, nunca estudió, ni conoce más letras que las que componen su nombre, no las necesita para saber a las claras el origen de su enfermedad, es viejo y está viejo, no duerme como antes, ni come como antes, ya no mea del tirón; no hace falta ser un genio o …

Amor constante más allá de la muerte.

Cerrar podrá mis ojos la postrera
Sombra que me llevare el blanco día,
Y podrá desatar esta alma mía
Hora, a su afán ansioso lisonjera;

Mas no de esotra parte en la ribera
Dejará la memoria, en donde ardía:
Nadar sabe mi llama el agua fría,
Y perder el respeto a ley severa.

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,
Venas, que humor a tanto fuego han dado,
Médulas, que han gloriosamente ardido,

Su cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado.

Francisco de Quevedo

La conjura de Venecia

Arrastrando su pierna coja por la cuesta del puente de Rialto, un mendigo extraño camina entre el caos dando tumbos, con la cabeza y las orejas gachas, oculta su rostro disimuladamente, se caga en su maldita estampa y mientras cubre sus vergüenzas con una capa roída, repleta de mierda, lamparones y otras medallas ganadas en los prostíbulos, empuña disimuladamente bajo sus mangas descosidas, una fina y larga daga del mejor acero toledano, por si, llegado el momento no queda otra que despedirse de este mundo cruel ensartando como a un pincho moruno al primer veneciano que le diga que bonitos ojos tienes, cordero.

De reojo, arrastrado por el tumulto, el mendigo mira hacia el Gran Canal, a las aguas repletas de bultos, de espaldas trinchadas flotando boca abajo como boyas, monigotes con el cuello rajado de parte a parte por obra y gracia del Consejo de los Diez, la panda de hijos de perra que han organizado ésta fiesta en Venecia, una en la que todos los súbditos de Felipe III están invita…

Un español en Núremberg

El hombre moreno de ojos grandes y sonrisa inmensa está nervioso, nota como su corazón late a mil por hora y su mano derecha se aferra inconscientemente al estrado, al minúsculo receptáculo de madera desde el que se dispone a resumir cuatro años en el infierno; difícil tarea, prácticamente imposible; el muchacho aclara su garganta y se coloca dos enormes auriculares de metal sobre sus oídos, escucha cómo desde ellos surgen palabras entrecortadas en distintos idiomas, una torre de babel en miniatura que momentáneamente lo distrae; por dentro maldice, no puede ser, no debe perder el hilo de lo que tiene que decir, disimuladamente aparta el artefacto de sus orejas y se centra, atento a los hombres de negro que le miran con indiferencia desde las alturas.

Frente a él, a poca distancia, los chicos malos, se revuelven, a ningún asesino le gusta ver el jeto de su víctima, cercados por una hilera de esfinges con casco blanco made in USA, los dueños y señores del Tercer Reich, ponen cara de her…

La perfecta alquimista

Cuando la negra puerta del Chrysler se abre, M. se queda sola ante el dragón, pequeña, vulnerable y aterrada, siente durante un segundo el tiempo detenido, suspendido sobre la nada, minúscula fracción de paz antes de la tormenta, antes de que, como un golpe en el rostro, los gritos apagados por el cristal tintado se vuelvan de repente agudos, histéricos, hirientes, penetrantes, taladren sus tímpanos, inunden el espacio reducido del vehículo, produzcan una riada acompañada de mil destellos repetitivos, deslumbrando su mirada, cegando su mundo de cartón piedra.

Es el momento, M. desciende con cuidado, elegante, inerte por dentro, se yergue ante la bestia, ante la multitud reunida para ver el firmamento, estrellas del celuloide en comunión para mayor gloria de sí mismas, saluda levantando la mano lentamente, como intentando resguardarse ante una tormenta de luz que arrecia, que se refleja en la ristra de diamantes engarzados sobre su cuello, que ilumina su traje italiano, su cuerpo para e…

Jueces, verdugos y afrancesados

Camino del patíbulo, no hay más realidad que la que termina con el último aliento ni más certeza que la muerte, fría e imperturbable, impasible; es imposible luchar contra ella, el tiempo juega a su favor, son compañeros de correrías, amigos del alma; Solano casi puede sentir su presencia al final de la calle, casi puede ver su sombra paseando entre la turba, oscura, tenebrosa, disimulando entre mil caras desconocidas, sonriendo impaciente, afilando su guadaña, esperando su turno, susurrándole en la nuca con su aliento helado, indicándole el caminito hacia ninguna parte.

Llegados a éste punto es difícil morir con dignidad, ésta se pierde volando cuando a uno le inflan la cara a hostias, cuando te patean las costillas con saña; arrastrado, humillado, el General Solano y Ortiz de Rozas es como un Ecce Homo con charreteras y galones, sólo que un poco menos resignado, a cada golpe, a cada escupitajo, a cada bofetada, contesta con un sonoro “hijos de puta”, mientras espera el milagro, mient…

Amores perros

En la terraza del café “Deux Magots” hay una mujer de pelo negro y mirada triste, sus manos son finas y alargadas, elegantes y perfectas, bellas, sostienen una pequeña navaja, diminuta, reluciente, refleja la fría luz del invierno sobre el filo, un arma que contrasta sobre el blanco impoluto de los guantes de la joven, asida por unos dedos frágiles pero fuertes, decididos, gobernados por la atenta mirada de dos ojos enormes que desarrollan hipnotizados un ritual estúpido, desquiciado.

Con la mano izquierda extendida como una estrella sobre la mesa de madera, con los dedos separados al máximo unos de otros, el reto es puntear con el extremo del acero afilado, el espacio que queda libre entre la carne, toc, toc, toc, cada vez más deprisa, haciendo saltar al cuchillo entre los dedos, uno, dos… uno, dos, tres… uno, dos, tres, cuatro… siguiendo un orden preciso, rápido, ejecutan un juego malabar pintado de sangre, es inevitable, al acelerar el ritmo, el filo, antes o después falla el objeti…

El monstruo del armario

Con seis años de vida, Abraham ya no tiene manos de niño, sus dedos han envejecido antes de tiempo, ahora son alargados, huesudos, se ven pálidos desde la penumbra; cuando el pequeño estira sus brazos, los introduce de lleno en el haz de luz que se cuela por la puerta y observa absorto las sombras chinescas que pintan el techo, construye con ellos caducos animales y monstruos sobre su cama, mariposas, leones y leviatanes, terribles seres efímeros que representan a su antojo una y mil historias, criaturas frágiles después de todo, capaces de morir con un simple soplido sobre una vela o con un sencillo rayo de luz en la mañana.
Encadenado a su propia debilidad, Abraham construye mundos que sólo se encuentran en su cabeza, lugares solapados con una realidad desconocida que según le cuentan, se extiende más allá de las cuatro paredes de su casa; planetas que no ha pisado jamás pero que ha visitado mil veces, tierras extrañas de héroes bondadosos y villanos malditos, pobladas por personaje…