Ir al contenido principal

Mundo de tinieblas



Sumido en la oscuridad más absoluta, el viejo capitán Lindeman piensa que los seres humanos, en su infinita imbecilidad, a veces dan por seguro demasiadas cosas, cosas sencillas, evidentes, como que el día sigue a la noche o que el aire no puede cortarse con un cuchillo, cosas que hasta un niño sabe, desde bien pequeño, como que el fuego se apaga con agua o que desde el cielo no llueven rocas.

Mira su reloj, sus labios dibujan una mueca seria, arrugada, mierda de artefacto, debe estar adelantado, o no, son casi las siete de la mañana del día veintiocho en el estrecho Sonda, entre Java y Sumatra, y sobre el puente de mando del General Loudon hoy tampoco ha amanecido, ni tiene pinta de que lo haga, mundo de locos, de tinieblas, sólo se atisban pequeñas luces en la costa, en la playa cerca de Telok Metong, son lámparas y candiles medio apagadas por un manto gris mortecino, sostenidas en alto por aquellos que imploran un billete de salida del infierno, como si eso fuera posible, pobres diablos que gritan, aúllan, tañen la campana del embarcadero medio derruido, esperan que alguno de los vapores se la juegue entre las olas y los corales para poder recogerlos, para poder rescatarlos, algo imposible con el mar embravecido, el viejo se siente impotente, maldice, espera, sabe que tiene un asiento de primera fila para el día del fin del mundo.

Lindeman mira a sus hombres, empapados bajo una lluvia de lodo, pintados de gris por la madre naturaleza se mueven aterrorizados bajo una capa viscosa, fluorescente, como si el mismo demonio hubiese escupido sobre el barco, limpian la cubierta y apagan con urgencia los pedazos de lava incandescentes, no dan abasto, miran de reojo mar adentro, hacia el Krakatoa, el lugar que periódicamente ilumina el horizonte de cenizas, fuego sobre el fuego, dominando al agua, donde Vulcano muestra al mundo el poder de su fragua.

Lindeman por un segundo se siente como Caronte, con el azufre quemándole los pulmones tose, escupe, y a las diez de la mañana se despide del mundo cruel, en el mismo instante en el que al planeta se parte en dos, de repente, el aire espeso se retira y el cielo se ilumina a unas 50 millas de distancia como si el sol naciera de la tierra, en un parto doloroso y sangriento, la onda expansiva le tumba, le golpea y le deja sordo; un estruendo al que sigue un pitido intenso, agudo, clavado en el interior de su sesera, de rodillas el capitán echa una última mirada al mar oscuro sobre el que ha envejecido, ve como se retira dejando a la vista parte de los arrecifes, jodido cabrón, lo hace para dar su último golpe, es el momento, como buen marino decide dar batalla, morir de pie con las botas puestas, con dificultad maniobra el barco que gira entre crujidos, la proa encara al muro de agua que se aproxima, asciende, se desliza montaña arriba y supera el tsunami, la tripulación cierra los ojos, mantiene el alma en un puño, escucha como el mar devora la tierra, tras un rato mira de nuevo al mundo, resopla al unísono, malita sea, están vivos.

Comentarios