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Los secretos del fantasma




Cuando el cinco de Diciembre de 1872 el Mary Celeste aparece seiscientas millas a este de las Azores ante los ojos de el capitán Morehouse y su segundo Deveau, estos aún no saben que están viendo un fantasma; no tardarán en darse cuenta, vestido de blanco y negro sobre azul oscuro, pintando el horizonte con un presagio funesto, rasgando el lugar donde la mar y el cielo se confunden, el buque maldito terminará por cruzarse en su camino, con el velamen recogido sobre sus dos palos y el foque arrullado por el viento, cabeceando sobre un Atlántico en calma, desplazándose lentamente sin rumbo, sin nadie a la caña, navegando sin gobierno.

Si los marinos del Dei Gratia creen haberlo visto todo en la mar, es tan sólo porque no peinan demasiadas canas, cuando queda claro que nadie responde a las señas y que el buque avistado navega a la deriva, no queda otra que hacer de tripas corazón y anudar un cabo en la boca del estómago, echar un bote al agua y con un ojo en el barco fantasma y otro en el cielo, musitar una oración, remar aterrados hacia el Celeste, romper el silencio y sus gargantas con el megáfono y esperar una respuesta, implorar un signo de vida en la nave a punto de ser abordada.

En pocos minutos, el contramaestre Oliver Deveau es el primero en saltar a cubierta, por la proa, aúlla ¡Ah el Celeste! sin tener más respuesta que el eco su propia voz, prudente avanza con la boca seca y el corazón en un puño, camina por el bergantín goleta intentando encontrar una solución ante semejante locura, parándose ante la bitácora destruida, ante las amuras dañadas y los aparejos desordenados, preguntándose como es posible encontrar un buque sin tripulación en mitad de un océano en calma.

Nadie responde, sólo el propio barco cruje y chirría de vez en cuando, como intentando contar su historia, desvelar sus secretos, mientras, el contramaestre nota su corazón corriendo a mil por hora, desatado al ver un hueco en el lugar en el que debiera estar el esquife y buena parte del pasamanos, ausente el único minúsculo bote del buque, parece evidente que éste ha sido abandonado a la carrera, mierda, Oliver intenta tragar saliva, se da cuenta de que ya no le queda demasiada y maldice, decide adentrarse en las entrañas del buque, encontrando la bodega con un metro agua y las bombas de achique en perfecto estado, junto a la carga intacta de mil setecientos barriles de alcohol, todo en su sitio.

Respira, intenta tranquilizarse, ahuyenta las historias de monstruos y fantasmas que como buen marino habitan en su cabeza, cracken de tentáculos inmensos, el holandés errante, el triangulo de las bermudas... ¿Que ha pasado?. ¿Que ha obligado a la tripulación, a los siete hombres, al capitán, a su mujer y su hijo de dos años a abandonar un barco en buen estado y huir hacia la nada, hacia el azul infinito, hacia una muerte casi segura?

Maldita sea, en el camarote del capitán encuentra la ropa en los cajones, perfectamente ordenada, el diario de abordo, con una última fecha el día veinticinco de noviembre, una posición situando al bergantín cuatrocientas millas más al oeste; después el silencio, la nada, sólo una frase misteriosa en la pizarra del contramaestre, “Francis, mi muy querida esposa…”, al leerla, por un momento Olivier siente la necesidad de salir corriendo, de llegar nadando a Gibraltar, si no lo hace, es porque es un profesional, suspira, nota que falta tanto el sextante como el cronometro, percibe en conjunto, la triste realidad, la sensación de que toda la tripulación del Mary Cleeste ha desaparecido sin dejar rastro, tragada por la mar, sin causas, sin motivos aparentes, nunca nadie sabrá porqué, nunca nadie volverá a verlos, tras un rato Oliver sólo es capaz de sacar una única conclusión, estén donde estén, a partir de ése momento, son carne de leyenda

Comentarios

Markos ha dicho que…
Hay numerosas leyendas de desapariciones misteriosas de tripulaciones. Pero no están tan bien contadas.
Salu2