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De lágrimas y surcos en la cara


A veces, Martín piensa que su cuerpo y su mente están hechos de arena húmeda, que tienen la misma consistencia, que son como castillos levantados en la playa por un niño perezoso, inútiles, medio derruidos, solitarios, esperan resignados la subida de la marea, desmontándose lentamente, grano a grano, limados por el viento, derrumbados sobre si mismos, anclados al puñetero suelo.

Ajo y agua, es la condición de los castillos de arena; mientras camina, Martín vuelve al hogar con su trofeo, al agujero desde el que sale cada mañana, cuando el mono aprieta, a buscarse la micra de cada día, a enfrentarse al mundo cruel, al dios vengativo que desde hace unos años le domina sin piedad.

De reojo, se mira en los escaparates de la gran ciudad, aterrado ante el extraño que sobre ellos se refleja, un fantasma, un suspiro demacrado que deambula sobre el asfalto con su pequeño tesoro maldito en los bolsillos, un ser humano sin sombra reducido a despojo, que pasito a pasito camina directo hacia el precipicio, que se mira a si mismo con desprecio, como hace todo el mundo, si tuviera fuerza se insultaría, si pudiera, maldeciría su jodida estampa con palabras que ya no encuentra en su cerebro confuso.

Suda, siente escalofríos, nota calambrazos en sus músculos reducidos a la mínima expresión, levita, se siente morir por dentro, es imposible aguantarse, antes de llegar a casa, busca un lugar tranquilo donde desplegar el instrumental con el que poder realizar su sacrificio; en los baños de la estación de tren, el rey encuentra su trono alicatado, encerrado tras una puerta verde pintada de tinta y mierda, con primoroso cuidado abre la papela y observa unos segundos la materia de color marrón que descansa en sus manos, sonríe, es su santo grial particular, lo desmenuza con cuidado, lo coloca sobre una cuchara y lo riega con limón, calienta la mezcla con el mechero, con mimo, lo justo, ni mucho, ni poco, mirando atento cada detalle desde sus ojos hundidos, como un alquimista buscando la piedra filosofal, concentrado mientras muerde con sus dientes podridos el extremo del filtro de un cigarrillo y extrae el contenido, el cilindro blanco de textura algodonosa, después, lo pincha sobre el extremo de la aguja y acciona el émbolo, filtra la solución que ahora descansa en la jeringa, en la chuta, dispuesta a enviarle directo al séptimo infierno.

Martín ya no tiene venas, las ha perdido en su viaje a ninguna parte, son sólo un campo de tiro, un conducto bombardeado, repleto de cráteres azules y cicatrices negras, con esfuerzo, usando un condón como torniquete se saca una vena del codo, la perfora y libera las cadenas del monstruo dentro de su ser, hunde su alma y pierde otra batalla, otra más; mientras, se le escurre un lágrima que navega por los surcos de su cara, salta al vacío desde su barbilla afilada; Martín cierra los ojos, funde a negro su mundo gris y sonríe, quizás un buen día cuando despierte, la pesadilla habrá pasado, quizás un buen día cuando despierte, vuelva a sentirse humano.

Comentarios

Horacio ha dicho que…
Hola Javier,

Me llamo Alejandro y hago un programilla de radio que se emite cada domingo de 21:00 a 22:00 en una cadena local de Sevilla,
todos los textos que he leido me han emocionado y me gustan muchísimo, quisiera pedirte permiso para leer alguno en antena, por supuesto nombraré la fuente y daré dirección de esta genialidad de blog.

Espero respuesta, un abrazo.
Javier Font ha dicho que…
Hola Alejandro, este blog y todos sus textos están bajo licencia Creative Commons, así que mientras hagas referencia a la fuente y no modifiques el contenido (sólo las faltas de ortografía, :)), estaré encantado de que los uses, la pena es que, desde mi tierra, no pueda escuchar el programa.

Saludos y gracias.
Horacio ha dicho que…
Hola Javier,

gracias a internet sí que puedes oir el programa, metete este domingo en este link www.radioguadaira.com de 21:00 a 22:00 .

Muchas gracias, sigue así, esto es genial.

Un abrazo.
Markos ha dicho que…
Este relato me ha resultado especialmente escalofriante y terriblemente humano.
No hace falta pintar monstruos sangrientos para dar miedo.
Salu2