Ir al contenido principal

Entradas

Mostrando entradas de noviembre, 2009

Deshaced ese verso

"Deshaced ese verso,
Quitadle los caireles de la rima,
el metro, la cadencia
y hasta la idea misma.
Aventad las palabras,
y si después queda algo todavía,
eso
será la poesía."

Versos y oraciones del caminante. León Felipe.

La esperanza y el viejo pintor

El viejo pinta, recuerda, respira hondo dando forma a un suspiro, construye sin esfuerzo una media sonrisa en su cara cuarteada, siente la caricia del pincel y derrota la dictadura del lienzo en blanco, disfrutando con el tacto untuoso del óleo entre sus dedos y el familiar olor de la trementina manchando la estancia, perfumando su piel, su ropa, su memoria, mezclándose con los pigmentos, disolviéndolos, obrando el milagro sobre la paleta, capturando un pedazo de luz en un mundo gris, sordo, bastardo.

Cosas de la vida el viejo aún es capaz de mirar hacia atrás y pintar con esperanza, a pesar de la guerra, a pesar de la sinrazón, a pesar del miedo y la represión, a pesar del exilio, a pesar de haber nacido en una tierra ingrata, inculta, brutal y necia, acostumbrada a maltratar a sus mejores hijos; quien lo diría, a pesar de todo, resulta que el viejo todavía puede pintar cosas bellas.

Es el final del camino, uno repleto de certezas y pinceladas, de vida, de muerte, de color y de genio, …

Mundo de tinieblas

Sumido en la oscuridad más absoluta, el viejo capitán Lindeman piensa que los seres humanos, en su infinita imbecilidad, a veces dan por seguro demasiadas cosas, cosas sencillas, evidentes, como que el día sigue a la noche o que el aire no puede cortarse con un cuchillo, cosas que hasta un niño sabe, desde bien pequeño, como que el fuego se apaga con agua o que desde el cielo no llueven rocas.

Mira su reloj, sus labios dibujan una mueca seria, arrugada, mierda de artefacto, debe estar adelantado, o no, son casi las siete de la mañana del día veintiocho en el estrecho Sonda, entre Java y Sumatra, y sobre el puente de mando del General Loudon hoy tampoco ha amanecido, ni tiene pinta de que lo haga, mundo de locos, de tinieblas, sólo se atisban pequeñas luces en la costa, en la playa cerca de Telok Metong, son lámparas y candiles medio apagadas por un manto gris mortecino, sostenidas en alto por aquellos que imploran un billete de salida del infierno, como si eso fuera posible, pobres dia…

El poeta y la meada

Con la noche haciendo pardos a todos los gatos, el poeta se escurre entre las calles con un ojo en las esquinas y otro en el gavilán de su espada ropera, ligeramente borracho, acaricia la guarnición de la misma con la punta de sus dedos y camina hacia su hogar dando pasos cortos, desiguales, atento a las sombras, siempre repletas de rufianes y puñaladas traperas, siempre nocturnas y siempre alevosas; resoplando, sintiendo por un segundo el coleto demasiado ajustado, esforzándose por mantener la verticalidad perdida a manos de los años, la cojera y el vino tinto.

Camina, un soneto descansa en la punta de su lengua, afilado y perfecto, inmisericorde, cocinado a fuego lento, en su punto, verbo sometido a los caprichos de un genio, sílabas mágicas que se ordenan, construyendo palabras que según sea el caso, humillan, mortifican, ensalzan o glorifican; ajustan viejas cuitas, se baten en duelo.

Sin prisa pero sin pausa, bajo su capa y su sombrero de ala ancha, atraviesa la plaza de la cebada,…

Los secretos del fantasma

Cuando el cinco de Diciembre de 1872 el Mary Celeste aparece seiscientas millas a este de las Azores ante los ojos de el capitán Morehouse y su segundo Deveau, estos aún no saben que están viendo un fantasma; no tardarán en darse cuenta, vestido de blanco y negro sobre azul oscuro, pintando el horizonte con un presagio funesto, rasgando el lugar donde la mar y el cielo se confunden, el buque maldito terminará por cruzarse en su camino, con el velamen recogido sobre sus dos palos y el foque arrullado por el viento, cabeceando sobre un Atlántico en calma, desplazándose lentamente sin rumbo, sin nadie a la caña, navegando sin gobierno.

Si los marinos del Dei Gratia creen haberlo visto todo en la mar, es tan sólo porque no peinan demasiadas canas, cuando queda claro que nadie responde a las señas y que el buque avistado navega a la deriva, no queda otra que hacer de tripas corazón y anudar un cabo en la boca del estómago, echar un bote al agua y con un ojo en el barco fantasma y otro en el…

Juego de bastardos

Aldrich quiere vivir como en el puto James Bond, cada día, sueña con conducir un Jaguar, con bucear por la mañana en las Bahamas y cenar por la noche en Montecarlo, se imagina paseando por su casino vestido de punta en blanco y poniendo careto de gigoló a las nenas, puliendo treinta de los grandes en champán y putas, viajando en jet privado, sonriendo a la vida y dejando que la vida le sonría e él, enfrentándose a supervillanos para salir victorioso en el último segundo, para salvar al mundo, quedándose con la chica al final de la película.

Mierda de mundo cruel, va a ser difícil, la realidad es un poco más cruda, Aldrich trabaja de ocho a tres y más que espía, parece un representante de batidoras, alargado, pálido, con unas enormes gafas de culo de vaso y un bigotito amarillento, cuando se mira al espejo en lugar de bíceps, encuentra alerones de pollo viejo, los trajes de Armani no le caen bien, le sientan como a un cristo dos pistolas, los días y los años pasan, se escurren entre los…

El preciso instante

Resulta que Henri se ha camelado a la cruda realidad, le ha guiñado un ojo y ella, complaciente, se ha rendido a sus pies, le ha enseñado sus entretelas, desnudándose, permitiéndole pintar el mundo con su cámara, construyendo un enorme retablo, uno que se puede mirar desde mil ángulos, collage de momentos, fragmentos de vida grabados en nitrato de plata, obras maestras escondidas y encontradas detrás de cada esquina, detrás de cada muro, detrás de cada ser humano.

Elegante, el fotógrafo camina por París con sus andares desgarbados, sonriente, musitón, desde su muñeca cuelga medio escondida una pequeña cámara marca Leica, balanceándose como un péndulo sobre el suelo mientras él espera, mirando de reojo y haciéndose el longuis, el momento adecuado en el sitio adecuado, el preciso instante en el que el hombre encuadrará y hará clic, quedándose como trofeo con un pedacito de mundo en blanco y negro.

Dicen que la foto perfecta que ves con tus ojos, es la que no capturas con tu cámara, pero H…

De lágrimas y surcos en la cara

A veces, Martín piensa que su cuerpo y su mente están hechos de arena húmeda, que tienen la misma consistencia, que son como castillos levantados en la playa por un niño perezoso, inútiles, medio derruidos, solitarios, esperan resignados la subida de la marea, desmontándose lentamente, grano a grano, limados por el viento, derrumbados sobre si mismos, anclados al puñetero suelo.

Ajo y agua, es la condición de los castillos de arena; mientras camina, Martín vuelve al hogar con su trofeo, al agujero desde el que sale cada mañana, cuando el mono aprieta, a buscarse la micra de cada día, a enfrentarse al mundo cruel, al dios vengativo que desde hace unos años le domina sin piedad.

De reojo, se mira en los escaparates de la gran ciudad, aterrado ante el extraño que sobre ellos se refleja, un fantasma, un suspiro demacrado que deambula sobre el asfalto con su pequeño tesoro maldito en los bolsillos, un ser humano sin sombra reducido a despojo, que pasito a pasito camina directo hacia el preci…

La piel de cemento

Frente al muro, Horst se pregunta como demonios es posible odiar a un objeto inanimado, a un simple y maldito monstruo gris e inerte, a una cicatriz sangrante, a las verjas oxidadas de una jaula, al límite marcado del mundo permitido, a un cartel con letras grandes, rojas y negras, a una valla, a un alambre de espino, a un altavoz, a una torre de vigilancia.

Desde luego que se puede, con toda el alma, al objeto inanimado y a los hijos de perra que lo crearon, a los bastardos que con primoroso cuidado levantaron, ladrillo a ladrillo, el muro de la celda más grande del mundo, el lugar donde la utopía pronto comenzó a oler a muerto, donde del “todo es de todos” se pasó al “todo es de todos, pero más mío”, donde los de siempre, rápidamente se ufanaron en conseguir un buen puesto en el partido, en cambiar el color a sus gorras de plato y comenzar a hacer lo único que ésa gente ha sabido hacer siempre a la perfección, dar por culo al pueblo, para mayor gloria del pueblo.

A Horst ya le duele e…

La miseria del emperador

Jean-Bédel Bokassa no aprecia los contrastes, es una pena, desde su carroza imperial tirada por seis corceles blancos, los colores de su mundo se difuminan, se meten en su sesera y se mezclan sin orden ni concierto, verdes centroafricanos versus dorados napoleónicos, difícil mezcla, no importa, como aturdido por el traqueteo de la comitiva, el primer emperador de África sonríe, saluda a su pueblo sin perder la compostura, como un pastor caritativo que disfruta con los balidos de su rebaño, se deja hipnotizar por el júbilo forzado de los suyos y por un segundo se pregunta si el esfuerzo merecerá la pena, si los fastos de su coronación estarán a la altura de su persona.

A su alrededor, separando los niños desnudos de los mantos de armiño, su guardia personal de coraceros galopa, protege al líder, marca el camino entre la selva que siguen despacito docenas de blancas sanguijuelas VIP venidas del mundo entero, sudando dentro de sus Mercedes con treinta y nueve grados de temperatura y un ci…