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Mostrando entradas de octubre, 2009

El coco del presidente

Biuku y Eroni están en guerra, quien lo diría, guerra en el paraíso; locura importada por el hombre blanco y sus enemigos de ojos rasgados, desgracia que llegó sobre las cubiertas de los grandes buques metálicos, golpeando su pequeño mundo cristalino como un huracán, destruyéndolo todo, de repente, sin motivo, tiñendo de rojo el gran azul de su infancia.

Biuku y Eroni han elegido bando, o mejor dicho, un bando les ha elegido a ellos, un mal día, alguien llegó a su diminuto poblado, un desconocido de pelo amarillo que les dio armas y les dijo que estaban reclutados para mayor gloria de la democracia, que a partir de ése momento debían hacer lo que él ordenara, cosa curiosa, ellos no saben muy bien que será eso de la democracia, ni falta que hace, no lo necesitan para navegar sobre su cayuco, como siempre han hecho, lenta y silenciosamente, de isla a isla, sólo que ahora con un par de metralletas Thompson bajo las redes y unos ojos que ya no buscan peces, sino barcos japoneses.

Cuando Biu…

Cristales rotos y pedazos de alma

Los chicos de Röhm tienen una fiesta, una en la que todos los judíos están invitados, mientras se baja de coche, Otto piensa que al final, con un poco de mala suerte, ésos niñatos de mierda de las SA van a conseguir que se le hielen las pelotas, hay que joderse, no queda otra que pasar la noche bajo la luz de la luna, hacer de discreta niñera y dormir en un coche que parece encoger cada minuto, en el que el oxígeno parece consumirse demasiado deprisa, Otto es grande, nunca le han gustado los espacios pequeños, mejor salir del vehículo, al hacerlo el coche se bambolea de lado a lado, chirría de gozo, sintiéndose liberado de los ciento diez kilos de Kriminal inspector, éste se sacude las migas de la gabardina y busca un cigarro en la pitillera, es el último, mierda, sabiendo la que se iba a liar, debiera haber cogido un par de cajetillas extra, a ver donde cojones encuentra tabaco a estas horas de la madrugada.

El Kripo se rasca la nuca, piensa mientras mira de reojo a su compañero Klaus…

Percepciones

Sobre la mesa de Kurt descansa un tesoro, primorosamente envuelto en un paño, escondido en el interior de una carpeta vieja y atado con una cuerda roída; no es un tesoro al uso, no brilla ni engarza piedras preciosas, no lo protegen grandes cajas de caudales ni hombres armados, a primera vista, cualquier incauto podría pasar por alto su valor, incluso confundirlo con una mísera colección de papeles garabateados, emborronados, repletos de palabras ilegibles, inútiles.

Pero resulta que sí es un tesoro y Kurt puede olerlo gracias a su fino olfato, puede percibir su valor entre un millón de escritos, entre el millón de escritos que se amontonan tras él, apilados unos sobre otros en las cochambrosas oficinas de la editorial Rowohlt de la ciudad de Leipzig, el lugar desde el que Kurt observa ahora atento a los dos hombres jóvenes que frente a su mesa, le miran inquietos, como mascando un espeso silencio, incómodo, roto sólo periódicamente por las palabras de alabanza de Max Brod hacia su com…

Recuerden su condición humana, olviden lo demás.

Mientras la sala se llena, el hombre sabio de pelo blanco espera impaciente su turno, sentado con las piernas cruzadas tras la gran mesa de madera, respira hondo y observa inquieto a los individuos que, frente a él, entran ruidosamente en el recinto; los chicos de la prensa mueven sus sillas, las arrastran y las chocan entre si, se saludan, amablemente se reparten algún que otro codazo en su búsqueda incansable del mejor sitio y preparan sus micrófonos, sus grabadoras, sus cámaras y sus plumillas afiladas; disimuladamente, le devuelven la mirada al viejo, de reojo, como quien mira a un bicho raro, casi con una sentencia condenatoria en la boca, como miraría un juez a un caco al que han detenido demasiadas veces.

Los periodistas piensan que quizás, después de todo, los científicos quieran decir algo interesante, algo que no sea un tostón destinado a llenar espacio vacío entre las esquelas y los crucigramas, con un poco de suerte, quizás, le metan caña al gobierno, o a los comunistas, o …

¿Como coño se dice huevo frito?

Entre Nevada y Arizona, atravesando el desierto, uno casi se siente un tipo duro, un John Wayne de pega con tarjeta visa en el bolsillo, rodando por carreteras rectas, más largas que un día sin pan, el coche acelera mientras los Deep Purple mandan callar, hush, hush, chitón, que el rockero enamorado cree haber oído la voz de su amada, gran canción, ideal para éste decorado de película, grandes praderas y espejismos en el horizonte, la hostia, mi reino por una Harley, acelera, no demasiado, no sea que el sheriff del condado nos eche el lazo o que el tanque que nos han dado en la empresa de alquiler muera de repente en el arcén, no me gustaría quedarme tirado aquí, sin aire acondicionado en mitad de la nada, con cuarenta grados de temperatura ahí fuera y una coca cola caliente aquí dentro, que diversión, justo al lado de un letrero donde te venden diez acres de secarral a precio de ganga, oferta irresistible, aun así me lo pensaré, sigamos rodando que el viaje es largo, adelanta a aquel…

El grito del hombre muerto

Hayato es un hombre muerto, camina, respira y siente, pero está muerto, la vida se le escurrió entre los dedos hace demasiado tiempo, tanto que su cerebro es incapaz de recordar el día exacto, el instante en el que la esperanza se esfumó, el momento en el cual dejó de ser un hombre y se convirtió en una sombra, una máquina de huesos y músculos que se mueve de forma silenciosa entre las cavernas, una especie de ente que habla entre susurros y no admite otro futuro que el que le espera al final del camino, el lugar donde los demonios descansan hambrientos, relamiéndose, esperando pacientemente la hora del desayuno.

El hombre muerto de ojos rasgados sabe que su cuerpo es su alimento, mira al noreste, a través de los campos de caña de azúcar, hacia el lugar donde debiera encontrarse el mar, el gigante fundido con el horizonte, el azul infinito que le separa de los suyos, plagado de puntos grises, metálicos, repleto de hombres con los que compartirá su destino, que, como él, también han rec…

Sin City

El Strip de Las Vegas debiera oler a sudor, a perfume barato, a ambientador industrial, a tabaco y a polvo, el aire de los grandes casinos debiera oler a viejo, a borracho y a desesperación, debiera estar viciado, contaminado por la humanidad enloquecida sobre la que descansa, y sin embargo no huele, está limpio, impoluto, desinfectado, parece como si cada segundo fuera convenientemente aspirado, purificado, enfriado y devuelto a ése lugar mágico donde no existe el tiempo, donde no hay ventanas, ni relojes, ni entra la luz del sol, hogar de vampiros que no chupan sangre, donde el sonido y los destellos te envuelven, te golpean y te sumergen en un estado casi hipnótico, esquizoide.

Ciudad de locos, de bocas abiertas de par en par y cámaras que fotografían cada esquina, cada copia casi perfecta, inmenso gran hermano de cartón piedra, donde los techos están plagados de bultitos negros, surgidos como setas en un sendero, que enfocan, graban, estudian a los clientes, porque en las Vegas sie…

La ciencia española no necesita tijeras

Resulta que no hay euritos, se acabó la fiesta, la pasta, la guita, el parné, nos lo gastamos todo, mala suerte, hemos dejado la caja pelada, la casa patas arriba y las letras del banco en números rojos, menudo fiestón, joder que resaca, de las malas, ayer nos debieron meter garrafón en algún lado, en el garito aquel… ¿Cómo se llamaba? Ah si, disco-pub “Ladrillo”, debe ser eso, ahora nos toca silbar mirando al cielo como un inocente angelito, decir con la boca pequeña y por lo bajini aquello de yo no he sido, a mi que me registren, el problema es estructural, poner cara de circunstancias y pedir a la multitud que no cunda el pánico, que si le duele la hipoteca y el paro que se jalen un par de paracetamoles, de gramo, que las penas con drogas son menos.

Ahora nos toca reestructurar, recortar, maquillar el asunto, ya se sabe, sombra aquí, sombra allá, sablear al personal y sobre todo establecer una serie de prioridades, aquellas que nos identifican como país, como auténticos demócratas, …

Vida de perros

J no tiene más de dieciséis años y ya no espera otra cosa del mundo aparte de que siga girando con pasmosa regularidad, tumbado sobre la hierba de el parque de Buenavista, dominando Haight Ashbury con la mirada, desde su castillo de tierra y hojas, como un rey sin corona, siente que, hasta donde alcanza la vista de alguna manera es suyo, le pertenece, es su hogar, son sus dominios, un lugar donde las hormigas corretean sobre su cuello, donde el cielo es azul y donde el sol luce en lo alto, inalcanzable, benefactor, calentando su careto demacrado sin pedir nada a cambio, llegados a éste punto, sabe que en un día de suerte no debe pedir mucho más, tan solo quizás que alguno de los turistas con cara de lerdos que cruzan frente a él se tire el moco y le suelte un par de pavos y algún cigarrillo con el que acompañar el par de cogollos de marihuana que desde hace dos días guarda como un tesoro cerca de sus huevos, envueltos en una bolsita de plástico a salvo de compañeros de calle y de regi…