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La mula




Lucía sabe que hay minutos que duran horas y horas que duran minutos, sabe que el tiempo es una cosa flexible, dúctil y maleable, juguetón, se estira y se encoge, se detiene y acelera, se escurre entre las manos o pesa como una losa, Lucía no es física cuántica, pero ha llegado a ésa conclusión sin saber quien coño es Einstein, sin libros, sin ecuaciones ni calculadoras.

Chica lista, sabe también que su vida vale unos mil quinientos dólares, o poco más, que su cuerpo no es más que una carcasa barata, un contenedor móvil de piel, órganos y huesos, mísero continente orgánico para un transporte artificial, poco diferente a una maleta, a un equipaje de mano, a un bulto perdido en una cinta transportadora, una especie de robot, como los de las películas y las series de dibujos animados, capaces de abrir el compartimiento de sus entrañas para almacenar cosas valiosas en su interior.

Mientras espera paciente su turno, se pregunta en qué momento se obró el cambio, en qué momento su cuerpo olvidó la ilusión de albergar vida y se pasó a los paraísos artificiales, a la felicidad adictiva en forma de clorhidrato, al rosario de pepas de cocaína compactadas y envueltas en plástico y látex, que ahora descansan a lo largo de su tracto digestivo y en su vagina, Lucía se pregunta en qué momento decidió convertirse en una mula.

Respira, suspira, traga saliva y comienza a notar como, tras seis horas de viaje, los efectos de la medicina que la han dado para parar su estómago comienzan a pasar, se siente hinchada, molesta, por su esófago asciende periódicamente un sabor amargo, que quema y no es presagio de nada bueno.

Mientras baja del avión, agradece el poder caminar, erguirse sobre si misma liberando ligeramente la presión sobre su estómago, instintivamente acaricia el rosario que guarda en su bolsillo y reza un Ave Maria, suplica una ayudita divina, lo justo para que la pepa resista al ácido, para que no se abra, para que no caiga muerta a los pies de hombre extraño que espera al otro extremo de la aduana.

Camina, sonríe, entrena su cuerpo para desplegar la mejor de sus sonrisas, la mas dulce y tierna, llegado el momento su voz no debe sonar quebrada, sus piernas no deben temblar y sobre su cuello no debe aparecer el más mínimo rastro de sudor frío, debe dar siempre la respuesta correcta, no hablar demasiado ni demasiado poco, debe enseñar los papeles y evitar la más mínima sospecha que conduce inexorablemente a la sala de rayos X.

Avanzando por la cola, Lucía por fin ve al hombre extraño que va a decidir su destino, es moreno, pálido, alargado, al mirarle a los ojos, no puede por menos que sentir un ligero temblor, reacciona, se contiene, se obliga a si misma a no salir corriendo.

Pasará.

Seguro que pasará, después de todo Lucia es una buena mula, dócil, tranquila, mansa, nunca llama la atención y si por un casual es detenida o revienta por dentro, no pasa nada, hay muchas más como ella.

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