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Sabor salado




Marcel es igualito al enterrador de los comics de Lucky Luke, sólo que con más trabajo, tiene un cuerpo enjuto, cetrino, largo y estrecho como un alfiler, coronado por un careto de buitre leonado que da grima, asusta, vestido de negro le falta el metro para tomar medidas, un sombrero de copa alta y una pala.

Cuando Marcel come, mastica despacio, como con asco, cuando bebe, introduce su portentosa nariz en las copas inhalando hasta el último aroma del líquido rojizo que previamente ha estado estudiando lentamente; huele, analiza, saborea, agarra el vaso de cristal por la base y lo mueve en rápidos movimientos circulares, la fuerza centrífuga hace que el vino casi se escape de su continente, escala por las paredes del cristal para dejarse caer después, vencido, formando pequeñas lágrimas rojas con las que el crítico lanza un pequeño bufido.

Apunta indignado, maridaje nulo, parece un vino totalmente apropiado para impresionar a una puta vieja, el colmillo le gotea, sus labios casi inexistentes se arquean hacia arriba dándole un aspecto siniestro, se van a cagar, después de la crítica van a tener que cerrar el chiringuito, ponerse a vender bocadillos y arroz tres delicias a las puertas de la discotecas, no saben con quien se la juegan.

Marcel disfruta, examina la carta con detenimiento, parcialmente renovada con respecto al año anterior, dos puntos menos, por fin se decide, levanta el alerón y reclama la asistencia del maître, saca un cronómetro y comienza a medir el tiempo desde que palomo le ve hasta que es atendido, tic, tac, dos puntos menos.

Comerá una esferificación de mejillón al alga roja y ortiguillas deconstruidas sobre salsa de tuétano de cabrón ibérico de primero, y de segundo un magnífico medallón de merluza de pincho escabechada al anisaquis fresco sobre tempura de cresta de gallo y caracol de temporada.

Estupendo.

Mientras espera, sus ojos se pierden por el comedor, analizan con precisión la cubertería y la mantelería, esperando con anhelo encontrar un descosido que reste un par de puntos más, casi por casualidad, su mirada abandona el recinto y se cuela por dos grandes ventanales, hacia un parque sobre el valle, tres niños juegan y ríen, se sientan en círculo, es la hora de comer, sacan sus bocadillos, flautas kilométricas de pan blanco de pueblo sobre tortilla de patatas de la abuela, poco cuajada, al morder por un extremo, los extremos contrarios de los bocatas se abren y aparece una mezcla amarillenta de huevo, cebolla y patata, caen trocitos pringosos sobre las piernas de los mozos y éstos los recogen, los meten en su boca mientras se chupan los dedos, beben al unísono un par de tragos de coca cola y hacen un concurso de eructos.

Marcel mira, nota cambios en su organismo, ruidos de tripas que rugen, mezcla de jugos que hace demasiado tiempo dejaron de ser segregados, llega la comanda, el crítico abre la boca y mientras mastica su esferificación nota un extraño sabor salado, son dos lágrima furtivas que han escapado de sus ojos, que han saltado al vacío y que han aderezado sin pretenderlo tan magnífica comida.




Comentarios

Deprisa ha dicho que…
Bonito cuento, con su moraleja y todo, como tiene que ser.

Siempre he escuchado qeu convertir un placer en un oficio es acabar con el placer. Y que cierto es.
Javi ha dicho que…
Gracias, bienvenido a esta casa y vuelve cuando quieras, pero no te traigas contigo al niño zombi,que la última vez se comió a mi perro.

Je je

Saludos, gran blog el tuyo.