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La X marca el lugar




Sobre la bandeja de cristal, el billete de veinte dólares es como un trenecito que nunca descarrila, enrollado sobre sí mismo forma un canuto perfecto que sigue las vías blancas con precisión milimétrica, las aspira y las recoge a su paso, sin hacer chu-chu, sin salirse de la raya, sin dejar escapar un solo miligramo de auténtica felicidad sesenta por ciento made in Colombia.

Cuando John termina su corto viaje, al mirarse al espejo ya le gusta más su cara, bosteza y estira sus brazos, se rasca la barba de cuatro días y piensa que tiene que arreglarse el bigote si no quiere parecer un puto mendigo, observa sus ojos hinchados, sus pupilas dilatadas, su nariz empolvada e inflamada, a lo mejor va siendo hora de dejar los malos vicios, cuidarse un poco, lo justo, quizás el mes que viene, o después de verano, cuando el volumen de trabajo descienda un poco.

Desnudo, da un paso atrás para observar su cuerpo dibujado en el espejo del baño, fibroso y delgado, parece hecho sólo de huesos y cartílago, sin un átomo de grasa, constitución heredada de un padre que a las primeras de cambio dijo pies “pa” que os quiero, bajó a por tabaco y nunca volvió, dejándole como herencia una delgadez congénita y un enorme badajo con el que podrían tañer las campanas de la catedral de Notre-Dame.

John es un hombre a una polla pegado, un producto de la evolución humana a medio camino entre el bípedo y el trípedo, una especie nueva de elefante tísico con la trompa en lugar equivocado, un sueño que se convierte en pesadilla y una pesadilla que se convierte en sueño, un mito.

Y es que John es señor en un mundo perdido, como King Kong pero sin pelo, reina en las traseras de los quioscos, en los cuartos oscuros de los video-clubs, en las butacas moteadas en blanco de los cines donde la X señala el lugar, sin corona pero con cetro gobierna a su antojo, es respetado, envidiado, admirado y temido a partes iguales, su imagen genera reverencias mecánicas en sus súbditos más solitarios, les hace sonreír en mitad de las frías noches de invierno.

Toc toc.

Cuando llaman a la puerta el rey aún no está preparado, insisten, es el momento, el director maldice, el técnico de sonido conecta y desconecta cables mientras el cámara se hurga en la nariz buscando petróleo, ambos miran de reojo a Sunny, la partenaire de John, que fuma un cigarrillo nerviosa, en pelotas, mientras sus pezones y sus ojos miran uno hacia Cuenca y otro hacia Badajoz, masca chicle, tiene cara de poco espabilada, piensa que debiera haber pedido más pasta, inocente criatura.

Mientras la estrella del tinglado respira hondo, busca en su interior el lado oscuro de la fuerza que levante su treinta centímetros de espíritu, observa su enorme apéndice laxo y por un segundo se aterra, el colgajo pendulante aún no da muestras de vida, insiste en abandonarse a la fuerza gravitatoria, que no cunda el pánico, el rey cuenta hasta diez frota su herramienta y por fin la bandera se levanta.

Cuando John sale de baño sonríe, nadie le mira a la cara, por algo sigue siendo el Rey.

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