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La vida en guerra




Cuando Antonio se cala el casco, se caga por enésima vez en la madre que parió al sargento Yanki de intendencia, como una ensaladera grande, el artilugio made in USA tamaño XXL le sienta como a un cristo dos pistolas, baila el twist sobre su maltrecha y dura sesera mientras el blindado enfila a trompicones hacia la auténtica ciudad del amor.

Tiembla, arrastrando como un fantasma las cadenas por el empedrado, la carraca blindada menea su pequeño cuerpo al son de unos engranajes oxidados y maltratados que, de repente, se paran, chirrían y arrancan de nuevo entre un humo denso, que pica en los ojos y escuece en la garganta.

Nueve años, nueve putos años arrastrándose por media Europa y parte de África, con el mismo nudo en el estómago, con la misma sensación de miedo, clavado en las tripas durante tanto tiempo que parece imposible vivir sin él, miedo y odio, cocinado a fuego lento en Teruel, en Belchite, en Brunete, en Guernica, en las arenas del desierto sirviendo bajo banderas extrañas, en Normandía, enterrando amigos y esperanzas, observando impotente su mundo calcinado, como un nómada sin tierra, añorando una vida perdida pero no olvidada.

Antonio comprueba su fusil y con cuidadín, no vaya a ser que se la encisquen en los morros, saca los hocicos fuera del blindado mientras atraviesan la puerta de Italia, se permite el lujo de grabar en sus retinas una foto que vale una guerra, o por lo menos un Pulitzer, por un segundo quisiera aullar, auparse sobre el vehículo y saltar como un mandril, mandar a tomar por culo a voz en grito a Hitler, a Franco, a Stalin, a Musolini y a la puta madre que los parió a todos, ríe nervioso, no es religioso pero le pide a Dios vivir más que ellos para poder ir a sus tumbas y cagarse sobre ellas, dejar un zurullo blandito y oloroso, con disimulo se santigua y al pasar el Senna por el puente de Austerlitz nota cómo cientos de ojos se fijan en las dos banderas que van atadas a los laterales, una es la francesa, la otra una tricolor que pocos reconocen, un murmullo sordo surge desde los edificios, se convierte rápidamente en rugidos de alegría, antes de terminar de cazar al oso, la multitud comienza a celebrar en la calle la venta de su piel a pecho descubierto.

-Ils sont arrivés!

Como un río incontenible, hombres mujeres y niños salen a la calle, les rodean, cantan la marsellesa, y lanzan rosas, descorchan botellas reservadas desde hace demasiado, se acercan a los blindados y los bautizan con vino en una ceremonia sin cura pero con muchos oficiantes, dan vivas a Francia y besos a los bravos luchadores galos que les liberan.

Dentro, éstos no dejan de mirar a las azoteas.

-Cago´n putas, van a matar a todos.

Los disparos no tardan en llegar, aguan la fiesta en un líquido rojo, viscoso, derraman la sangre de los recién liberados mientras éstos de suben al techo de los Sherman, un par de granadas caen cerca, las torretas giran, la multitud se tira al suelo y se arrastra a los portales.

Desde el semioruga, los hombres de la novena compañía dirigen el fuego de los tanques hacia el origen de los disparos que proviene de las ventanas, dos pepinazos que aclaran el asunto, que revientan la balconada entera dejando en el aire un tufo mezcla de azufre y SS a la parrilla, casi sin parar los vehículos avanzan, se dividen en dos grupos y corren como alma que lleva el diablo hacia el cuartel general del Hotel Meurice, allí la batalla es corta, Antonio baja y hace su oficio, con la profesionalidad de quien lleva nueve años partiéndose el alma, busca protección y dispara, los soldados de reemplazo de la Wehrmacht ya piensan que les ha tocado la lotería, mejor las hamburguesas americanas que el dulce invierno siberiano, tiran las armas mientras ven a un grupo de tipos morenos, pequeños y cejijuntos cagarse en sus muertos en un idioma extraño, entrando como un elefante en una cacharrería en el vestíbulo del hotel y dispersándose por las habitaciones repartiendo culatazos a sus rubias melenas.

Mientras, vestido de gala, con todas sus condecoraciones en la solapa y perfectamente tranquilo, Dietrich Von Choltitz se enfunda su pistola reglamentaria y espera mansamente a que la puerta se abra con una patada, deja volar su imaginación a los buenos tiempos, antes de la guerra, cuando ser general alemán no suponía estar a las órdenes de un psicópata, mira por la ventana, por suerte París no arde.

Cuando la cerradura chasca, Dietrich ensaya unas palabras que pasen a la historia, tras la puerta aparece un tipo pequeño, delgado, moreno y con cara de mala hostia, que calza un casco extrañamente grande y no habla inglés, le apunta con su fusil y dice algo así como:

-Jo puta, las manos donde pueda verlas.

En ése momento, mientras encañona a todo un general designado por el mismísimo Hitler, Antonio piensa en Brunete, en Teruel, en Guernica, en Túnez, en cada una de las veces que ha comido mierda, que ha llorado por cada uno de sus muertos, en el pueblo al que no volverá, en la patria perdida, por un segundo acaricia la idea de desquitarse, esparcir los sesos del mandamás por el despacho, no lo hace, después de todo, el día no ha sido tan malo, la vida le debe muchas, pero hoy una menos.

Comentarios

Hispa ha dicho que…
Enhorabuena, veo que sigues en plena forma. Por cierto, mira...
Javi ha dicho que…
¿Plena forma?, pues no será por la dieta asceta veraniega a base de alcohol y grasas saturadas...
Markos ha dicho que…
Casi me dan ganas de pasar todas esas calamidades para entrar en el despacho. Pero soltando culatazos, para que las gloriosas palabras suenen a desdentado.

Que distintas son las guerras según la altura a las que toca pasarlas.
Javi ha dicho que…
Efectivamnete, aunque bien pensado, hasta Von Choltitz, siendo un cabrón con pintas, tuvo la deferencia de no destruir Paris, supongo que de alguna manera éso le redimió ante la historia.

Saludos Markos